La ciudad de Río de Janeiro amaneció cubierta por el eco de las sirenas y el olor a pólvora. Más de cien personas murieron en un operativo policial sin precedentes. Entre los cuerpos, una madre buscó a su hijo durante horas, hasta hallarlo en condiciones que nadie debería ver. Su historia expone la violencia que el Estado intenta justificar.
Una madre frente al horror
Raquel Tomas, de 34 años, aún no puede pronunciar el nombre de su hijo sin que la voz le tiemble. Iago Ravel, de 19 años, apareció decapitado tras la operación policial más mortífera de Brasil. “Degollaron a mi hijo y colgaron la cabeza en un árbol como si fuera un trofeo”, declaró entre lágrimas.
Durante la madrugada, recorrió hospitales y comisarías buscando respuestas. Al amanecer, lo encontró entre decenas de cadáveres alineados por vecinos del complejo de favelas de Penha, escenario del enfrentamiento. “Era un muchacho bueno, no tenía antecedentes, y no tuvo derecho a defenderse”, lamentó.
Su tía, Beatriz Nolasco, reconoció a Iago en un video que circula en redes sociales: un joven con el cabello teñido de rojo, cuerpo decapitado y ropa de camuflaje. “No tenía heridas de bala. Lo ejecutaron”, denunció el padre, Alex Rosado da Costa, apuntando directamente al BOPE, la unidad de élite de la policía militar.
Un periodista de la AFP confirmó haber visto el cuerpo decapitado. Raquel, mientras esperaba en la morgue, solo repetía una palabra: “Terror”.
La operación que dejó más de cien muertos
El martes, las favelas de Penha y Alemão se convirtieron en un campo de batalla. Más de 2.500 agentes fuertemente armados ingresaron para actuar contra el Comando Vermelho, el grupo criminal más poderoso de Río. En pocas horas, al menos 119 personas murieron, entre ellas 115 civiles considerados sospechosos y 4 policías.
Los enfrentamientos fueron feroces. Los sospechosos lanzaron drones con explosivos, levantaron barricadas y respondieron el fuego durante horas. Los periodistas que cubrían el operativo tuvieron que refugiarse varias veces para no ser alcanzados por los disparos.
Luego, una escena escalofriante recorrió el mundo: una fila de más de 25 detenidos, descalzos y sin camisa, obligados a permanecer en el suelo con la cabeza agachada. Para muchos, fue el símbolo de una operación que traspasó todos los límites.

“Fue una masacre, no un operativo”
Mientras las familias buscaban a sus desaparecidos, el gobernador Claudio Castro declaró que los muertos eran “criminales” y que cualquier error cometido por la policía sería “residual”. La respuesta oficial contrastó con la indignación que crecía en las calles.
“La matanza fue indiscriminada”, denunció Raquel Tomas, sosteniendo las pertenencias de su hijo. “No fue solo con Iago, fue con todos los que no tuvieron quién los defendiera”.
Las organizaciones humanitarias calificaron el operativo como “una violación masiva de derechos humanos”. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos expresó estar “horrorizada” y exigió una investigación urgente e independiente sobre los hechos.
Río de Janeiro entre el miedo y la impunidad
La operación, planificada durante dos meses, fue presentada como un “éxito” por las autoridades. Se incautaron 118 armas y se detuvo a más de un centenar de personas. Pero detrás de las cifras oficiales quedan las historias que nadie quiere escuchar: madres que buscan cuerpos, familias sin respuestas, barrios enteros marcados por el miedo.
Los defensores de derechos humanos advierten que este tipo de intervenciones solo agravan el ciclo de violencia y desconfianza entre las comunidades y las fuerzas del Estado.
En Río, las calles aún no se han limpiado del todo. Pero la voz de una madre, quebrada por la pérdida y sostenida por la dignidad, sigue resonando:
“Quiero justicia. No solo por mi hijo, sino por todos los que ya no pueden hablar.”
[Fuente: La Nación]