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La secuela de Candyman que devolvió a la saga al primer plano

Parecía innecesaria, pero terminó siendo esencial. Candyman regresó con una secuela tardía que entendió el terror contemporáneo mejor que nadie. En apenas 90 minutos, la película revitalizó una saga de culto mezclando leyenda urbana, horror clásico y una potente lectura social.
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Tiempo de lectura 3 minutos

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Los remakes y secuelas tardías suelen generar desconfianza, especialmente cuando se trata de clásicos del terror. Sin embargo, hay excepciones que justifican su existencia con inteligencia y personalidad propia. Candyman es una de ellas: una película breve, incisiva y sorprendentemente actual que no solo revive una franquicia olvidada, sino que la resignifica para un nuevo contexto social y cultural.

Un regreso que tenía sentido

Estrenada en 2021, Candyman no se presenta como un simple remake, sino como una secuela directa de la película original de 1992. El proyecto cuenta con Jordan Peele como productor y coguionista, y con Nia DaCosta en la dirección, dos nombres clave del terror moderno.

La historia vuelve al mismo lugar donde nació la leyenda: Cabrini-Green, en Chicago. Pero el barrio ya no es el mismo.

Cabrini-Green y el terror de la gentrificación

Décadas después de los acontecimientos originales, Cabrini-Green ha sido completamente gentrificado. Donde antes había torres de viviendas sociales, ahora hay apartamentos de lujo ocupados por jóvenes profesionales que desconocen —o prefieren ignorar— el pasado del lugar.

Allí se instalan Anthony McCoy y su pareja Brianna Cartwright. Él es un artista en crisis creativa que, al investigar la historia del barrio, redescubre la leyenda de Candyman: el espíritu vengativo que aparece si dices su nombre cinco veces frente al espejo.

Lo que comienza como una exploración artística se convierte pronto en una pesadilla.

Más que una leyenda urbana

Uno de los grandes aciertos de Candyman es que entiende que el miedo ya no funciona igual que en los 90. Aquí, el terror no surge solo del susto o del gore, sino de una reflexión incómoda sobre la violencia racial, la memoria colectiva y la apropiación cultural.

La película convierte a Candyman en algo más que un monstruo: es un símbolo que encarna siglos de injusticia y dolor, una figura que se reconfigura con cada nueva víctima. En ese sentido, la cinta conecta directamente con la sensibilidad social que ya había explorado Peele en Get Out o Us.

Un rescate necesario para una saga maltratada

La Candyman original tuvo dos secuelas que pasaron sin pena ni gloria, lo que parecía haber enterrado definitivamente a la franquicia. Durante años se barajaron ideas absurdas, incluso cruces con otras sagas de terror como Leprechaun. Nada funcionó.

La secuela de Candyman que devolvió a la saga al primer plano
© BriAnimator_ – X

Todo cambió cuando la productora de Jordan Peele decidió recuperar el personaje con una visión clara: no explotar la nostalgia, sino actualizar el mito. El resultado es una película concisa, elegante y perturbadora que respeta el legado original mientras lo expande.

Terror breve, directo y con identidad

Con solo 90 minutos de duración, Candyman demuestra que no hace falta alargarse para dejar huella. Nia DaCosta firma una puesta en escena sobria pero efectiva, con momentos de auténtico mal rollo y una estética que combina lo artístico con lo macabro.

Puede que no alcance la radicalidad formal que habría tenido si Peele hubiese dirigido, pero aun así logra algo fundamental: hacer que Candyman vuelva a dar miedo, y que ese miedo diga algo sobre el mundo actual.

En definitiva, Candyman no solo rescató una franquicia de terror de culto. La convirtió, por fin, en una historia que merecía ser contada otra vez.

Fuente: SensaCine.

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