Estás enfermo, no tienes hambre y apenas puedes con una taza de té. Sin embargo, lo que ingieres —o no— podría marcar la diferencia en cómo y cuándo te recuperas. La ciencia nos ayuda a entender por qué perdemos el apetito durante una enfermedad y qué estrategias nutricionales pueden ayudarnos a fortalecer el sistema inmunitario sin forzar al cuerpo.
¿Por qué el cuerpo rechaza la comida cuando más la necesita?
Pese a que una nutrición equilibrada es clave para combatir infecciones, durante una gripe o un resfriado muchas personas pierden el apetito. Según expertos en nutrición y biología, esto no es casual: el sistema inmunitario consume grandes cantidades de energía al luchar contra los patógenos, y nuestro organismo prioriza la supervivencia frente al confort.

La pérdida de apetito puede tener raíces evolutivas. En épocas antiguas, buscar alimento enfermo significaba exponerse a depredadores o gastar energía valiosa. Este instinto ancestral podría seguir afectando nuestros impulsos alimenticios hoy. Además, los cambios fisiológicos durante la enfermedad alteran la forma en la que nuestro cuerpo usa la energía, recurriendo a grasas cuando falta glucosa.
Estudios en animales incluso han mostrado que, dependiendo del tipo de infección, comer o no puede suponer la diferencia entre mejorar o empeorar. Aunque no extrapolables directamente a humanos, estos hallazgos abren un campo fascinante sobre la relación entre hambre, inmunidad y supervivencia.
Alimentos que ayudan (y cómo tomarlos)
La sopa de pollo no es solo un remedio casero: su composición reúne proteínas, hidratos, minerales y electrolitos esenciales. Lo mismo ocurre con infusiones calientes, zumos naturales o batidos de frutas y verduras ricos en vitamina C, un antioxidante esencial para las células inmunitarias. La vitamina D, presente en pescado azul, setas o alimentos fortificados, también se asocia con una mejor respuesta inmunitaria.
Los expertos recomiendan comer en pequeñas cantidades y con frecuencia, priorizando combinaciones que incluyan proteínas, carbohidratos y frutas o verduras. El agua de coco, las bebidas con electrolitos y los smoothies pueden ser opciones ideales cuando cuesta masticar o tragar sólidos.
Además, suplementos como el zinc pueden ser útiles si se toman en las primeras 24 horas de síntomas, aunque siempre bajo supervisión médica para evitar efectos adversos por exceso.
Escucha a tu cuerpo: tu mejor guía nutricional

No existe una receta universal cuando se está enfermo. Algunos alimentos alivian síntomas —como los caldos calientes o los polos fríos—, mientras que otros, como los picantes, pueden ayudar o irritar dependiendo del caso. Incluso bebidas heladas pueden aliviar o empeorar la mucosidad, según el estado del paciente.
La clave está en prestar atención a lo que el cuerpo realmente pide. Anhelar ciertos sabores o texturas podría ser la forma que tiene nuestro organismo de indicar qué nutrientes necesita. Para los especialistas, esta sabiduría interna tiene base evolutiva: nuestros cuerpos han aprendido a seleccionar lo que más conviene, incluso cuando no somos plenamente conscientes de ello.
En definitiva, descansar, hidratarse y seguir los impulsos del cuerpo con sensatez puede ser la mejor fórmula para sanar. Como resumen, comer lo que apetece, cuando apetece —siempre que sea equilibrado—, no solo es válido, sino posiblemente la opción más inteligente.
Fuente: National Geographic.