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Ciencia

Hace 60 años, dos hermanas compraron una isla frente a Cornualles por 22.000 libras y pudieron venderla por millones. En vez de convertirla en un parque temático, consiguieron que siguiera siendo salvaje para siempre

Roselyn “Babs” y Evelyn “Attie” Atkins hicieron realidad el sueño de poseer una isla frente a Cornualles y pasaron buena parte de sus vidas cuidándola. Cuando llegó una oferta millonaria para explotarla comercialmente, dijeron que no. Hoy sus nueve hectáreas son una reserva donde la prioridad la tienen las focas, las aves y el mar.
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Hay gente que pasa la jubilación viajando. Roselyn “Babs” Atkins y Evelyn “Attie” Atkins tenían un plan bastante diferente: comprar una isla.

En 1965, las dos hermanas adquirieron Looe Island, también conocida como St George’s Island, frente a la costa de Cornualles, por 22.000 libras. Eran unas nueve hectáreas de bosque, praderas, acantilados y costa rocosa, con una casa, dependencias y prácticamente ninguna de las comodidades que asociamos a una vivienda convencional.

Attie se instaló primero y comenzó a cultivar narcisos. Babs siguió trabajando en tierra firme y pasó años viajando a la isla durante fines de semana y vacaciones hasta que, tras jubilarse, se mudó definitivamente en 1976.

Lo que empezó como el sueño excéntrico de dos hermanas terminó convirtiéndose, décadas después, en algo mucho más grande.

Vivir en una isla significaba aprender a arreglárselas prácticamente solas

En 1965, dos hermanas compraron una isla entera por 22.000 libras y se fueron a vivir allí. Décadas después rechazaron millones para convertirla en un parque temático y tomaron una última decisión: que nadie pudiera destruirla jamás
© Frankie Adkins.

Looe Island no estaba conectada a la red eléctrica ni disponía de los servicios normales de una población. Incluso actualmente el agua procede de una fuente propia y la electricidad depende de energías renovables y almacenamiento limitado.

Las hermanas cultivaron parte de sus alimentos y Attie terminó narrando aquella vida en We Bought an Island y posteriormente en Tales From Our Cornish Island. Allí pasaron décadas conviviendo con temporales, aislamiento y una naturaleza que poco a poco dejó de ser simplemente el paisaje de su propiedad para convertirse en algo que querían conservar.

Attie murió en 1997, a los 87 años. Babs permaneció sola en la isla hasta 2004. Y durante esos últimos años apareció una oportunidad que podía haber cambiado completamente el futuro de aquellas nueve hectáreas.

A Babs le hicieron una oferta multimillonaria para transformar la isla en un parque temático. La rechazó.

Podía venderla por millones. Prefirió conseguir que siguiera siendo salvaje cuando ella ya no estuviera

En 1965, dos hermanas compraron una isla entera por 22.000 libras y se fueron a vivir allí. Décadas después rechazaron millones para convertirla en un parque temático y tomaron una última decisión: que nadie pudiera destruirla jamás
© Smuggler’s Cottage.

Babs sabía que no podía proteger Looe Island para siempre personalmente. Así que tomó una decisión mucho más definitiva que simplemente rechazar aquella oferta.

Legó la isla al Cornwall Wildlife Trust. Cuando murió en 2004, la organización asumió su gestión como reserva natural marina, con el objetivo de conservar sus hábitats y evitar que la isla acabara sometida a un desarrollo intensivo.

Dos décadas después, la decisión sigue siendo visible. Looe Island alberga la mayor colonia reproductora de gaviota gavión atlántico de Cornualles. Un programa iniciado en 2010 ha anillado ya cerca de 700 ejemplares, algunos posteriormente localizados incluso en el noroeste de España. También nidifican allí cormoranes y ostreros, mientras las aguas que rodean la isla reciben regularmente focas grises.

El acceso tampoco funciona como el de una atracción turística convencional. Las visitas solo están permitidas mediante viajes organizados, no se puede desembarcar libremente, están prohibidos los drones y la pesca no está permitida durante las visitas. El objetivo es que conocer la isla no termine destruyendo precisamente aquello que hace especial el lugar.

Compraron una propiedad. Terminaron dejando un pequeño ecosistema como herencia

Quizá ahí esté lo extraordinario de la historia de las Atkins. En 1965 gastaron 22.000 libras para cumplir un sueño extremadamente personal: tener una isla propia. Casi cuarenta años después, la mayor decisión que tomaron sobre ella consistió precisamente en conseguir que dejara de pertenecer a alguien que pudiera hacer lo que quisiera con ella.

Hoy siguen viviendo personas en Looe Island: sus guardas naturales. También pueden alojarse unos pocos visitantes en condiciones controladas. Pero sus bosques, praderas y costas se administran pensando principalmente en sus otros habitantes.

Babs pudo convertir el sueño de dos hermanas en millones. Prefirió convertirlo en algo bastante más difícil de comprar: una isla que seguiría siendo salvaje cuando ellas ya no estuvieran allí.

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