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Ciencia

Durante 170.000 años nadie entendió su rostro. El neandertal de Altamura por fin revela cómo respiraba. Y el hallazgo desmonta un mito clave sobre la adaptación al frío

El fósil atrapado en la cueva de Altamura guardaba una pista que nadie había podido estudiar hasta ahora. Su nariz, una de las mejor conservadas de Europa, no muestra ninguna adaptación interna al frío. El dato contradice décadas de teorías sobre la respiración neandertal. Y abre una nueva forma de entender cómo sobrevivió esta especie en los climas más duros del Pleistoceno.
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Durante algunos siglos hemos imaginado a los neandertales como humanos duros, casi blindados contra la crudeza del hielo europeo. Y, en gran parte, lo eran. Pero lo sorprendente es que una de las piezas que creíamos esenciales para explicar su éxito —su nariz y sus supuestas adaptaciones internas al frío— nunca existió.

Lo sabemos ahora porque el hombre de Altamura, atrapado en un sistema kárstico italiano desde hace más de 130.000 años, por fin pudo “mostrar” el interior de su rostro. Y lo que reveló desmonta medio siglo de ideas asumidas.

Un rostro atrapado en piedra que llevaba décadas guardando un secreto

No era como creíamos: la nariz del neandertal mejor conservado de Europa contradice 50 años de teorías sobre la adaptación al frío
© Costantino Buzi et al.

Este neandertal llamado «El hombre de Altamura» siempre fue un fósil excepcional. Su cráneo, recubierto de calcita pero casi intacto, se convirtió en un icono desde que fue descubierto en 1993 por espeleólogos que se adentraron en los pasadizos de Lamalunga. Durante años nadie pudo alcanzarlo: el esqueleto estaba incrustado entre cámaras estrechas, rodeado de estalactitas y estalagmitas, como si la cueva lo hubiera decidido proteger. Esa inaccesibilidad convirtió al fósil en una especie de cápsula del tiempo, pero también en un enigma.

Hubo que esperar hasta el año 2015 para que un brazo robotizado lograra extraer una muestra de su escápula. Ese simple fragmento permitió conocer su identidad: era un neandertal primitivo de entre 130.000 y 172.000 años, uno de los más antiguos jamás analizados. Pero seguía habiendo un lugar donde ningún equipo había logrado mirar: el interior de su nariz. Y ahí, precisamente, estaba la pieza que faltaba en un debate científico que había durado décadas.

La paradoja de la nariz neandertal

Siempre se pensó que, si el cuerpo de los neandertales estaba adaptado al frío —con su tórax ancho, extremidades cortas y una musculatura robusta—, también lo estaría su nariz. La lógica era sencilla: un clima gélido exige estructuras internas capaces de calentar y humedecer el aire rápidamente. Sin embargo, por fuera, su rostro parecía decir otra cosa. Tenían la apertura nasal más amplia de todos los humanos arcaicos, además de un prognatismo mediofacial muy marcado. Rasgos que, sobre el papel, no encajan con las adaptaciones clásicas a entornos fríos.

Para resolver este conflicto, muchos investigadores propusieron una idea intermedia: tal vez los neandertales habían desarrollado adaptaciones internas en la nariz que compensaban esa aparente “falta de adaptación” externa. Se habló de pliegues, estructuras especiales y cavidades rediseñadas. Era una hipótesis razonable… pero no había manera de comprobarla en fósiles fragmentados.

El hombre de Altamura, intacto como una estatua dormida, era la oportunidad perfecta.

Cuando la tecnología entra en la cueva: lo inesperado

El nuevo estudio, publicado en PNAS y liderado por Constantino Buzi (Universidad de Perugia, IPHES-CERCA), utilizó tecnología endoscópica de alta resolución para observar por primera vez el interior de la cavidad nasal de un neandertal conservado en su posición original. El procedimiento fue casi quirúrgico: cámaras diminutas viajaron entre la calcita para capturar estructuras que no se habían visto jamás en un fósil humano.

El resultado fue sorprendentemente claro. No había adaptaciones internas. No había pliegues especiales. No había rasgos exclusivos. La nariz neandertal, tal como estaba, era perfectamente funcional sin necesidad de “mecanismos ocultos”.

Antonio Profico, co-autor del estudio, lo resume con franqueza: “Se construyeron hipótesis sobre evidencias incompletas. Esos rasgos nunca existieron”. Y lo más revelador es que, incluso sin ellos, la nariz cumplía con lo que la bioenergética exige para un cuerpo robusto y con altas demandas de oxígeno.

Lo que antes parecía una paradoja, ahora empieza a tener sentido.

Una cara arcaica, pero plenamente funcional

No era como creíamos: la nariz del neandertal mejor conservado de Europa contradice 50 años de teorías sobre la adaptación al frío
© Ministry of Cultural Heritage and Activities / Superintendent of the Archeology of Puglia.

Cuando este equipo integró modelos de rendimiento respiratorio, la supuesta contradicción desapareció. La apertura nasal amplia, combinada con un ritmo metabólico alto, encajaba perfectamente en un cuerpo adaptado al frío. No fue una solución estética ni un error evolutivo, sino un equilibrio entre restricciones morfológicas antiguas y nuevas exigencias climáticas.

Carlos Lorenzo, del IPHES-CERCA y la Universitat Rovira i Virgili, lo explica mejor: “La nariz que vemos en Altamura es exactamente lo que cabría esperar en una especie adaptada al frío, pero con una morfología craneal arcaica. No necesitaba más”.

Es decir: los neandertales no respiraban “mal”. No eran un experimento fallido. Su rostro no era una anomalía. Era otra forma —diferente a la nuestra, pero igualmente eficiente— de sobrevivir en los climas helados del Pleistoceno europeo.

Un fósil que seguirá hablando

El equipo creó un modelo 3D completo de la cavidad nasal, una herramienta inédita que permitirá estudiar en detalle cómo procesaban el aire, qué límites tenían y qué implicaciones pudo tener todo esto en su vida cotidiana. Gracias a la conservación extraordinaria del fósil, atrapado entre espeleotemas durante miles de siglos, es posible que el hombre de Altamura sea el esqueleto humano más completo jamás hallado.

Y quizá también uno de los que más preguntas nuevas nos deje.

Porque si algo demuestra esta investigación es que, incluso cuando pensamos que conocemos a nuestros parientes extintos, todavía pueden aparecer rincones de su anatomía capaces de reescribir lo que dábamos por hecho.

¿Quién sabe qué otros secretos guarda ese rostro detenido en el tiempo, esperando a que la tecnología vuelva a entrar en la cueva?

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