A más de 60 kilómetros por segundo, 3I/ATLAS recorre un camino que ningún cuerpo natural toma con facilidad: una trayectoria retrógrada que lo lleva a cruzar el cinturón de asteroides con precisión milimétrica. Para algunos científicos, su origen es un misterio que oscila entre lo improbable y lo imposible, y cada observación añade una nueva capa de incertidumbre.
Un viajero bajo fuego potencial

El 3I/ATLAS tiene un diámetro estimado de unos 20 kilómetros y, a esa velocidad, incluso un impacto con un asteroide de apenas 20 metros podría liberar una energía equivalente a mil bombas de Hiroshima. Si es una roca, semejante colisión lo destrozaría sin contemplaciones; si fuera una nave, sus hipotéticos constructores habrían tenido que prever un sistema de protección contra la densa nube de rocas del cinturón principal.
Una hipótesis fascinante sugiere que podría generar una “zona de protección” con partículas sólidas lanzadas por su proa, adelantándose a su trayectoria para detectar obstáculos. El Telescopio Espacial Hubble ha captado un resplandor por delante del objeto que coincide con esta idea, sin señales de gas que acompañen al polvo, lo que aumenta el desconcierto.
Entre lo natural y lo artificial
La explicación más prudente apunta a un asteroide interestelar rico en polvo que libera granos grandes desde su lado iluminado por el Sol. El problema: no hay rastro de partículas pequeñas arrastradas hacia atrás, ni de la cola típica de un cometa. La superficie rojiza de 3I/ATLAS recuerda a 1I/‘Oumuamua, pero encontrar una roca así en tan poco tiempo desafía las estadísticas conocidas.
Más extraño aún es su alineación casi perfecta con el plano de la eclíptica y su paso calculado para coincidir con Marte, Venus y Júpiter, lo que —en un escenario especulativo— permitiría el despliegue de minisondas hacia estos planetas. El desenlace, sin embargo, podría quedar oculto: el 29 de octubre de 2025, 3I/ATLAS desaparecerá tras el Sol, quizá antes de revelar su verdadera naturaleza.