El telescopio espacial James Webb volvió a sacudir la ciencia con un hallazgo inesperado: formaciones estelares descomunales en los confines del universo observable. Los astrónomos las llaman “monstruos celestiales”, porque desafían las leyes conocidas y muestran que el cosmos, en su infancia, fue mucho más violento y rápido de lo que se creía.
El destello de GN-z11

Las imágenes captadas por el Webb en la galaxia GN-z11, ubicada a 13.300 millones de años luz, revelaron proto-cúmulos globulares donde se concentran hasta un millón de estrellas. Estas esferas, de entre 12 y 100 años luz de diámetro, emergieron apenas 440 millones de años tras el Big Bang. Son testigos de un universo que aún estaba encendiéndose.
Estrellas imposibles

Los estudios, publicados en Astronomy & Astrophysics, describen astros que no deberían existir según los modelos clásicos. Tienen entre 10.000 y 13.000 millones de años de antigüedad, temperaturas cinco veces superiores al Sol y tamaños hasta 10.000 veces mayores. Mark Gieles, de la Universidad de Barcelona, los define como gigantes primordiales que podrían haber moldeado la evolución de las galaxias actuales.
Una teoría en crisis
Corinne Charbonnel, de la Universidad de Ginebra, asegura que estas observaciones ofrecen la primera pista tangible de un fenómeno que la astronomía llevaba décadas sospechando. Los elementos químicos hallados —oxígeno, nitrógeno, aluminio y sodio en proporciones extrañas— abren interrogantes sobre su origen. Lo que parecía un proceso gradual de formación galáctica ahora se revela como un estallido vertiginoso y caótico.