Hace unos 252 millones de años, la Tierra atravesó la mayor crisis biológica conocida. La extinción del final del Pérmico transformó los ecosistemas terrestres y marinos y eliminó a buena parte de los grupos que hasta entonces habían dominado el planeta. Para los supervivientes, sin embargo, aquel desastre dejó algo extraordinariamente valioso: espacio.
Entre quienes terminaron aprovechándolo estaban los arcosauromorfos, el enorme linaje de reptiles del que posteriormente surgirían dinosaurios, cocodrilos y multitud de formas ya desaparecidas. Ahora, un nuevo estudio sugiere que su gran explosión evolutiva comenzó antes de lo que indicaban reconstrucciones anteriores.
La investigación, publicada en Proceedings of the Royal Society B, analizó el registro fósil desde el Pérmico tardío hasta el Jurásico temprano. El resultado muestra una auténtica carrera evolutiva: al principio aparecieron nuevas especies a gran velocidad; después, a medida que aquel nuevo mundo se llenaba, la expansión empezó a frenarse.
La catástrofe dejó un mundo lleno de oportunidades

Los arcosauromorfos fueron especialmente exitosos. Durante el Triásico se diversificaron en animales con anatomías, tamaños y estilos de vida muy diferentes hasta convertirse en una pieza central de los ecosistemas mesozoicos. De una parte de esa historia evolutiva acabarían emergiendo los dinosaurios.
El patrón encaja con lo que los biólogos denominan una radiación evolutiva: cuando desaparecen los antiguos ocupantes de un ecosistema, los supervivientes encuentran alimento, territorios y funciones ecológicas que antes estaban ocupados. El resultado puede ser una rápida aparición de especies adaptadas a esas oportunidades.
Los fósiles esconden una explosión evolutiva más antigua de lo esperado
La dificultad está en reconstruir cuándo ocurrió exactamente esa explosión. Los análisis tradicionales dependen en gran medida de árboles filogenéticos: reconstrucciones de quién estaba emparentado con quién. Pero el registro fósil está incompleto y muchos animales solo son conocidos mediante unos pocos restos.
El equipo utilizó una estrategia diferente. PyRate, un método basado en estadística bayesiana, emplea directamente las primeras y últimas apariciones conocidas de cada especie para estimar cómo cambiaron las tasas de especiación y extinción sin necesitar un árbol evolutivo perfectamente resuelto. Para el nuevo estudio se incorporaron arcosauromorfos de todo el intervalo entre el Pérmico tardío y el Jurásico temprano. Y ahí apareció la sorpresa.
El pico inicial de diversificación parece producirse antes que en varias estimaciones basadas en filogenias. Los investigadores creen que podría haber existido una diversificación “críptica”: especies que ya se estaban separando evolutivamente pero eran escasas, muy similares entre ellas o simplemente difíciles de distinguir en un registro fósil incompleto.
Primero aparecieron especies a toda velocidad. Después empezó a cerrarse la puerta
El estudio encontró otro patrón revelador: la especiación comenzó siendo muy alta y después descendió, mientras que la tasa de extinción aumentó progresivamente.
Una explicación es bastante intuitiva. Los nichos vacíos empezaron a llenarse. Cuantas más especies aparecían, menos oportunidades ecológicas completamente nuevas quedaban disponibles. Al mismo tiempo, una mayor cantidad de especies puede significar poblaciones medias más pequeñas y, por tanto, más vulnerables a desaparecer, una posibilidad compatible con modelos neutrales de biodiversidad.
El tamaño corporal, en cambio, no mostró una relación estadísticamente significativa con las probabilidades de originar nuevas especies o extinguirse. El equipo utilizó la longitud del fémur como aproximación y plantea que futuros análisis con otras medidas podrían aclarar esa cuestión.
Lo más interesante es que aquella recuperación no fue simplemente el momento en que “aparecieron los dinosaurios”. Fue un proceso mucho más largo en el que una catástrofe eliminó a numerosos protagonistas, abrió el tablero ecológico y permitió que otros linajes comenzaran a experimentar.
Millones de años después, algunos de sus descendientes terminarían convirtiéndose en los animales terrestres más grandes que jamás hayan existido. Pero su oportunidad pudo haber comenzado mucho antes de lo que los fósiles nos habían permitido ver.