La imagen clásica de las comunidades prehistóricas en Arabia es la de grupos luchando contra la escasez, atrapados entre la arena y la falta de recursos. Un nuevo descubrimiento acaba de romper ese cliché de forma contundente. En Omán, un equipo internacional ha demostrado que estas poblaciones no solo se adaptaron al entorno árido, sino que explotaban de forma sistemática uno de los recursos más peligrosos del océano: los tiburones.
Cuenta La Brújula Verde que el hallazgo se produjo en el yacimiento de Wadi Nafūn, donde investigadores del Instituto Arqueológico de la Academia de Ciencias de la República Checa llevan excavando desde 2020. Allí apareció el enterramiento colectivo megalítico más antiguo del sur de Arabia. Lo sorprendente no fue solo la arquitectura funeraria, sino lo que escondían los huesos.
Una dieta que nadie esperaba

Los resultados publicados en Antiquity muestran que los análisis de restos humanos revelaron algo inédito: la carne de tiburón formaba parte habitual de la alimentación de estas comunidades hace unos 7000 años, en la primera mitad del V milenio antes de nuestra era. No se trata de consumo ocasional ni de restos aislados. Todo apunta a una caza especializada de grandes depredadores marinos.
Alžběta Danielisová, directora de la expedición, lo resume con claridad: por primera vez se documenta, con datos científico-naturales, la explotación sistemática de tiburones por una comunidad neolítica en un entorno árido. No es un matiz menor. Es un cambio de paradigma.
Ciencia contra el desierto

El entorno de Omán es implacable con la arqueología. La aridez extrema destruye el colágeno y vuelve inútiles muchos métodos clásicos de análisis de dieta. Para sortear ese obstáculo, el equipo recurrió a una estrategia poco habitual: estudiar la parte mineral de huesos y dientes, el bioapatito, que sí se conserva.
Las muestras dentales viajaron a laboratorios de la República Checa y al Instituto Max Planck de Química en Alemania. Allí se aplicaron análisis de isótopos de carbono, oxígeno, estroncio y nitrógeno. El resultado fue un retrato detallado de la dieta, la movilidad y el entorno de estas personas.
Los datos son claros: una proporción elevada de proteínas procedía del mar, y no de peces pequeños precisamente. La firma isotópica encaja con animales situados en la cúspide de la cadena trófica.
Cazadores del vértice del océano
Hablar de tiburones no es hablar de presas fáciles. Son animales grandes, rápidos y potencialmente mortales. Su captura exige conocimientos del medio marino, técnicas de navegación, herramientas adecuadas y coordinación social. En otras palabras: no es improvisación, es especialización.
Jiří Šneberger, antropólogo del equipo, añade otro detalle revelador: la dentición de los individuos muestra un desgaste peculiar, compatible con una dieta específica y con el uso de los dientes como herramienta. Todo encaja en una cultura profundamente adaptada al litoral y al riesgo.
Una prehistoria mucho más audaz

Lejos de ser sociedades limitadas y frágiles, las comunidades de Wadi Nafūn combinaban caza terrestre, recolección, pastoreo y una explotación intensiva del mar. Incluso atraían a grupos de hasta 50 kilómetros de distancia, según indican los análisis de estroncio. El enclave funcionó como un centro ritual y social durante más de tres siglos.
El equipo ahora estudia el sarro dental en busca de restos biomoleculares directos de alimentos. Si aparecen proteínas de tiburón, la confirmación será casi cinematográfica.
La historia que emerge es poderosa: en uno de los entornos más duros del planeta, seres humanos del Neolítico no solo sobrevivieron. Dominaron su paisaje, se lanzaron al mar y cazaron en lo más alto de la cadena alimentaria.
A veces, la prehistoria no es primitiva. Es valiente.