Cuando se habla de posibles epidemias, los murciélagos suelen aparecer como villanos recurrentes. Sin embargo, la ciencia empieza a dibujar un mapa mucho más preciso y menos simplista. Un reciente análisis global no apunta a una amenaza inminente ni a una especie concreta, sino a algo más sutil: patrones evolutivos, entornos alterados y encuentros cada vez más frecuentes entre humanos y fauna salvaje. Entender esa combinación podría marcar la diferencia entre prevención y sorpresa.
Un estudio que cambia la forma de mirar el riesgo
Durante años, la idea de que “los murciélagos transmiten virus” se ha repetido sin demasiados matices. El nuevo trabajo científico propone justo lo contrario: dejar de pensar en términos generales y empezar a observar con lupa. En lugar de señalar a todo un orden animal, los investigadores analizaron casi 900 especies de mamíferos y más de un centenar de virus conocidos para detectar qué combinaciones reúnen condiciones especialmente problemáticas.

El enfoque no se centró en un solo patógeno ni en un único brote histórico. El objetivo fue identificar qué virus han demostrado, a lo largo del tiempo, tres rasgos clave: capacidad de causar enfermedades graves, facilidad para transmitirse entre personas y potencial para provocar una elevada mortalidad. A ese conjunto de factores lo denominaron “potencial epidémico viral”.
Al colocar todos esos datos sobre el árbol evolutivo de los mamíferos, emergió un patrón llamativo. El riesgo no está repartido de forma homogénea. De hecho, el grupo de los murciélagos, en conjunto, no resulta especialmente más peligroso que otros. Lo que sí destaca es que ciertas ramas evolutivas concentran valores claramente más altos que el promedio.
Las familias que aparecen una y otra vez
El análisis señala a varios grupos concretos que, por su historia evolutiva y sus características biológicas, han estado asociados con virus de mayor potencial epidémico. Entre ellos aparecen los murciélagos de herradura y distintos linajes de murciélagos insectívoros ampliamente distribuidos por el planeta.
No se trata de especies raras ni confinadas a lugares remotos. Al contrario: muchos de estos murciélagos son comunes, habitan en numerosos países y, en algunos casos, se han adaptado a vivir cerca de construcciones humanas, cuevas artificiales o zonas agrícolas. Esa cercanía no implica peligro automático, pero sí aumenta las oportunidades de contacto indirecto.
Los científicos subrayan que los murciélagos destacan por su enorme diversidad viral y por una sorprendente tolerancia a infecciones que resultarían graves para otros mamíferos. Su sistema inmunitario, moldeado por millones de años de evolución y por las exigencias del vuelo, les permite convivir con virus sin mostrar síntomas severos. Pero esa capacidad no es idéntica en todas las familias ni en todos los linajes.
Donde la biología y la actividad humana se cruzan
Uno de los hallazgos más relevantes aparece al superponer la distribución de estos murciélagos con mapas de impacto humano. El riesgo no depende solo del animal o del virus, sino del contexto. Cuando especies con alto potencial viral coinciden con regiones intensamente transformadas por la actividad humana, el escenario cambia.
En ese cruce surgen zonas concretas del planeta donde la vigilancia cobra especial importancia: áreas de Centroamérica, tramos de la costa sudamericana, regiones de África ecuatorial y amplias zonas del sudeste asiático. Son lugares donde la deforestación, la expansión urbana o la agricultura intensiva han reducido las barreras entre la fauna salvaje y las personas.

El estudio insiste en que no hay que dramatizar ni buscar culpables fáciles. El riesgo real aumenta cuando alteramos ecosistemas estables, desplazamos a los animales de sus refugios o multiplicamos los puntos de contacto. Paradójicamente, perseguir o eliminar colonias de murciélagos puede empeorar la situación, al generar estrés y favorecer una mayor circulación viral.
Por qué este hallazgo importa más de lo que parece
Más allá del titular llamativo, la investigación propone un cambio práctico en la forma de prevenir futuras epidemias. En lugar de intentar vigilar todas las especies —una tarea imposible—, sugiere centrar los esfuerzos en grupos concretos y en regiones donde el contacto humano-animal es más intenso.
Este enfoque permite diseñar programas de vigilancia más eficientes y, al mismo tiempo, desmonta miedos simplistas. Los murciélagos cumplen funciones esenciales para los ecosistemas: controlan plagas, polinizan plantas y mantienen equilibrios agrícolas clave. Convertirlos en chivos expiatorios no solo es injusto, sino contraproducente.
La conclusión de los investigadores es clara: el factor decisivo no es el murciélago en sí, sino cómo y dónde interactuamos con él. Proteger hábitats, reducir la presión sobre los ecosistemas y aplicar una vigilancia inteligente resulta mucho más eficaz que señalar a un animal que, silenciosamente, sostiene buena parte del equilibrio natural.