Los océanos cubren más del 70% de la superficie terrestre, pero gran parte de su interior sigue siendo un enigma. Una forma clave de estudiarlos es mediante la clasificación en zonas según su profundidad. Esta división permite entender cómo cambia la vida marina y las condiciones ambientales conforme se desciende a lo más profundo del océano.
Epipelágica y mesopelágica: Las zonas bañadas por la luz

La zona epipelágica, también llamada piélago, es la más cercana a la superficie. Abarca desde los 0 hasta los 200 metros de profundidad. Allí la luz solar es abundante, lo que permite la fotosíntesis y favorece una enorme biodiversidad: peces, plancton, algas y mamíferos marinos prosperan en este ambiente.
Más abajo, entre los 200 y los 1.000 metros, se extiende la zona mesopelágica. La luz solar aún llega, pero con una intensidad tan débil que ya no permite la fotosíntesis. En este nivel comienza el reino del crepúsculo marino, donde los organismos deben adaptarse a la oscuridad creciente y a temperaturas más frías.
Batial, abisal y hadal: El reino de la oscuridad total

A partir de los 1.000 metros, la luz desaparece por completo. En la zona batial, que se extiende hasta los 4.000 metros, la presión es enorme y las temperaturas son bajas. Solo unas pocas especies, altamente especializadas, logran sobrevivir en estas condiciones extremas.
Entre los 4.000 y los 6.000 metros, se encuentra la zona abisal, una de las más vastas del planeta: representa el 70% del fondo oceánico. Aquí reina una oscuridad perpetua, la temperatura es cercana al punto de congelación, y los nutrientes escasean, lo que limita la presencia de vida.
Por debajo de los 6.000 metros, se accede a la zona hadal, el entorno más extremo del océano. Esta área incluye las fosas oceánicas, y es donde se encuentran las condiciones más duras del planeta. La presión aplastante y la oscuridad absoluta permiten la vida solo a organismos profundamente adaptados, muchos de ellos aún desconocidos para la ciencia.