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Ciencia

Las ballenas que sobreviven sin oxígeno podrían inspirar nuevos tratamientos médicos

Las ballenas de hocico de ganso, también llamadas zifios, son capaces de sumergirse a casi 3.000 metros y pasar más de tres horas sin respirar. Su resistencia extrema a la hipoxia está revolucionando la investigación médica: científicos de varios países estudian cómo sus células y genes les permiten sobrevivir sin oxígeno y qué aplicaciones podría tener este mecanismo para diseñar nuevas terapias frente a los accidentes cerebrovasculares
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Los zifios son un grupo enigmático de cetáceos capaces de batir récords de buceo. Algunas especies alcanzan casi 3.000 metros de profundidad y permanecen sumergidas hasta 222 minutos. Este comportamiento, casi imposible para otros mamíferos, los convierte en modelos de estudio únicos para comprender la hipoxia: la privación de oxígeno que en humanos puede causar daños irreversibles en minutos.

Cada inmersión de estas ballenas es una oportunidad científica. Investigadores como la fisióloga Jillian Wisse, de la Universidad de Duke, organizan expediciones frente a las costas de Carolina del Norte para observarlas y obtener pequeñas muestras de piel y grasa. Estos fragmentos, cultivados en laboratorio, permiten recrear condiciones extremas de falta de oxígeno y estudiar cómo sus células responden al estrés.

Claves celulares y genéticas de su resistencia

ZifiOS
© Jan Hildebrand – Unsplash

Los primeros resultados son sorprendentes. A diferencia de las células humanas, las de los zifios siguen consumiendo oxígeno de forma eficiente incluso cuando es escaso. Esta capacidad parece estar vinculada a variaciones genéticas en las mitocondrias, los orgánulos responsables de producir energía.

Gracias a estas mutaciones, los zifios logran mantener procesos vitales en entornos que serían letales para la mayoría de los mamíferos terrestres. Los estudios también sugieren que su metabolismo se adapta en pleno buceo: la frecuencia cardíaca puede caer a menos de diez latidos por minuto, priorizando el flujo sanguíneo hacia el cerebro y los órganos esenciales, mientras que otros sistemas quedan en segundo plano hasta que regresan a la superficie.

El espejo de otros mamíferos marinos

Los zifios no son los únicos con adaptaciones extremas. Las focas, por ejemplo, tienen el doble de volumen sanguíneo que los humanos y una gran reserva de hemoglobina. Los cachalotes llegan aún más lejos: su sangre puede representar hasta un 20% de su peso corporal, lo que les permite almacenar enormes cantidades de oxígeno.

Además, muchos cetáceos poseen altos niveles de mioglobina en los músculos, una proteína que actúa como depósito de oxígeno durante las largas inmersiones. Estas reservas, sumadas a un metabolismo flexible, explican cómo especies marinas pueden sobrevivir en condiciones que destruirían rápidamente el tejido humano.

El mayor desafío de la hipoxia es el cerebro, extremadamente sensible a la falta de oxígeno. Por eso, la investigación actual se centra en la neuroglobina, una proteína que protege a las neuronas frente al daño oxidativo. En ballenas, la actividad genética de esta molécula es mucho mayor que en mamíferos terrestres, lo que explica parte de su resiliencia.

El equipo de Lars Folkow, de la Universidad Ártica de Noruega, estudia cómo estas adaptaciones neuronales permiten mantener la función cerebral intacta incluso tras inmersiones prolongadas. Los resultados preliminares refuerzan la idea de que los cetáceos han desarrollado estrategias evolutivas específicas para proteger el sistema nervioso en entornos extremos.

¿Qué puede aprender la medicina humana?

Las implicaciones médicas son enormes. Investigadores como Jason Somarelli trabajan en trasladar este conocimiento a tratamientos para enfermedades humanas. Si logramos imitar los mecanismos que utilizan las ballenas para controlar la inflamación o proteger el cerebro, podríamos diseñar fármacos capaces de reducir los daños en un accidente cerebrovascular o mejorar la respuesta del organismo frente al cáncer.

Aunque todavía se trata de un campo en desarrollo y los medicamentos inspirados en cetáceos son solo hipótesis, el potencial es prometedor. La longevidad, la resistencia al cáncer y la capacidad de reparar el ADN en especies como la ballena de Groenlandia también están atrayendo la atención de la comunidad científica.

El gran reto sigue siendo ético y técnico: obtener muestras vivas del cerebro de estos animales resulta prácticamente imposible. Sin embargo, cada avance confirma que el vínculo entre humanos y cetáceos va más allá de lo simbólico: su biología podría ser clave para salvar vidas humanas en el futuro.

[Fuente: Infobae]

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