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Ciencia

La sorprendente teoría que relaciona las hogueras con el origen del lenguaje humano

Durante miles de años, nuestros antepasados se reunieron alrededor de las llamas. Ahora, una investigación plantea que aquellas noches pudieron tener un papel mucho más profundo.
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Contar historias parece una de las actividades más humanas que existen. Lo hacemos para entretenernos, transmitir conocimientos, explicar aquello que no comprendemos o simplemente compartir una experiencia. Desde las grandes obras de la literatura hasta las teorías científicas más complejas, buena parte de nuestra relación con el mundo puede entenderse como una sucesión de relatos.

Pero hay una pregunta mucho más difícil de responder: ¿por qué desarrollamos un lenguaje tan sofisticado para empezar a contar esas historias?

El origen del lenguaje humano continúa siendo uno de los grandes misterios de nuestra evolución. Existen numerosas hipótesis, pero ninguna ha conseguido explicar por completo cómo nuestros antepasados pasaron de sistemas de comunicación relativamente sencillos a una capacidad capaz de producir conceptos abstractos, estructuras gramaticales complejas y un vocabulario prácticamente ilimitado.

Ahora, un grupo de investigadores ha puesto sobre la mesa una posibilidad tan sencilla como fascinante: quizá haya que mirar hacia algo que acompañó a los seres humanos durante incontables generaciones. El fuego.

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©Jean-Daniel Francoeur – Pexels

Una capacidad que parece ir mucho más allá de lo necesario

La investigación, publicada en The Royal Society por científicos vinculados a la Universidad de Saint Andrews, parte de una observación interesante. Muchas especies son capaces de comunicarse, aprender unas de otras, transmitir conocimientos culturales, coordinar actividades e incluso desarrollar complejas relaciones sociales.

Los primates, por ejemplo, pueden utilizar gestos, sonidos y diferentes comportamientos para desenvolverse dentro de sus grupos. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre esas capacidades y lo que hacemos los seres humanos con el lenguaje.

Podemos inventar sistemas matemáticos, escribir novelas, formular hipótesis sobre el origen del universo o imaginar acontecimientos que nunca han sucedido. Podemos hablar del pasado remoto y del futuro, describir conceptos que no tienen una representación física y construir historias dentro de otras historias.

La cuestión, entonces, es qué pudo impulsar una capacidad tan extraordinariamente compleja.

Catherine Hobaiter, investigadora de la Escuela de Psicología y Neurociencia de Saint Andrews y una de las autoras del estudio, plantea precisamente esta paradoja: muchas de las funciones que asociamos con el lenguaje (como aprender, organizarse o coordinarse) también pueden realizarse mediante formas de comunicación mucho más sencillas.

Por eso, quizá el lenguaje humano no surgió únicamente para resolver problemas prácticos inmediatos.

Tal vez también tuvo que ver con algo aparentemente menos necesario: sentarse, escuchar y contar historias.

Cuando las llamas se convirtieron en el centro de la noche

Aquí aparece el elemento que hace especialmente llamativa esta hipótesis. Durante la noche, una hoguera no solo proporcionaba calor y protección. También modificaba completamente el entorno social.

La luz de las llamas permitía prolongar las actividades después de la puesta del sol y creaba un espacio común en el que varias personas podían permanecer juntas durante más tiempo. Las brasas, además, producen una iluminación cambiante, con destellos y variaciones constantes que pueden influir en la atención y en el estado fisiológico.

Nathaniel Dominy, profesor de antropología y coautor de la investigación, considera que estas propiedades merecen ser estudiadas con mayor profundidad. El fuego no sería simplemente una fuente de energía, sino un elemento capaz de favorecer determinadas condiciones de atención, cooperación y sincronización entre quienes se encuentran alrededor de él.

La propuesta supone incluso invertir una hipótesis anterior. Algunos investigadores, como Polly Wiessner, han planteado que el fuego apareció cuando los humanos ya contaban con un lenguaje plenamente desarrollado. El nuevo trabajo explora justamente la posibilidad contraria: que las reuniones nocturnas alrededor de las hogueras contribuyeran a impulsar la evolución de nuestra comunicación narrativa.

Y aquí está la parte más importante: los investigadores no aseguran haber demostrado que el fuego creó el lenguaje.

El estudio propone algo más prudente y, al mismo tiempo, mucho más interesante: una serie de predicciones que podrían comprobarse experimentalmente.

Entre ellas se encuentra la posibilidad de que las historias tengan un ritmo diferente al de las conversaciones cotidianas, que presenten estructuras narrativas jerárquicas y que dependan especialmente de características humanas como la abstracción y la capacidad de generar nuevas expresiones.

También plantean que la comprensión de gestos podría verse más afectada por la iluminación irregular del fuego que la comprensión del habla. Incluso sugieren que el ritmo de una narración podría aproximarse a la frecuencia con la que parpadean las llamas.

La predicción más llamativa quizá sea otra: los narradores y sus oyentes podrían experimentar una mayor sincronización neural y fisiológica durante una historia que durante una conversación cotidiana.

La gran historia todavía está por demostrar

De momento, conviene mantener la cautela. El estudio no demuestra que nuestros antepasados desarrollaran el lenguaje exclusivamente para reunirse alrededor de las hogueras. Tampoco presenta una prueba definitiva de que el fuego sea el origen de nuestra capacidad narrativa.

Lo que ofrece es una hipótesis que puede convertirse en ciencia comprobable.

Los investigadores han analizado características físicas de las hogueras, como el brillo de las llamas y las brasas, el tipo de luz que producen, sus patrones de parpadeo y su posible relación con la melatonina, una hormona relacionada con la somnolencia.

El siguiente paso será comprobar si esas características tienen realmente algún efecto sobre la forma en que hablamos, escuchamos y sincronizamos nuestra actividad cuando contamos historias.

Si futuras investigaciones encuentran diferencias consistentes entre el habla cotidiana y la narración alrededor del fuego, la hipótesis ganaría fuerza.

Y quizá entonces una de las escenas más antiguas de nuestra especie (varias personas reunidas de noche frente a unas llamas) adquiera un significado completamente diferente.

Porque es posible que aquellas hogueras no fueran únicamente lugares para calentarse o cocinar.

Quizá también fueran uno de los primeros escenarios donde aprendimos a convertir sonidos en historias.

 

[Fuente: La Razón]

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