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Ciencia

La trampa de la “gente tóxica”: Cómo una etiqueta emocional nos impide crecer

La expresión “persona tóxica” se ha vuelto omnipresente en redes sociales y libros de autoayuda. Pero esta etiqueta, sin base científica, está más cerca del juicio moral que del análisis psicológico. ¿Y si en lugar de señalar al otro, el verdadero camino fuera entender lo que ocurre dentro de nosotros?
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En una época dominada por las emociones compartidas y los consejos exprés, la figura de la “gente tóxica” se ha convertido en un villano fácil de identificar. Jefes, parejas, amigos o familiares: cualquiera puede ser señalado. Pero, más allá del impacto de esta idea en nuestras relaciones, ¿qué fundamento real tiene? Y sobre todo, ¿a quién beneficia esta narrativa?

Un concepto popular pero vacío de rigor

La trampa de la “gente tóxica”: cómo una etiqueta emocional nos impide crecer
© Unsplash – Curated Lifestyle.

Los discursos de psicología pop insisten: hay personas que drenan tu energía, sabotean tu bienestar y envenenan todo lo que tocan. Pero según expertos como el psicólogo Oriol Lugo, esta visión carece de respaldo empírico. No existe un criterio estable ni validado científicamente que defina qué es una persona tóxica. El término, tan atractivo como impreciso, se ha convertido en un producto de consumo emocional que responde más a modas editoriales que a estudios clínicos.

La expresión se popularizó tras el éxito del libro Toxic People de Lillian Glass en 1995, una autora sin formación en psicología que ha ampliado su marca personal incluso con guías para detectar terroristas. Desde entonces, otros autores como Stamatea o Rojas Estapé han alimentado el fenómeno con conceptos opuestos como “personas vitamina”. Todo ello ha configurado un relato sencillo: si alguien no te hace bien, aléjate. Pero el problema, como explica Lugo, es que ese razonamiento impide la reflexión y refuerza el individualismo.

La comodidad de culpar al otro

Para el psicólogo Buenaventura del Charco, tildar a alguien de tóxico es una forma moderna de esquivar la autocrítica. Bajo una lógica binaria, se clasifica a las personas según lo que “aportan” o “restan”. Esta mirada simplista no solo inhibe el cuestionamiento interno, sino que transforma la interacción en un terreno de consumo emocional. El otro se vuelve descartable.

Fabián Ortiz, psicoanalista, coincide: muchas veces, lo que nos molesta del otro revela algo que aún no hemos trabajado en nosotros. Pero en vez de asumir ese malestar como un posible espacio de crecimiento, lo etiquetamos como amenaza. Así, el vínculo se rompe y se pierde la oportunidad de comprendernos mejor. “El problema es relacional, no es que existan personas malas por naturaleza”, subraya Ortiz.

Entre la fragilidad emocional y la represión

En las redes abundan retratos robot de personas tóxicas: manipuladoras, negativas, narcisistas. Pero estos rasgos a menudo coinciden con descripciones de trastornos de personalidad que requieren un diagnóstico serio y no una interpretación a la ligera. Los mensajes que acompañan estas descripciones suelen ser alarmistas y fomentan una actitud defensiva: huir cuanto antes.

Ortiz señala que esta forma de etiquetar refuerza una sociedad cada vez más infantilizada, donde cualquier roce se interpreta como violencia. Y Del Charco advierte que el temor a ser visto como tóxico nos empuja a reprimir emociones, fingir estabilidad y evitar mostrarnos vulnerables. Esa hipersensibilidad colectiva nos hace creer que cualquier conflicto es intolerable.

Pero no todo malestar exige una ruptura. Del Charco propone una alternativa realista: convivir con personas que no siempre nos agradan, defender nuestros límites sin caer en dramatismos y aceptar que el mundo no gira en torno a nuestra comodidad. Porque, salvo excepciones, no hay que eliminar a nadie de nuestras vidas, sino aprender a gestionar las diferencias.

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