La escena parece sacada de una expedición científica del siglo XIX. Un grupo de guardaparques asciende por una ladera volcánica bajo el sol ecuatorial cargando cajas pesadas en la espalda. Dentro de cada una se encuentra un animal que no ha vivido en esa isla desde hace más de un siglo. El regreso de las tortugas gigantes a Floreana marca el inicio de uno de los proyectos de restauración ecológica más ambiciosos jamás emprendidos en las Galápagos.
El regreso de un símbolo perdido
Las primeras 50 tortugas fueron liberadas en febrero por el Parque Nacional Galápagos. En los días siguientes llegarán más ejemplares hasta alcanzar 158 individuos reintroducidos en la isla, con cientos más preparados en el centro de cría de Santa Cruz.
Los animales aún no son gigantes, cuenta el informe realizado por National Geographic. Tienen entre siete y quince años y pesan entre 4,5 y 18 kilos, pero representan el comienzo de una recuperación que podría cambiar el destino ecológico de Floreana.
Estas tortugas son híbridas con linaje de la especie original de Floreana, que se extinguió hace más de 175 años debido a la caza y a la introducción de especies invasoras. Sus genes provienen de poblaciones relacionadas encontradas en otras islas del archipiélago, un descubrimiento que permitió iniciar el programa de cría. Durante los últimos quince años, los científicos han logrado criar más de 700 ejemplares con este linaje híbrido.
Un ecosistema que necesita a las tortugas

Las tortugas gigantes no son solo un icono de Galápagos. También cumplen un papel fundamental en el funcionamiento de los ecosistemas insulares. Estos reptiles actúan como verdaderos ingenieros ecológicos. Al desplazarse por el terreno abren senderos naturales, dispersan semillas y favorecen el crecimiento de la vegetación. Su presencia ayuda a regenerar plantas y crear hábitats que benefician a muchas otras especies.
Sin ellas, el equilibrio del ecosistema se altera. Por eso los conservacionistas consideran su regreso un paso clave para restaurar la biodiversidad de Floreana.
Restaurar una isla entera
El regreso de las tortugas no habría sido posible sin un enorme proyecto de restauración ambiental. Durante siglos, los humanos introdujeron en la isla animales que nunca habían formado parte del ecosistema: cabras, ratas, gatos, cerdos, caballos y perros. Muchos de ellos se reprodujeron sin control y devastaron la vegetación nativa.
Las cabras fueron especialmente destructivas. Durante décadas consumieron prácticamente toda la vegetación disponible hasta que el último ejemplar fue eliminado en 2007. El siguiente paso fue controlar las poblaciones de ratas y gatos salvajes, una tarea compleja que ha llevado años de trabajo y millones de dólares en inversión.
El objetivo es recrear las condiciones que existían antes de que la isla fuera transformada por la actividad humana.
Una isla marcada por la historia humana
Floreana tiene una historia peculiar incluso dentro de las Galápagos. Fue la primera isla del archipiélago en ser colonizada por humanos y durante siglos fue utilizada por balleneros y piratas. Con el tiempo se convirtió en escenario de conflictos, colonias fallidas y episodios violentos que han alimentado su reputación como uno de los lugares más extraños del Pacífico.
La llegada de los colonos también trajo consigo la transformación radical del ecosistema. Hoy viven en la isla alrededor de 125 agricultores, muchos de los cuales apoyan el proyecto de restauración.
El legado de Darwin

Cuando Charles Darwin visitó las Galápagos en 1835 ya observó que las poblaciones de tortugas gigantes estaban disminuyendo. En aquel momento, los marineros y balleneros las capturaban en grandes cantidades para utilizarlas como alimento durante los viajes.
Las tortugas podían sobrevivir durante meses en los barcos sin comer ni beber, lo que las convertía en una reserva de carne viva para las tripulaciones. La presión fue tan intensa que, hacia 1850, la tortuga gigante de Floreana había desaparecido completamente.
El futuro de los gigantes de Galápagos
Hoy sobreviven entre 30.000 y 35.000 tortugas gigantes en todo el archipiélago, apenas una fracción de la población original, que llegó a superar las 300.000. Los conservacionistas esperan que, si el proyecto tiene éxito, Floreana vuelva a albergar miles de estos reptiles en las próximas décadas.
El proceso será largo, cuenta National Geographic. Las tortugas crecen lentamente y pueden vivir más de un siglo. Sin embargo, cada liberación representa un paso hacia la recuperación de un ecosistema que se perdió hace generaciones. Las primeras crías ya comenzaron a caminar entre las rocas volcánicas y la vegetación seca de la isla.
Un regreso lento, silencioso… pero profundamente simbólico.