Desde su redescubrimiento en el año 1938, el celacanto ha sido un enigma viviente, un testigo silencioso de un pasado remoto. Ahora, una revisión detallada de su anatomía craneal pone en duda conceptos que la ciencia daba por hechos, reescribiendo capítulos clave de la evolución de los vertebrados.
Una revisión que rompe con la historia aceptada

El trabajo, publicado en Science Advances y liderado por investigadores de la Universidad de São Paulo y la Smithsonian Institution, examinó minuciosamente la musculatura craneal del celacanto africano (Latimeria chalumnae). Lo que encontraron fue sorprendente: once músculos descritos durante décadas nunca existieron y, a cambio, identificaron conexiones musculares nunca antes reportadas.
Los expertos explican que la confusión se originó porque ligamentos, incapaces de generar movimiento por sí mismos, fueron catalogados como músculos. Solo tres de las 22 supuestas transformaciones evolutivas propuestas en los peces con mandíbula resultaron ser válidas, un hallazgo que obliga a replantear cómo se interpretó el paso de los peces a los tetrápodos.
La evolución muscular bajo una nueva lupa

Este estudio comparó la aparición de innovaciones musculares en tres grandes linajes: sarcopterigios, condrictios y actinopterigios. Los primeros, grupo al que pertenece el celacanto, mostraron una evolución más lenta, mientras que los peces de aletas radiadas desarrollaron nuevas estructuras a un ritmo explosivo, favoreciendo técnicas de alimentación por succión que hoy dominan los océanos.
Gracias a disecciones directas, tinciones, microtomografías y análisis microscópicos, los investigadores observaron rasgos compartidos que se creían exclusivos de ciertos linajes y detectaron ausencias que revelan un panorama evolutivo más complejo de lo imaginado. La identificación del músculo espiracularis, por ejemplo, sugiere que características primitivas aparecieron antes y se conservaron durante millones de años.
Un fósil viviente que aún tiene mucho que contar

El celacanto, habitante de profundidades de hasta 300 metros y refugios rocosos, ha cambiado muy poco en 65 millones de años. Su estabilidad genética y baja tasa evolutiva lo convierten en una ventana única al pasado, pero el nuevo estudio demuestra que todavía quedan sorpresas por descubrir.
La investigación abre la puerta a revisar fósiles, estudiar otros linajes de peces y comprender mejor la transición de los vertebrados acuáticos a los terrestres. Un recordatorio de que incluso los “hechos consolidados” de la ciencia pueden desmoronarse ante nuevas miradas más precisas y atrevidas.