Durante décadas, la posibilidad de transmitir un pensamiento de una persona a otra sin utilizar la voz, las manos o ningún dispositivo convencional perteneció casi exclusivamente a la ciencia ficción. La idea aparecía en películas, novelas y videojuegos como una capacidad extraordinaria, imposible de reproducir en un laboratorio.
Pero un grupo de neurocientíficos decidió llevar esa fantasía a un terreno mucho más concreto. En lugar de intentar leer pensamientos complejos, diseñaron un sistema capaz de enviar señales cerebrales muy sencillas entre distintas personas y utilizar esa información para tomar decisiones en conjunto.
El resultado fue un experimento tan peculiar como revelador: tres personas consiguieron colaborar utilizando únicamente la actividad de sus cerebros. No hubo conversaciones entre ellas ni intercambio tradicional de información. Una señal generada en una mente podía terminar influyendo en la decisión tomada por otra.
El sistema todavía está muy lejos de permitir una conversación mental como las imaginadas por la ciencia ficción. Sin embargo, el experimento demuestra que una red formada por varios cerebros humanos no es una idea completamente imposible.

Una red neuronal formada por personas
El proyecto recibió un nombre que parece sacado de una película futurista: BrainNet. Fue desarrollado por investigadores de la Universidad de Washington y la Universidad Carnegie Mellon con una meta concreta: comprobar si varias personas podían compartir información cerebral y resolver juntas una tarea.
Para hacerlo, los científicos combinaron dos tecnologías diferentes. La primera fue la electroencefalografía, conocida como EEG, capaz de registrar la actividad eléctrica producida por el cerebro mediante electrodos colocados sobre la cabeza. La segunda fue la estimulación magnética transcraneal, o TMS, utilizada para estimular determinadas regiones cerebrales mediante campos magnéticos.
El experimento involucró a tres participantes. Dos actuaban como emisores y tenían conectados sistemas EEG. El tercero funcionaba como receptor y recibía la información mediante TMS.
La tarea elegida fue deliberadamente sencilla. Los participantes tenían que colaborar en una especie de versión experimental de Tetris. Mientras un bloque descendía por la pantalla, los emisores debían determinar si era necesario girarlo para colocarlo correctamente.
Para comunicar su decisión, observaban dos luces LED que parpadeaban a frecuencias diferentes. Una emitía destellos a 15 Hz y la otra a 17 Hz. Al concentrarse en una de ellas, el cerebro producía patrones de actividad que el sistema EEG podía detectar.
A partir de esas señales, el ordenador determinaba qué decisión había tomado cada emisor.
Y ahí comenzaba la parte más llamativa del experimento.
La información viajaba de un cerebro a otro
Una vez interpretada la señal cerebral, el sistema la convertía en una instrucción para el tercer participante. En lugar de mostrarle un mensaje en una pantalla o reproducir un sonido, los investigadores utilizaban estimulación magnética transcraneal.
La estimulación podía provocar en el receptor un fenómeno visual conocido como fosfeno. Se trata de la percepción de pequeños destellos luminosos que aparecen sin que exista una fuente de luz real frente a los ojos.
El participante sabía previamente cómo interpretar esa señal. Si percibía el fosfeno, debía entender que la instrucción recibida indicaba que tenía que girar el bloque. Si no aparecía, debía dejarlo como estaba.
De esta manera, una decisión tomada por uno de los participantes podía recorrer el sistema hasta llegar al cerebro de otra persona. Y lo más interesante es que había dos emisores diferentes enviando información al mismo receptor.
El experimento no creó una conexión mental capaz de transmitir palabras, imágenes detalladas o pensamientos abstractos. La comunicación era extremadamente limitada: esencialmente se trataba de transmitir decisiones binarias.
Aun así, los resultados fueron suficientes para demostrar que el concepto funcionaba. En cinco grupos experimentales, BrainNet alcanzó una precisión media del 81,25 %. Para una tecnología tan rudimentaria, el resultado fue considerable.
Además, el sistema incorporaba un elemento inesperado. Durante las distintas rondas, el receptor podía aprender qué emisor proporcionaba información más fiable y utilizar esa experiencia para tomar mejores decisiones.
Eso convertía el experimento en algo más que una simple transmisión de señales. También mostraba que una red cerebral podía incorporar cierta capacidad de evaluación y colaboración.
El experimento que anticipó una comunicación completamente diferente
BrainNet no surgió de la nada. Antes de conectar tres cerebros, los investigadores ya habían demostrado que era posible establecer una comunicación experimental entre dos personas.
En aquella ocasión, los participantes jugaron a una versión del conocido juego de las 20 preguntas. Las respuestas se reducían a opciones binarias, como «sí» o «no», y podían transmitirse utilizando el mismo principio basado en señales cerebrales y fosfenos.
La diferencia con BrainNet fue que el nuevo experimento introdujo un tercer cerebro dentro del sistema. En lugar de una comunicación entre dos individuos, los investigadores comenzaron a explorar una estructura similar a una pequeña red.
Ese cambio es importante porque plantea una pregunta mucho más ambiciosa: ¿qué ocurriría si este tipo de tecnología pudiera ampliarse para conectar a muchas personas simultáneamente?
En teoría, diferentes individuos podrían aportar información a un mismo proceso de decisión. Una red cerebral podría combinar las señales de varias personas para resolver problemas de manera colectiva.
Por ahora, esa posibilidad pertenece todavía al terreno experimental. La velocidad de transmisión es baja, las señales que pueden enviarse son extremadamente simples y todo el procedimiento requiere equipos especializados y condiciones controladas.
Pero el principio fundamental ya ha sido demostrado.
Mucho más que una cuestión tecnológica
El avance también abre un debate que probablemente será cada vez más importante a medida que evolucionen las interfaces cerebro-computadora.
Si algún día las máquinas pueden interpretar señales cerebrales con mucha más precisión, la privacidad podría adquirir una dimensión completamente nueva. Hasta ahora, los pensamientos son considerados uno de los espacios más íntimos de una persona. Una tecnología capaz de acceder a ellos podría cambiar radicalmente esa frontera.
También aparecen preguntas relacionadas con la manipulación. ¿Podría una interfaz neuronal utilizarse para influir en las decisiones de alguien?
¿Quién tendría acceso a los datos obtenidos del cerebro? ¿Cómo deberían protegerse esas señales?
Es importante, sin embargo, no exagerar las capacidades actuales de BrainNet. El sistema no puede leer pensamientos libremente ni extraer secretos de la mente de una persona. No existe una especie de «telepatía digital» capaz de transmitir conversaciones completas.
Lo que existe es algo mucho más modesto, pero científicamente significativo: una forma experimental de convertir determinadas señales cerebrales en información que otra persona puede recibir.
La tecnología está apenas en sus primeras etapas. Sin embargo, cada experimento de este tipo reduce un poco la distancia entre una idea propia de la ciencia ficción y una posibilidad tecnológica real.
Quizás el futuro de la comunicación no consista únicamente en hablar más rápido, escribir mejor o enviar información a través de Internet. Tal vez, algún día, las redes también puedan conectar directamente a quienes generan y reciben esa información.
BrainNet no demuestra que estemos cerca de leer la mente humana. Demuestra algo más interesante: que dos cerebros ya pueden intercambiar información de forma experimental y que ese principio puede extenderse a una pequeña red de tres personas.
La telepatía, tal como la imaginamos durante décadas, todavía está muy lejos. Pero la primera pieza de algo parecido ya existe.
[Fuente: Cerebro Digital]