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Ciencia

Las mascotas que amaban los bizantinos y la razón detrás de ello: del lujo de los loros a la ternura de los gatos

En Bizancio, los animales de compañía no solo eran parte del hogar: también reflejaban el estatus social, la espiritualidad y los afectos cotidianos. Desde perros mimados por nobles hasta monos exóticos, el Imperio tenía una relación especial con sus mascotas
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Aunque solemos asociar a las civilizaciones antiguas con guerras, emperadores y religiones, hay una dimensión más íntima y entrañable que también formaba parte del día a día: los animales de compañía. En el Imperio bizantino, las mascotas no solo cumplían funciones prácticas, también eran protagonistas del afecto, el arte y hasta del debate religioso.

Perros y gatos: más que ayudantes, miembros del hogar

Imperio Bizantino
© Historia Incomprendida – YouTube

Los perros fueron una de las mascotas más comunes en el Imperio bizantino. Ya no solo se valoraban por su habilidad para vigilar o cazar, sino también como compañía. Escritores del siglo XII como Teodoro Prodromos los describen como animales mimados, especialmente por las mujeres de clase alta. Su presencia en el arte bizantino, acompañando a sus dueños, demuestra su lugar emocional dentro del hogar.

Por su parte, los gatos también ganaron un lugar especial. Aunque su presencia se justificaba originalmente como controladores de plagas, terminaron siendo parte de la vida doméstica. En Constantinopla, y hasta en monasterios, eran comunes como compañeros tranquilos, queridos por monjes y laicos por igual.

Pájaros cantores, loros y hasta pavos reales: símbolos de belleza y estatus

Pavos Reales En El Imperio Bizantino
© Viktor Shimin – Unsplash

Las aves también tenían su lugar privilegiado. Los bizantinos apreciaban los cantos de ruiseñores, mirlos y jilgueros, habituales en hogares aristocráticos. Pero también había espacio para la extravagancia: loros traídos desde tierras lejanas adornaban los palacios con sus colores y su capacidad para imitar voces humanas.

Incluso el emperador Constantino VII se interesó por criar pavos reales ornamentales en los jardines imperiales. Estas aves no solo representaban el gusto por lo exótico, sino que también reflejaban un ideal de belleza y orden natural cultivado por la elite.

El amor por las mascotas no tenía límites claros: monos, ciervos e incluso cabras domesticadas formaban parte del paisaje doméstico de ciertos nobles. El filósofo Miguel Pselo mencionó a los monos como animales comunes en la corte, y los ciervos eran conservados por su elegancia y rareza en jardines privados.

La Iglesia, por su parte, tenía una relación ambigua con estos animales. Mientras algunos líderes religiosos criticaban el apego excesivo a las mascotas como forma de lujo mundano, otros textos muestran a animales acompañando a santos o participando en milagros, como el famoso león de san Gerásimo.

Un vínculo emocional que trasciende el tiempo

La sensibilidad bizantina hacia sus mascotas queda reflejada también en el arte y la literatura. Mosaicos y manuscritos iluminados muestran escenas domésticas con perros o gatos, mientras los textos revelan el cariño con que los dueños despedían a sus animales fallecidos.

Un epigrama antiguo, escrito tras la muerte de un pequeño perro, expresa una tristeza muy reconocible hoy: “Tú que te deslizabas bajo la mesa, tú que lamías las manos de tu ama, ¿dónde has ido ahora?”. Una frase que prueba que el amor por las mascotas es tan antiguo como universal.

[Fuente: Muy Interesante]

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