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Ciencia

En 1992 enterraron 20.000 neumáticos bajo un camino de tierra en Maine para frenar las heladas: el experimento sigue dando resultados más de 30 años después

No hacía falta inventar un material nuevo. Alcanzaba con mirar la montaña de neumáticos que nadie sabía dónde poner y preguntarse si, triturados, podían resolver un problema completamente distinto
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En las zonas de clima frío de Estados Unidos, los caminos de ripio sufren un ciclo que se repite cada año: el suelo se congela en profundidad durante el invierno y, cuando llega la primavera, el deshielo ablanda la superficie y genera baches, hundimientos y el llamado «barro primaveral», que puede volver intransitables tramos enteros de camino rural. La solución tradicional, aislar el suelo con planchas industriales, funciona, pero encarece bastante la obra.

A comienzos de los años 90, mientras tanto, Estados Unidos enfrentaba otro problema sin relación aparente: más de 2.000 millones de neumáticos fuera de uso se acumulaban en basurales a cielo abierto en todo el país, con riesgo de incendios prolongados y de convertirse en criaderos de mosquitos. El ingeniero civil Dana N. Humphrey, de la Universidad de Maine, vio ahí una posible solución cruzada entre ambos problemas.

El experimento de Dingley Road

En agosto de 1992, un equipo liderado por Humphrey y el investigador Robert A. Eaton, del Laboratorio de Investigación de Regiones Frías del Ejército de Estados Unidos, construyó un tramo experimental de unos 230 metros en Dingley Road, en la localidad de Richmond, Maine. Usaron alrededor de 20.000 neumáticos desechados, cortados en trozos de entre 5 y 8 centímetros que conservaban sus bandas de acero internas, distribuidos en capas de entre 15 y 30 centímetros de espesor bajo el ripio tradicional, en distintas secciones para comparar espesores, además de tramos de control sin neumáticos para poder medir la diferencia.

Para monitorear el comportamiento del subsuelo a lo largo del tiempo, el equipo instaló más de 100 sensores de temperatura conectados a estaciones de registro. La lógica detrás del diseño era simple: el caucho triturado funciona como aislante térmico que retrasa la pérdida de calor del terreno, pesa apenas un tercio de lo que pesa la grava común (lo que reduce la presión sobre suelos inestables o arcillosos) y su disposición irregular genera canales internos que ayudan a drenar el agua de deshielo con rapidez.

Lo que mostraron los sensores

Los primeros resultados, difundidos en 1993 tras el primer invierno, generaron cierto entusiasmo mediático con cifras que hablaban de una reducción de hasta la mitad en la profundidad del hielo. El informe técnico completo, publicado en 1995 por Humphrey y Eaton tras dos inviernos completos de mediciones, matizó esa cifra inicial: las capas más gruesas de neumáticos redujeron la profundidad de la helada entre un 15% y un 37% respecto de las secciones sin tratar, según el espesor utilizado.

El indicador más contundente, de todas formas, apareció en las mediciones de deformación del suelo: las secciones mejor aisladas registraron levantamientos de apenas 10 milímetros durante el deshielo, frente a los 91 milímetros medidos en los tramos de control sin neumáticos. Esa diferencia es la que terminó importando en la práctica, porque es la que define si un camino queda transitable o se llena de baches apenas sube la temperatura.

De residuo a material de ingeniería

El éxito relativo del experimento de Dingley Road no quedó aislado. Humphrey continuó investigando el uso de neumáticos triturados, conocidos en la literatura técnica como agregado derivado de neumáticos (TDA), como material de relleno liviano para muros de contención, terraplenes y sistemas de drenaje, documentado en distintos informes técnicos de la época para el Transportation Research Board de Estados Unidos. La combinación de bajo peso, buen drenaje y costo reducido frente a otros materiales convencionales lo convirtió en una alternativa viable para obras sobre suelos blandos o inestables.

Una solución que sigue vigente

Publicaciones técnicas posteriores, ya en la década de 2010, siguieron señalando la relevancia del agregado derivado de neumáticos para terraplenes y subsuelos blandos, más de veinte años después del experimento original en Richmond. El caso de Dingley Road terminó convirtiéndose en una referencia habitual dentro de la ingeniería vial: una forma de reciclaje que no se diseñó pensando en el reciclaje en sí, sino como una solución técnica concreta a un problema de infraestructura, con el beneficio ambiental como consecuencia añadida antes que como objetivo original.

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