Una de las preguntas más fascinantes de la astrobiología es si la vida puede viajar de un planeta a otro. La idea, conocida como litopanspermia, propone que microorganismos podrían desplazarse adheridos a fragmentos de roca expulsados por impactos de asteroides. Un nuevo experimento realizado en la Universidad Johns Hopkins sugiere que esta posibilidad quizá no sea tan improbable como parecía.
Una bacteria famosa por su resistencia
El estudio, publicado en PNAS Nexus, se centró en Deinococcus radiodurans, una bacteria considerada una de las formas de vida más resistentes conocidas. Este microorganismo se ha hecho famoso por su capacidad para soportar condiciones extremas que resultarían letales para la mayoría de los organismos.
Puede sobrevivir a niveles muy altos de radiación, tolerar sequedad extrema y reparar su ADN incluso después de sufrir daños graves. Estas características la convierten en un candidato ideal para estudiar cómo podrían comportarse formas de vida en ambientes similares a los de otros planetas.
Los investigadores querían comprobar si este tipo de organismos podría sobrevivir al momento más violento de un posible viaje interplanetario: la eyección de rocas tras el impacto de un meteorito.
Simulando el impacto de un meteorito

Para reproducir condiciones similares a las de un impacto, los científicos diseñaron un experimento poco habitual. Colocaron muestras de la bacteria entre dos placas metálicas y dispararon un proyectil a gran velocidad utilizando una pistola de gas.
El choque generó presiones que alcanzaban entre 1 y 3 gigapascales (GPa), valores extremadamente altos si se comparan con los que existen en la superficie terrestre. Para tener una referencia, la presión en el fondo de la Fosa de las Marianas, el punto más profundo de los océanos del planeta, ronda solo una décima parte de un gigapascal.
Tras el impacto, el equipo analizó el estado de las bacterias para comprobar si seguían siendo viables.
Un resultado que sorprendió a los propios investigadores
Los resultados fueron más sorprendentes de lo que esperaban. Deinococcus radiodurans sobrevivió a casi todas las pruebas realizadas a 1,4 GPa, y aproximadamente el 60 % de las bacterias continuaba viva incluso a 2,4 GPa. Solo cuando la presión aumentó más allá de ese nivel aparecieron daños celulares significativos, como roturas en las membranas o deterioro interno.
Según explicó la investigadora Lily Zhao, el equipo esperaba que las bacterias murieran en las primeras pruebas, pero ocurrió lo contrario: “Seguimos aumentando la velocidad del proyectil para intentar eliminarlas, pero era sorprendentemente difícil”. En algunos casos, incluso las estructuras metálicas utilizadas en el experimento fallaron antes que las bacterias.
Lo que esto implica para la vida en el universo
Las colisiones que expulsan rocas de la superficie de Marte pueden generar presiones de hasta 5 gigapascales, aunque no todos los fragmentos experimentan el mismo nivel de estrés. El hecho de que la bacteria sobreviva a valores cercanos a 3 GPa amplía considerablemente el rango en el que la vida podría resistir ese proceso.
Esto refuerza la idea de que algunos microorganismos podrían sobrevivir al impacto inicial, viajar dentro de rocas a través del espacio y eventualmente llegar a otro planeta. En ese escenario, los meteoritos marcianos que han caído en la Tierra podrían haber transportado organismos microscópicos en algún momento de la historia.
Implicaciones para la exploración espacial

El estudio también plantea una cuestión importante para las agencias espaciales. Las misiones interplanetarias aplican protocolos estrictos de protección planetaria para evitar contaminar otros mundos con vida terrestre.
Si algunas bacterias pueden sobrevivir a impactos extremadamente violentos, eso significa que también podrían resistir ciertos procesos asociados a los viajes espaciales. Por esa razón, los investigadores subrayan la necesidad de extremar las precauciones cuando se envían sondas o instrumentos a otros planetas.
¿Y si la vida realmente viaja entre planetas?
El equipo planea continuar los experimentos para estudiar si las bacterias pueden desarrollar una resistencia aún mayor tras impactos repetidos. También pretenden probar otros organismos, incluidos algunos hongos, para comprobar si esta capacidad se extiende a diferentes formas de vida.
La pregunta que permanece abierta es tan simple como inquietante: si algunos microorganismos pueden soportar impactos violentos y sobrevivir al vacío del espacio, la vida podría ser mucho más resistente y viajera de lo que imaginábamos.
Y si esa hipótesis se confirma, el origen de la vida en la Tierra podría estar conectado con una historia mucho más grande, que comenzó mucho antes de que nuestro planeta existiera.