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Ciencia

La URSS hizo desaparecer uno de los mares más grandes del planeta. Sesenta años después, Uzbekistán intenta convertir aquella catástrofe en un bosque

El mar de Aral fue víctima de uno de los mayores desastres ambientales del siglo XX. Ahora, Uzbekistán está plantando millones de arbustos sobre su antiguo fondo para detener una amenaza que sigue creciendo.
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Hubo un tiempo en que el mar de Aral era tan grande que sus aguas parecían extenderse hasta el horizonte. Los barcos pesqueros navegaban entre sus puertos, las comunidades costeras dependían de sus recursos y sus más de 68.000 kilómetros cuadrados lo convertían en el cuarto lago más extenso del planeta. Pero en apenas unas décadas, una decisión política transformó aquel ecosistema en uno de los mayores desastres ambientales provocados por el ser humano.

Durante la década de 1960, la Unión Soviética comenzó a desviar los ríos que alimentaban el Aral para irrigar enormes plantaciones de algodón. El agua dejó de llegar, el lago retrocedió y millones de hectáreas de su antiguo fondo quedaron expuestas al viento. Ahora Uzbekistán está intentando algo que parece contradictorio: plantar un bosque donde antes había un mar, no para recuperar el paisaje original, sino para contener las consecuencias de su desaparición.

El plan soviético que convirtió un enorme lago en un desierto tóxico

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Las imágenes satelitales muestran cómo el mar de Aral perdió gran parte de su superficie entre 1989 y 2014, dejando al descubierto el desierto de Aralkum. © NASA Earth Observatory / USGS.

El origen del desastre se encuentra en los ríos Amu Daria y Sir Daria, que durante miles de años llevaron agua desde las montañas de Asia Central hasta el mar de Aral, situado entre los actuales Kazajistán y Uzbekistán.

En la década de 1960, las autoridades soviéticas impulsaron una transformación agrícola de gran escala. Construyeron canales de irrigación y desviaron buena parte del caudal hacia cultivos de algodón y otros productos agrícolas. La estrategia permitió aumentar la producción, pero privó al lago de su principal fuente de alimentación. Según la reconstrucción histórica elaborada por la NASA, el Aral comenzó a retroceder hasta dividirse en varias masas de agua. En 2014, su cuenca oriental meridional llegó a secarse completamente por primera vez en la historia moderna.

El problema no terminó cuando desapareció el agua. Los sedimentos del antiguo fondo contenían grandes cantidades de sal, además de contaminantes acumulados durante décadas de actividad agrícola. Al quedar expuestos, comenzaron a ser transportados por tormentas de polvo hacia comunidades, cultivos y ecosistemas vecinos. Así nació el desierto de Aralkum, una superficie de aproximadamente 60.000 kilómetros cuadrados que se convirtió en una importante fuente regional de polvo salino. El Banco Mundial advierte que estas tormentas afectan la salud pública, la calidad del aire y la actividad económica.

Un arbusto capaz de sobrevivir donde casi nada crece

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Arbustos de saxaul establecidos en el antiguo lecho del mar de Aral. Estas especies resistentes a la sequía buscan estabilizar el suelo y reducir la dispersión de polvo salino. © Forestry Agency Uzbekistan / Mongabay.

Ante la imposibilidad práctica de recuperar toda la extensión histórica del Aral, Uzbekistán decidió transformar su estrategia. En 2018 puso en marcha un programa de forestación destinado a estabilizar el antiguo lecho marino y reducir la cantidad de sedimentos que el viento arrastra hacia las poblaciones.

El protagonista es el saxaul, un arbusto desértico adaptado a condiciones extremas de sequía y salinidad. Sus raíces permiten fijar el terreno, mientras sus ramas reducen la velocidad del viento cerca de la superficie. No necesita formar un bosque denso para ejercer un efecto protector. Un estudio publicado en 2023 señala que un ejemplar de saxaul de entre siete y diez años puede contribuir a inmovilizar entre dos y cuatro toneladas de arena. Esta capacidad lo convierte en una herramienta prometedora contra la erosión eólica.

El programa también utiliza otras especies resistentes, como tamariscos, Salsola y Ephedra, con el objetivo de generar una cobertura vegetal adaptada a distintas condiciones del terreno.

Las cifras ilustran la dimensión del proyecto. Según datos oficiales del Ministerio de Ecología de Uzbekistán, entre 2018 y 2023 se realizaron plantaciones forestales sobre 1,73 millones de hectáreas del antiguo fondo del Aral, equivalentes a unos 17.300 kilómetros cuadrados. La operación combina viveros, trabajadores locales, tractores y siembra aérea. Una investigación de Mongabay documentó que se emplearon alrededor de 360 tractores para preparar el terreno, mientras cientos de habitantes de Karakalpakstán participaron en la recolección de semillas y las tareas de plantación.

Millones de hectáreas plantadas no significan que el bosque haya sobrevivido

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Trabajadores forestales preparan el antiguo lecho del mar de Aral para plantar vegetación resistente al desierto. La supervivencia de los arbustos depende de las condiciones de humedad y salinidad. © Forestry Agency Uzbekistan / Mongabay.

Aunque las cifras son impresionantes, existe una diferencia importante entre plantar vegetación y conseguir que se establezca de forma permanente. Las condiciones del Aralkum son extremadamente difíciles, y la supervivencia de los arbustos depende de lluvias que pueden ser muy escasas. El investigador Turaxon Ziyotov, del Instituto de Investigación Forestal de Taskent, explicó a Mongabay que la supervivencia del saxaul puede alcanzar entre el 50% y el 70% durante años relativamente húmedos, pero descender hasta aproximadamente el 30% cuando las precipitaciones son insuficientes.

Aun así, los resultados justifican continuar investigando. El Banco Mundial confirmó en marzo de 2026 que Kazajistán también trabaja en la recuperación del antiguo fondo marino mediante viveros y plantaciones de saxaul, con decenas de miles de hectáreas intervenidas. También hay una diferencia entre las dos partes del antiguo mar. Mientras Uzbekistán concentra sus esfuerzos en estabilizar amplias zonas desecadas, Kazajistán ha conseguido recuperar parcialmente el Aral Norte gracias a obras hidráulicas que permiten conservar una mayor cantidad de agua.

El futuro de la región dependerá de mantener las plantaciones, gestionar los recursos hídricos y comprobar si la vegetación consigue reducir de manera sostenida las tormentas de polvo. Lo que ocurre en Asia Central es, en definitiva, una forma de adaptación a una pérdida ambiental gigantesca. El mar de Aral no está renaciendo como era antes. Está comenzando a transformarse en algo completamente diferente, mientras sus habitantes intentan impedir que el desastre siga extendiéndose.

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