En la búsqueda de vida extraterrestre podríamos buscar rastros tecnológicos de una civilización avanzada y compleja por medio de las señales emitidas en el espacio. Ahora un trabajo nuevo sugiere que en lugar de buscar señales de luz o de radio tendríamos que buscar rastros de antiguas civilizaciones desaparecidas hace ya mucho tiempo.
El tiempo es una de las mayores barreras que nos impiden encontrar vida inteligente en el universo. Si el universo tiene unos 13,8 mil millones de años, son escasas nuestras oportunidades de superposición con una civilización avanzada a lo largo de nuestra pequeña ventana de tiempo como humanidad. Así, Brian Lacki, astrónomo teórico de la Iniciativa Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, sugiere que tenemos más probabilidades de encontrar las ruinas que hayan quedado de una civilización muerta en el sistema solar.
El reciente trabajo de Lacki, disponible en pre-impresión en arXiv, argumenta que los restos polvorosos de estructuras desaparecidas hace mucho tiempo, como las esferas de Dyson, podrían aparecer en lugares como la Luna. Eso, suponiendo por supuesto que estos avanzados extraterrestres existieran y construyeran esas enormes estructuras.
Buscando aliens
Los científicos buscan señales de vida en la galaxia intentando encontrar planetas que tengan alguna mezcla o receta de firmas biológicas que se parezcan a las de la Tierra. Sin embargo, existe la probabilidad de que la prueba de vida extraterrestre no tenga que ver con la biología.
La evidencia de vida extraterrestre podría adoptar la forma de tecnofirmas, como emisiones mensurables de ondas electromagnéticas. Estos rastros tecnológicos de vida inteligente no provendrían de nuestro sistema solar sino más bien, de exoplanetas distantes que no podemos ver de cerca.
Las teóricas esferas de Dyson son uno de los ejemplos más famosos: serían megaestructuras artificiales construidas alrededor de una estrella para almacenar su energía, utilizada por una avanzada civilización alien. La imagen de una esfera de Dyson es como de un enorme enjambre de paneles solares en torno a una estrella.
Esos constructores tendrían que haber estado monitoreando continuamente y corrigiendo las órbitas para que funcionara la esfera de Dyson. Pero si la civilización se extingue y nadie hace el mantenimiento, los componentes de ese enjambre inevitablemente acabarían atraídos por la gravedad, y reunidos.
Esas partes chocarían las unas con las otras, y acabarían siendo tecnogranos, según indica el trabajo. “Se da una cascada de colisiones y los fragmentos hiperveloces de cada colisión anulan todo otro elemento, lo que inicia un rápido proceso de molienda que acaba convirtiéndolo todo en polvo”, escribe Lacki.
Polvo y más polvo
La fatídica colisión del enjambre de Dyson dejaría rastros. Cada colisión crearía más residuos, que a su vez darían lugar a más colisiones, y todo lo que quedaría de la megaestructura no sería más que polvo a una escala de micrones.
Entonces esos diminutos tecnogranos serían eyectados del sistema de su estrella y arrastrados por el viento solar viajarían por la galaxia de la Vía Láctea. Los granos eventualmente quedarían dispersos en el medio interestelar.
En su trabajo Lacki argumenta que como nuestro sistema solar orbita en torno al centro de la galaxia, pasaría por ese depósito de granos artificiales que hay en el medio interestelar. “Cuando el sistema solar pasa por este reservorio los mundos que contiene quedarían expuestos a que los tecnogranos se depositaran en su superficie, y una pequeña fracción podría caer suavemente en el regolito de mundos como la Luna”, escribió.
Por eso sugiere que la forma de encontrar rastros tecnológicos de civilizaciones extraterrestres podría ser buscando restos microscópicos que hubieran llegado al sistema solar mucho después de colapsar. Si Lacki está en lo cierto, la primera evidencia de que existan los aliens podría venir, no de señales de radio, sino de restos microscópicos de su civilización, que hoy podrían estar en el suelo de la Luna.