Lo que comenzó como un rumor periodístico se ha convertido en un conflicto diplomático de alto voltaje. La revelación de que ciudadanos estadounidenses, presuntamente cercanos al presidente Donald Trump, habrían llevado a cabo operaciones de influencia en Groenlandia ha sacudido las relaciones entre Washington y Copenhague. La Casa Blanca, lejos de negar los hechos, ha optado por el silencio, un gesto que no hace más que agravar las sospechas.
Una operación encubierta en territorio sensible

El 27 de agosto, la emisora estatal DR informó que los servicios de inteligencia daneses detectaron actividades de al menos tres individuos de Estados Unidos que buscaban influir en la sociedad groenlandesa. El objetivo era claro: explotar tensiones históricas entre Dinamarca y su territorio autónomo para favorecer la idea de una anexión a Estados Unidos.
La estrategia habría incluido identificar ciudadanos con posturas favorables, crear listas de aliados y opositores, e incluso cultivar lazos con políticos locales y empresarios. Para un territorio marcado por un delicado equilibrio entre autonomía e integración en el reino danés, la noticia cayó como una bomba.
Indignación en Dinamarca y Groenlandia

El ministro de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, calificó las acusaciones de “completamente inaceptables” y advirtió que se trataba de una violación de las normas internacionales. La primera ministra, Mette Frederiksen, fue igual de tajante: “Cualquier injerencia en la democracia de Groenlandia es inadmisible”.
Desde Nuuk, Aaja Chemnitz, representante de Groenlandia en el parlamento danés, ridiculizó el intento: “Es absurdo que traten de infiltrarse de esta manera. Solo Groenlandia decidirá su futuro”. Aun así, admitió que la situación revela un interés estadounidense cada vez más descarado en el territorio.
El silencio que incomoda

Mark Stroh, encargado de negocios de Estados Unidos en Copenhague, fue convocado de urgencia para dar explicaciones. Pero el Departamento de Estado se limitó a declarar que “se niega a comentar las acciones de ciudadanos estadounidenses en Groenlandia”. Lo que más preocupa en Dinamarca es lo que nadie dice: la Casa Blanca no ha negado los hechos.
Vieja obsesión con nuevo rostro
Groenlandia no es un escenario nuevo en las ambiciones de Trump. Ya en 2019 intentó adquirirla abiertamente, alegando su riqueza mineral y valor estratégico por su cercanía a Rusia. En enero de 2025 llegó a afirmar: “Creo que lo conseguiremos. No sé qué derecho tiene Dinamarca sobre ello”.
Las encuestas, sin embargo, muestran otro panorama: un 85% de los groenlandeses rechaza la idea de ser parte de Estados Unidos. Pero mientras tanto, la isla helada, rica en recursos y clave para la seguridad ártica, sigue siendo un tablero de ajedrez donde se juegan intereses mucho mayores que los de sus propios habitantes.