A unos 450 años luz de la Tierra existe una estrella tan joven que todavía está rodeada por el enorme disco de gas y polvo del que nacerán sus planetas. Durante años, los astrónomos observaron un extraño hueco dentro de ese material y sospecharon que algo estaba limpiando el camino. Ahora saben qué era.
Un equipo internacional liderado por Andrea Bernardi, de la Universidad Diego Portales de Chile, ha confirmado Elias 2-24 b, el planeta más joven conocido hasta ahora. Tiene menos de un millón de años, todavía está acumulando material de su entorno y orbita completamente inmerso en el disco que rodea a su estrella. El trabajo se publicó en The Astrophysical Journal Letters.
La edad es lo que convierte al descubrimiento en algo excepcional. Los anteriores poseedores del récord (los planetas de PDS 70 y WISPIT 2) tienen más de cinco millones de años. Con Elias 2-24 b estamos viendo una etapa muchísimo más temprana del proceso.
Primero encontraron el agujero. El planeta apareció años después

La historia empezó mucho antes de que alguien pudiera ver directamente el planeta. Observaciones realizadas con ALMA habían revelado varios anillos y huecos en el disco de Elias 2-24. Uno de ellos se encuentra a unas 55 unidades astronómicas de la estrella, es decir, casi el doble de la distancia entre Neptuno y el Sol.
Esos huecos son importantes porque un planeta en formación puede barrer gas y polvo mientras orbita y acabar excavando un surco en el disco. La cuestión era demostrar que efectivamente había un planeta ahí dentro.
La pista apareció en observaciones realizadas con el instrumento NIRC2 del Observatorio Keck en 2018. Era una señal muy débil. Bernardi y su equipo regresaron posteriormente al archivo de Keck, recuperaron observaciones de 2018 y 2020 y siguieron el desplazamiento del objeto con el paso del tiempo. Su movimiento coincidía con el del sistema, descartando que se tratara simplemente de una estrella lejana situada casualmente en el fondo.
Los datos de Keck, ALMA y el Very Large Telescope terminaron encajando: el planeta estaba exactamente dentro del hueco que se esperaba que hubiese excavado.
Es un gigante que parece haberse formado demasiado rápido

El planeta pertenece a la categoría de los gigantes gaseosos. El análisis publicado estima, dependiendo de los modelos utilizados y sin incorporar todos los efectos de la acreción, una masa de aproximadamente 1,9 a 4 veces la de Júpiter. Y todavía está creciendo.
Eso plantea un problema interesante.
Uno de los principales mecanismos propuestos para fabricar gigantes como Júpiter es la acreción del núcleo: primero se forma un núcleo sólido y después este captura rápidamente enormes cantidades de gas. El proceso funciona bien en los modelos, pero producir un planeta gigante tan lejos de su estrella en menos de un millón de años obliga a revisar con qué rapidez pueden desarrollarse algunas de estas etapas.
Lucas Cieza, astrofísico argentino de la Universidad Diego Portales y coautor del nuevo trabajo, lo resumió señalando que incluso los mejores modelos actuales parecen estar dejando fuera procesos importantes.
Hay además una historia argentina detrás del descubrimiento
La participación argentina no empieza con el artículo de 2026. El astrónomo Santiago Orcajo, formado en la Universidad Nacional de La Plata, trabajó años antes sobre Elias 2-24 y sus estructuras. En 2017 figura entre los autores de un estudio con ALMA que describió tres huecos en el disco, incluido el situado aproximadamente a 52 unidades astronómicas.
Más recientemente, Orcajo continuó desarrollando simulaciones sobre la evolución de estos discos y la posible formación de planetas dentro de sus huecos. No figura entre los autores del artículo que confirma Elias 2-24 b en 2026, pero su trabajo pertenece a la cadena de investigaciones que precedió a la detección directa.
Elias 2-24 b importa precisamente por eso. La astronomía lleva años observando discos jóvenes llenos de anillos y huecos sin poder demostrar siempre qué los produce. Esta vez había un planeta justo donde las teorías decían que debía estar. Y es tan joven que los astrónomos todavía pueden observar cómo termina de convertirse en uno.