La desembocadura del río Algar, en Altea (Alicante), se convirtió en un enclave clave para la conservación del galápago leproso (Mauremys leprosa), una tortuga de agua dulce autóctona de la península ibérica catalogada como especie vulnerable en la Comunitat Valenciana. El Ayuntamiento de Altea y la Fundación Mundomar pusieron en marcha un proyecto específico para conocer con mayor precisión el estado de la población que habita en ese tramo del río y reforzar su conservación.
El programa parte de un antecedente concreto: un trabajo de campo en 2021 ya había detectado una cantidad importante de ejemplares juveniles en la zona, una señal especialmente positiva porque confirma que el río no funciona solo como lugar de paso o refugio para estos reptiles, sino que reúne las condiciones necesarias para que completen su ciclo reproductivo completo. La desembocadura del Algar, además de su biodiversidad, actúa como un corredor biológico que conecta distintos hábitats de la zona.
Contar tortugas para conocer su futuro

La metodología combina captura temporal con trampas y recogida directa de ejemplares para un examen biológico y una valoración veterinaria que permite conocer su estado de salud. Cada tortuga recibe un marcaje individual antes de ser devuelta al río, de manera que las campañas futuras puedan determinar qué ejemplares permanecen en la zona, cuáles vuelven a ser localizados y cómo evoluciona la población con el paso de los años.
El proyecto contempla también censos periódicos, seguimiento no invasivo, estudio de otras amenazas ambientales y propuestas concretas de mejora del hábitat, además del control y la retirada de especies invasoras. La intención es que este seguimiento se repita de forma anual, algo especialmente importante en una especie cuya evolución no puede determinarse a partir de una única campaña de muestreo.
La otra cara del problema: la tortuga que llegó de las peceras

El principal riesgo para el galápago leproso en el Algar es la presencia de especies exóticas invasoras, en particular la tortuga de Florida (Trachemys scripta), un animal que durante años se comercializó como mascota y que, en numerosos casos, terminó abandonado en ríos, lagunas y humedales cuando sus dueños dejaron de poder manejar su tamaño adulto. La especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras precisamente porque compite con los galápagos autóctonos ibéricos por alimento, refugios y lugares para tomar el sol o reproducirse, y suele imponerse en esa competencia: alcanza tallas mayores y produce más descendencia que las especies nativas.
Lo que muestra el Proyecto Emys en toda la Comunitat Valenciana
El Algar se suma ahora a una estrategia de seguimiento más amplia, el Proyecto Emys, que nació en 2010 en el entorno de la Albufera y se extendió después a marjales, ríos, barrancos y otros humedales valencianos para estudiar las poblaciones de galápago leproso y galápago europeo, además de detectar y retirar especies invasoras. Los datos de 2025 dan una idea de la magnitud del fenómeno en toda la región: se censaron 245 tortugas autóctonas y se retiraron del medio natural 83 ejemplares de especies exóticas invasoras, 81 de ellos tortugas de Florida.
Esos números no significan que las especies invasoras hayan desplazado a las autóctonas en todos los humedales valencianos, pero sí evidencian que su presencia se extendió por numerosos ecosistemas acuáticos y que su control se convirtió en una de las líneas habituales de conservación de las tortugas de la región. La situación, de hecho, varía bastante según el punto: en el río Vinalopó a su paso por Elche, la campaña de 2025 identificó 39 ejemplares de galápago leproso (25 de ellos nuevos) frente a nueve tortugas invasoras retiradas, mientras que en el Parque Natural de El Hondo se localizaron cinco ejemplares autóctonos y no se detectó ninguna tortuga invasora, lo que sugiere un posible núcleo poblacional estable en ese humedal.
Educar además de contar
El programa del Algar no se limita al trabajo de campo. Contempla también charlas en colegios e institutos sobre la biología del galápago leproso y su importancia ecológica, talleres sobre identificación de especies, huellas y ecosistemas de ribera, y salidas de campo con grupos escolares para conocer de primera mano el hábitat de la especie y las amenazas que enfrenta. La apuesta es que la conservación no ocurra solo dentro del agua, sino también en el conocimiento y la educación ambiental de las próximas generaciones que van a convivir con ese tramo de río.