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“Esto te va a doler mucho”: los dos hombres que pusieron a prueba los límites del cuerpo humano por la ciencia

¿Seguro que quiere hacer esto, profesor? ¿No sería mejor probar con una rata o incluso un gato?”, le dice un hombre al que le tiembla el pulso a otro que está preparado para el dolor más extremo: la picadura de la Viuda Negra sobre su propio brazo.

Pero antes de llegar a esta secuencia de masoquismo, pongámonos en contexto. Se suele decir que la ciencia se ha arriesgado en muchas etapas para conseguir grandes avances. Entre esos riesgos, sobre todo en el pasado, se incluían trances físicos por los que los propios investigadores estaban dispuestos a pasar.

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Para estos tipos que lo daban todo por la ciencia, estas dificultades físicas eran una parte inevitable de la investigación. Los científicos pueden tener que recopilar datos en entornos remotos e inhóspitos, como la Antártida o la cima de un volcán. Es posible que tengan que manejar materiales peligrosos o arriesgarse a una infección.

Y cuando esto ocurre, los investigadores generalmente se enfrentan a estas dificultades con calma. Aceptan la incomodidad como una parte ocasional pero necesaria de su trabajo.

Sin embargo, hay casos en los que los científicos no solo aceptan las molestias, sino que las buscan activamente. A través de la auto experimentación, algunos investigadores se han llegado a infligir grandes dosis de dolor repetidamente a sí mismos, como si probaran deliberadamente los límites de su resistencia.

Imagen: Defense
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Al igual que los antiguos ascetas religiosos que practicaban la mortificación de la carne, azotándose con ramas espinosas o rezando durante horas mientras se arrodillaban sobre losas heladas, muchos científicos han castigado a sus cuerpos negándose a ser disuadidos por la agonía de sus nervios. Auto experimentos que difuminan la línea entre la curiosidad científica y el deseo masoquista.

Y de todos ellos, el premio a los experimentos más masoquistas tiene que ir a parar a un grupo de científicos muy especial, los toxinólogos. Se trata de investigadores cuyo campo relativamente oscuro para la mayoría de nosotros estudia las toxinas producidas por organismos vivos como las arañas, serpientes, abejas, hormigas o medusas.

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Las fuerzas evolutivas han creado estas toxinas durante millones de años para producir niveles máximos de dolor: una mezcla de angustia horrible y pesadilla, algo así como tener todo el cuerpo al revés y sumergido en ácido.

Para muchos toxinólogos, la existencia de tales venenos inductores de agonía parecía ser un desafío personal. ¿Cómo se sentirían, se preguntaban, experimentando ese tipo de sufrimiento? Una cosa está clara: tratando de responder a esta pregunta, estos investigadores se han ganado con creces la distinción de ser los Maestros del Dolor.

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Y de entre todos ellos, el profesor de universidad William Baerg.

Por pionero.

El ataque mortal de la viuda negra

Baerg abrió el camino en esta búsqueda tortuosa del conocimiento comenzando su auto experimentación en agosto de 1921, cuando investigaba los efectos de la picadura de la tarántula, Ewypelma steindachneri Ausserer.

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Las tarántulas, la mayoría grandes, peludas y de aspecto aterrador, son temidas por la humanidad desde siempre. Mucha gente le había asegurado a Baerg que su mordisco era mortal, pero el científico tenía sus dudas. Las pruebas con ratas confirmaron sus sospechas.

Su mordisco parecía causar a los animales un leve malestar temporal, apenas peor que una picadura de abeja. Pero para estar completamente seguro, el hombre pensó que la mejor idea era inducir a una gran tarántula hembra a hundir sus colmillos negros en su dedo.

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Describió la sensación como la punzada de un alfiler, pero en dos horas el dolor había disminuido. Llegó a la conclusión de que la mayoría de las tarántulas representan poco peligro para los humanos.

Envalentonado por la experiencia, Baerg pasó a una araña con una reputación aún más temible: la viuda negra, Latrodectus mactans. Antes de ello investigó sobre la criatura y los terribles efectos de su mordisco. A las viudas negras les gusta acechar en lugares oscuros, y existía por entonces un informe inquietante de 1915.

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Al parecer, un hombre recibió una mordida en los genitales mientras estaba sentado en un inodoro. Se las arregló para tambalearse un kilómetro hasta el médico más cercano, momento en el cual su pene se había hinchado varios centímetros de diámetro.

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Sin embargo, Baerg señaló que este y otros informes eran completamente circunstanciales. Las víctimas, en su agonía, no habían pensado en llevar a la araña con ellas al hospital. Por tanto, era imposible decir con certeza que la viuda negra era la causa del sufrimiento.

De hecho, Baerg indujo a una viuda negra a morder una rata y descubrió que el efecto era, según él, “relativamente insignificante”. La rata se acurrucó en su jaula. De vez en cuando se sacudía hacia adelante, como si experimentara convulsiones. Pero en diez horas se había recuperado completamente.

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Por tanto, una vez más, Baerg decidió que era el momento de probar la mordida en su propio cuerpo.

Y ahora sí, podemos volver a ese momento histórico de la ciencia del que hablábamos al inicio. Ocurrió el 10 de julio de 1922. En la habitación se encontraban, además de Baerg y la viuda negra, el joven estudiante de la universidad A. Garlington, quien debía tomar apuntes de lo que estaba a punto de ocurrir.

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Latrodectus mactans
Imagen: Charaj (FAL)

Parece un excelente espécimen”, dice Baerg, mirando dentro del frasco de vidrio a la viuda negra, con los ojos brillantes de emoción. Garlington mira nerviosamente a la araña. Ambos están sentados en un banco en un laboratorio lleno de frascos que contienen insectos de diversos tipos de aspecto exótico, como escorpiones, ciempiés y cucarachas. Un acuario en la esquina alberga una gran tarántula marrón.

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La alimenté por última vez hace más de cuarenta y ocho horas”, le explica Baerg al estudiante. “Así que debería estar lista para morder a conciencia”. Acto seguido levanta el frasco y desenrosca la tapa, momento en el que salta Garlington para volver a preguntarle una última vez: “¿Seguro que quiere hacer esto, profesor? ¿No sería mejor probar con una rata o incluso un gato? Esto le va a doler mucho”.

Pero Baerg lo tenía muy claro: “Eso no nos diría los efectos que tiene sobre el hombre. De todos modos, estoy seguro de que no será tan malo. Tú solo asegúrate de tomar buenas notas. ¡No quiero tener que volver a hacerlo!” Baerg se ríe y Garlington asiente.

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Con todo preparado, Baerg usa unas pinzas, alcanza el frasco y agarra suavemente la araña. Luego la levanta para verla bien. Tiene aproximadamente tres centímetros de diámetro, un negro brillante, con un gran abdomen globular y una especie de marca de reloj de arena de color rojo oscuro en su parte inferior. “Hermosa, ¿no te parece?”, exclama el profesor. Garlington asiente poco convencido. “Procedamos, ¿estás listo?”.

Imagen: Shenrich91 (CC BY-SA 3.0)
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Garlington abre el diario frente al profesor y toma un bolígrafo. “Estoy listo”. “Ok. Veamos”. Baerg mira el reloj en la pared. “Son las 08:00 am, voy a intentar que la araña me muerda”. Garlington transcribe la información en el cuaderno.

Baerg retira delicadamente la araña de las pinzas, agarrándola por el abdomen entre el pulgar y los dos primeros dedos de su mano derecha. “En realidad no es tan fácil hacer que estas pequeñas muerdan. Hay un truco para eso”. Garlington sigue escribiendo mientras Baerg extiende su mano izquierda hacia adelante y coloca la cabeza de la araña contra su dedo índice.

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Debes colocar los colmillos contra el lugar seleccionado y luego mover suavemente la araña de un lado a otro”. Sus acciones coinciden con sus palabras. “Esperemos que uno de los colmillos se enganche en la piel y esto induzca a la araña a implantarlos a ambos lo más profundamente posible”.

Y como si fuera una señal, la araña hunde sus colmillos en la piel del profesor. “Aquí vamos, perfecto. La sensación es bastante débil, como el pinchazo de una aguja afilada. Ah, ahora el dolor está aumentando en intensidad”, va explicando Baerg. En ese instante, la cara de Garlington se convierte en pánico al levantar la cabeza y observar por primera vez la escena. La araña cuelga del dedo del profesor. Garlington se promete no volver a girarse y dirige su atención al diario.

Sí, es bastante doloroso ahora. Afilado y penetrante. Ok, han pasado cinco segundos. Creo que es suficiente”. Entonces Baerg retira la araña de su dedo, la deja caer rápidamente en el frasco y sella la tapa.

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Ahora sí, Garlington se relaja tan pronto como la araña vuelve a estar contenida detrás del vidrio. Baerg mira su dedo. “Donde penetraron sus colmillos, la carne se ve ligeramente blanca. Hay una pequeña gota de líquido transparente, pero de lo contrario no puedo ver ninguna marca de punción. Sin embargo, el dolor no ha disminuido en absoluto. De hecho, parece estar creciendo en fuerza y ​​extendiéndose por todo mi dedo”.

Garlington deja de escribir y mira al profesor. “Bueno, esta debería ser una experiencia interesante”, continúa Baerg, sacudiendo su dedo para disminuir el dolor. “¡Espero tener una reacción completa!”. El profesor sonríe mientras Garlington frunce los labios con preocupación, asiente vacilante con la cabeza como si no estuviera seguro de estar de acuerdo, y luego, una vez más, toma su pluma y comienza a escribir.

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La situación va cambiando poco a poco. Un dolor agudo e implacable se extiende inmediatamente a través del dedo de Baerg. En quince minutos, el dolor sube hasta su hombro. En dos horas, se había extendido a través de sus brazos y hasta sus caderas. Cuatro horas después, estaba experimentando calambres extremadamente dolorosos en todo su cuerpo. Para entonces se le hacía difícil hablar o respirar.

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Baerg sabía que las ratas se habían recuperado de los efectos de la mordedura en diez horas, pero nueve horas después de su terrible experiencia, la agonía no hacía más que aumentar constantemente. Además de los violentos calambres y la lucha por respirar, había desarrollado temblores incontrolables. El sudor brotaba sobre él. Su rostro se contorsionaba y su rostro mostraba el inconfundible dolor. “¡Llévame al hospital!”, le dice gitando y jadeando a Garlington.

Al llegar allí, el médico puso a Baerg en un baño caliente, lo que ayudó temporalmente, pero muy pronto los síntomas volvieron con toda su fuerza. A medida que el dolor aumentaba en intensidad durante la noche, el doctor trataba desesperadamente de extraer el veneno de la mano de Baerg. Sin embargo, nada funcionaba.

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Había que adoptar algún otro tipo de medida. El médico insistió en que Baerg mantuviera su mano debajo de un horno eléctrico, tan caliente como pudiera soportar, esperando que esto aliviara el dolor, pero, por supuesto, solo lo empeoró.

Baerg se rebeló y dijo basta. El profesor se negó a mantener su mano en el horno por más tiempo.

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No durmió durante la noche. El dolor era demasiado intenso y su cuerpo estaba febril. Al día siguiente se sintió un poco mejor, aunque el alivio no duró mucho. La segunda noche el sufrimiento regresó, y ahora lo hacía con alucinaciones. “Aunque dormí por períodos cortos”, escribió, “estaba tan delirante que tan pronto como dormitaba, me sentía trabajando frenéticamente y sin rumbo con millones de arañas”.

Para el tercer día, aunque todavía se sentía fatal, podía decir que lo peor había terminado. Pasó el día en la cama y esa noche finalmente pudo dormir un poco. Al cuarto día casi había vuelto a la normalidad y regresó a su casa.

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Lo cierto es que la gravedad de la reacción podría haber persuadido a un investigador menos intrépido de que había sido un error llevar a cabo semejante experimento, pero Baerg no sintió tales arrepentimientos. Al contrario, insistió: “Las características desagradables fueron muchas veces compensadas por el hecho de que había satisfecho mi curiosidad”.

De hecho, pasados unos meses volvió a la auto experimentación, decidido a descubrir si la mordedura de la viuda negra era tan mala como la de la hembra. Sin embargo, el macho, siendo mucho más pequeño que la hembra, no pudo perforar su piel. “Toda la respuesta que tuve fue un mordisco indiferente”, informó Baerg.

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En los años siguientes, el profesor continuó experimentando con su cuerpo contra insectos punzantes, incluidos ciempiés y escorpiones. Los ciempiés, descubrió, “tienen un mordisco algo doloroso y aguantan como una muerte sombría”, pero su veneno era extremadamente leve. Del mismo modo, el efecto de una picadura de escorpión fue “principalmente local y similar al de una avispa o avispón”.

Así que nada igualaba el poder de la viuda negra. Sin embargo, Baerg señaló que sus observaciones solo se referían a insectos de Estados Unidos. En América Central, señaló, albergaban variedades de artrópodos tan mortales que incluso él no era lo suficientemente valiente como para probar su aguijón.

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Proyecto de desaceleración humana

Tras la senda de Baerg comenzaron a aparecer otras disciplinas en el campo de la ciencia que probaron con este tipo de auto experimentación de tipo masoquista. De hecho, una de las más célebres ocurrió unos años después, y supuso uno de los experimentos auto inflingidos más físicamente brutales de la historia.

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¿Dónde? En el campo de la medicina de la Fuerza Aérea, cuando un cirujano de vuelo estadounidense llamado John Paul Stapp se encargó de descubrir exactamente cuánto maltrato podía soportar el cuerpo de un piloto.

Stapp probó por primera vez el sufrimiento por la ciencia en 1946, cuando con 36 años se ofreció como voluntario para un experimento de supervivencia a gran altitud. El mismo involucraba un avión a una altura desprotegida en una altitud de 14.000 metros para descubrir si se formarían burbujas de gas mortales en su sangre.

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Stapp sobrevivió y, en 1951, participó en experimentos de viento que lo llevaron a montar en un avión de combate a 900 kilómetros por hora. El objetivo era determinar la máxima ráfaga de viento que un piloto podría soportar antes de ser inmovilizado contra el avión. Sufrió algunos golpes de consideración, aunque estos palidecieron en comparación con el más notorio de sus auto experimentos: el proyecto de desaceleración humana.

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Tras la Segunda Guerra Mundial, la Fuerza Aérea de Estados Unidos necesitaba saber si los pilotos podían expulsarse de los aviones supersónicos sin enfrentarse a una muerte segura debido al impacto de desacelerar rápidamente de la velocidad del sonido a casi detenerse.

La transición expuso a los pilotos a fuerzas de más de 40 o 50 Gs. (Un G es igual a la fuerza de gravedad en la superficie de la tierra, y 40 Gs es algo así como un elefante enorme cayendo sobre ti). Por aquel entonces habían muchos médicos que creían que 18 Gs era lo máximo que un cuerpo humano podía soportar, pero no era una certeza.

Por supuesto, Stapp se ofreció a averiguarlo.

En la Base de la Fuerza Aérea Holloman en Nuevo México, le diseñaron un trineo propulsado por cohete que recorría una pista a velocidades de hasta 1.200 km/h. Al final de la pista, el trineo se clavaba en un charco de agua, deteniéndose bruscamente. De esta forma, pasaba de esos 1.500 km/h a cero en un segundo.

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Las primeras pruebas no tripuladas no fueron muy alentadoras. Inicialmente, el trineo se deslizó fuera de las pistas. Más tarde, la fuerza de la desaceleración hizo que un muñeco se liberara de su arnés y saliera disparado por el aire. A este “accidente” le siguió otro más horrible. Los investigadores llevaron a un chimpancé a una parada de 270 G, transformándolo instantáneamente en papilla.

Sea como fuere, tras muchos intentos y pruebas, Stapp sintió que todos los problemas se habían resueltos, así que decidió que era su momento.

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Imagen: Primeras pruebas (Dominio público)

Para su primer viaje en trineo propulsado por cohetes, Stapp fue a una velocidad de 140 km/h. Al día siguiente avanzó a 320 km/h. Y así siguió aumentando la velocidad a medida que iban pasando los días, probando los límites de la resistencia humana.

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Durante un período de siete años, montó el trineo alrededor de 30 veces. De hecho, dio su último viaje en diciembre de 1954, el día que se impulsó a unos 1.000 km/h. Aquel día, Stapp superó a un avión volando por encima. Cuando el trineo golpeó el agua, Stapp experimentó una fuerza récord de 46.2 Gs, el equivalente a casi cuatro toneladas de peso golpeándolo.

Cada vez que montaba el trineo, la fuerza de la desaceleración golpeaba su cuerpo. Sufrió repetidamente desfallecimientos, conmociones cerebrales, dolores de cabeza, costillas rotas, hombros dislocados y huesos rotos, pero siguió ofreciéndose como voluntario para más y más pruebas.

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Imagen: Stapp

Sin embargo, el mayor peligro era para sus ojos. La desaceleración rápida hace que la sangre se acumule con gran fuerza en los ojos, reventando los capilares y desgarrando las retinas. Aún más inquietante, cuando un cuerpo humano se detiene abruptamente, existe una posibilidad real de que los globos oculares simplemente sigan funcionando, saliendo del cráneo y volando hacia delante.

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Durante el último viaje en trineo de Stapp, esto estuvo a punto de suceder. Tal y como describió:

Sentí como si me hubieran sacado los ojos de la cabeza. . . . Alcé los párpados con los dedos, pero no pude ver nada. Temía haber perdido la visión de forma permanente, pero afortunadamente volvió gradualmente en los siguientes días.

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Sin embargo, sufrió problemas de visión por el resto de su vida. Con todo, demostró que el cuerpo humano puede soportar fuerzas G mucho más altas de lo que se creía anteriormente. Sospechaba que el límite superior estaba mucho más allá de esos 46.2 G que había experimentado.

Imagen: Stapp durante las pruebas (National Air and Space Museum)
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En cualquier caso, esta información reveló que las muertes por accidentes generalmente eran causadas por un equipo de seguridad inadecuado, no por el impacto del accidente. Como resultado de ello, la Fuerza Aérea realizó numerosas mejoras en el diseño de aviones de combate, incluidos arneses de seguridad más fuertes y cabinas reforzadas, e incluso contribuyó a que las leyes hicieran obligatorios los cinturones de seguridad en los automóviles.

Y tras Stapp, (quién vivió hasta los 89 años), como el mismo Baerg, existen otra serie de personas, investigadores y científicos, cuyos nombres desconocemos pero han formado parte de la lista de aquellos valientes y un tanto masoquistas que pusieron su cuerpo al servicio de la ciencia. [Universidad de Arkansas, Ancestry, Slate, New Yorker, Wikipedia, AirAndSpace, New York Times]

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Miguel Jorge

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