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Ciencia

Los astrónomos ponen una cifra al límite del cielo: no más de 100.000 satélites tenues. Las empresas ya planean llevar a órbita casi dos millones

Un estudio del Observatorio Europeo Austral advierte que las constelaciones de satélites previstas, con más de 1,7 millones de objetos propuestos, podrían tener consecuencias devastadoras para la astronomía terrestre. La recomendación es limitar la órbita baja a unos 100.000 satélites y exigir que sean lo bastante tenues como para no verse a simple vista.
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Durante siglos, el cielo nocturno tuvo una ventaja para la astronomía: era oscuro, relativamente estable y estaba fuera del alcance directo de la industria humana. Eso está cambiando muy rápido. La órbita baja terrestre, que durante décadas fue un espacio ocupado por unos pocos satélites, empieza a parecerse a una infraestructura comercial masiva donde conviven internet global, telecomunicaciones, vigilancia, centros de datos orbitales y hasta propuestas para reflejar luz solar durante la noche.

El problema es que todos esos objetos brillan.

Según un nuevo estudio del Observatorio Europeo Austral, ESO, las propuestas actuales para lanzar más de 1,7 millones de satélites podrían tener “consecuencias devastadoras para la astronomía”. La conclusión del trabajo, liderado por el astrónomo Olivier Hainaut, es directa: para preservar la capacidad de observación desde tierra, el número total de satélites actuales y futuros debería mantenerse por debajo de unos 100.000, y siempre que sean tan tenues que no puedan verse a simple vista desde un cielo oscuro.

No es solo una raya cruzando una foto

Cuando se habla de satélites y astronomía, la imagen mental suele ser sencilla: una línea brillante atravesando una fotografía del cielo. Eso ya es un problema, pero el estudio de ESO advierte que el impacto real es más amplio. Los satélites iluminados por el Sol pueden dejar estelas directas en las imágenes, contaminar exposiciones largas y aumentar el brillo de fondo del cielo, incluso cuando son demasiado débiles para que una persona los vea sin telescopio.

Hainaut simuló la posición, el movimiento y el brillo de constelaciones actuales y propuestas. En el caso de una megaconstelación de SpaceX, ESO calcula que imágenes de dos horas tomadas con el Very Large Telescope, en Paranal, podrían mostrar decenas de estelas, con pérdidas de campo de visión de hasta el 28%, incluso suponiendo satélites por debajo del umbral de visibilidad a simple vista.

El Observatorio Vera C. Rubin, en Chile, aparece como uno de los casos más sensibles. Su cámara de 3.200 megapíxeles fue diseñada para escanear enormes porciones del cielo una y otra vez, buscando asteroides, supernovas, materia oscura, energía oscura y cambios sutiles en millones de objetos. Pero ese mismo campo amplio lo vuelve especialmente vulnerable: si los satélites son algo más brillantes de lo previsto, muchas de sus imágenes podrían quedar inutilizables durante varias horas cada noche.

El proyecto de los espejos orbitales

Entre todas las propuestas estudiadas, una de las más llamativas es la de Reflect Orbital, una start-up estadounidense que plantea lanzar satélites muy grandes y reflectantes para proyectar luz solar durante la noche sobre zonas de la Tierra. Según ESO, la empresa quiere comenzar con un prototipo y llegar hasta 50.000 satélites hacia 2035.

El escenario es casi de ciencia ficción, pero las consecuencias serían muy concretas. ESO señala que, visto desde dentro de uno de esos haces de luz, el satélite emisor podría parecer cuatro veces más brillante que la Luna llena. Incluso sin apuntar directamente hacia un observador, cada satélite podría verse tan brillante como Venus. En una ciudad con contaminación lumínica, esos objetos podrían convertirse en las “estrellas” dominantes del cielo.

El estudio estima que una constelación completa de 50.000 satélites de este tipo podría aumentar el brillo general del cielo entre tres y cuatro veces. Ese punto es clave: no hablamos solo de trazos puntuales en una imagen, sino de un cielo de fondo más claro, peor para detectar galaxias lejanas, exoplanetas tenues o asteroides pequeños.

La cifra de 100.000 no es mágica, pero sí una alarma

Los astrónomos ponen una cifra al límite del cielo: no más de 100.000 satélites tenues. Las empresas ya planean llevar a órbita casi dos millones
© Kamphues, ESO/M. Kornmesser.

El límite propuesto por Hainaut no debe leerse como una frontera exacta, como si 99.999 satélites fueran seguros y 100.001 destruyeran la astronomía. El propio astrónomo aclara que preferiría 50.000. La idea es otra: alrededor de 100.000 satélites tenues, por debajo de magnitud visual 7, producirían pérdidas comparables a otros problemas técnicos normales, como fallos de equipamiento. Por encima de eso, el daño empezaría a convertirse en una limitación estructural.

La condición de “tenues” es tan importante como el número. Si algunos satélites son visibles a simple vista o especialmente brillantes, el total aceptable tendría que ser mucho menor. En instrumentos sensibles, un satélite brillante no solo deja una línea: puede saturar detectores, generar reflejos fantasma y contaminar una imagen entera.

Tampoco se salvan los telescopios espaciales

Una respuesta habitual es pensar que, si los satélites arruinan observaciones desde tierra, basta con mirar desde el espacio. Pero otro estudio publicado en Nature advierte que los telescopios espaciales en órbita baja tampoco están protegidos. Las estelas de satélites ya afectan imágenes en distintas longitudes de onda y, si las constelaciones propuestas se completan, el problema también crecería fuera de la atmósfera.

El trabajo estima que, en un escenario de constelaciones desplegadas, un tercio de las imágenes del Hubble podría estar contaminado por estelas, mientras que misiones como SPHEREx, ARRAKIHS o Xuntian podrían ver afectadas más del 92% de sus exposiciones por al menos una traza de satélite iluminado por el Sol. Es decir, la órbita baja no solo amenaza a los observatorios terrestres: también puede convertirse en un entorno difícil para otros telescopios.

La órbita baja ya no es un vacío

La discusión tiene una parte incómoda: los satélites también ofrecen servicios valiosos. Conectividad global, comunicaciones de emergencia, internet en zonas remotas, observación de la Tierra, navegación, monitoreo climático. El problema no es que existan satélites, sino la escala y la falta de límites claros.

ESO recuerda que SpaceX y Reflect Orbital han presentado solicitudes ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, la FCC, y que el estudio sirvió de base para las respuestas enviadas por ESO, la Royal Astronomical Society y la Unión Astronómica Internacional. Según Betty Kioko, de ESO, la FCC recibió más de 1.800 comentarios sobre Reflect Orbital y casi 1.500 sobre la propuesta de SpaceX.

La pregunta de fondo es quién decide cómo se transforma el cielo. Porque una constelación privada no afecta solo al país que la autoriza ni a los clientes que pagan por su servicio. Sus satélites cruzan el cielo de todos los observatorios, de todas las comunidades y de todas las culturas que aún conservan una relación con la noche.

El cielo como infraestructura compartida

Hainaut define la órbita baja como una especie de “orilla celeste”: un recurso con enorme valor para la vida moderna, pero también para el acceso de la humanidad al universo. Esa imagen funciona porque cambia el debate. No se trata de nostalgia por un cielo romántico, sino de gestión de un espacio común.

Si se llena sin reglas, la pérdida será difícil de revertir. Más satélites significan más estelas, más brillo de fondo, más lanzamientos, más reentradas atmosféricas y más presión sobre un entorno orbital ya congestionado. El estudio de ESO se centra en la astronomía óptica, pero el propio Hainaut pide que otros especialistas evalúen también los impactos ecológicos y atmosféricos.

Lo inquietante es que la astronomía no está pidiendo apagar el futuro ni renunciar a la conectividad global. Está pidiendo algo más básico: que el cielo nocturno no se industrialice más rápido de lo que somos capaces de regularlo. Porque si la órbita baja se llena primero y se regula después, puede que descubramos demasiado tarde que el universo seguía ahí, pero ya no podíamos verlo igual.

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