Mentir no es simplemente decir algo falso: implica una maquinaria mental compleja que se activa con fines sociales, emocionales o incluso por pura supervivencia cotidiana. La neuropsicóloga Lucía Crivelli ofrece una mirada fascinante sobre por qué mentimos, qué ocurre en nuestro cerebro al hacerlo y cómo esta conducta, muchas veces criticada, puede estar profundamente arraigada en nuestro modo de convivir.
Por qué mentir no siempre es lo que parece
Según la doctora Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología en Adultos de Fleni, mentir no es solo un acto puntual de falsedad. Es, en muchos casos, un mecanismo de convivencia aceptado socialmente. Desde las llamadas “mentiras piadosas” hasta los engaños más elaborados, la mentira puede estar motivada por el deseo de evitar conflictos, proteger a los demás o simplemente suavizar la realidad.

Estudios recientes revelan que mentimos con mucha más frecuencia de lo que admitimos. En una conversación breve con un desconocido, pueden aparecer hasta tres mentiras sin que apenas lo notemos. Este fenómeno, lejos de ser un defecto aislado, parece formar parte de un contrato social tácito: el que miente y el que elige creer, ambos participan en un pacto de convivencia.
Crivelli también distingue entre error y mentira: cuando decimos algo incorrecto creyendo que es verdad, no estamos mintiendo, sino simplemente equivocados. La intención de engañar es la clave que define la mentira. En este sentido, el contexto cultural juega un papel esencial: lo que se considera mentir varía entre culturas y situaciones.
Lo que pasa en tu cerebro cuando decides mentir
Mentir no es sencillo desde el punto de vista cognitivo. Supone un esfuerzo mental significativo que activa diversas áreas del cerebro. Según Crivelli, implica crear una versión alternativa de la realidad, inhibir la verdad, regular el lenguaje verbal y no verbal, e incluso anticipar las emociones del interlocutor. Es un acto que requiere creatividad, autocontrol y empatía.
En la infancia, la capacidad de mentir surge como un logro del desarrollo: los niños comienzan a mentir entre los 2 y 3 años, lo que indica que ya reconocen que otras personas no saben todo lo que ellos saben. Se trata de un hito en la adquisición de la teoría de la mente.
Estudios neurológicos muestran que, al mentir, la amígdala —una zona del cerebro asociada a las emociones— se activa por el malestar que produce el engaño. Pero con el tiempo, si la mentira se repite, esta respuesta emocional disminuye. Es decir, nos volvemos más tolerantes al hecho de mentir, y se reduce la sensación de culpa.

Mentiras, convivencia y terapia: ¿se puede dejar de mentir?
La mentira no solo tiene un origen cerebral, sino también social. Crivelli afirma que no se puede vivir diciendo “toda la verdad y nada más que la verdad”, ya que la vida cotidiana exige seleccionar qué decimos y cómo lo decimos. A veces es por amabilidad, otras por miedo al conflicto o por inseguridad.
Es importante también distinguir entre mentir y ocultar. Aunque muchas veces se confunden, el ocultamiento responde a razones distintas y su valoración depende del contexto. Legal, moral o emocionalmente, no siempre se interpreta del mismo modo.
En casos de mentira compulsiva, la intervención terapéutica solo es efectiva si la persona desea realmente dejar de hacerlo. En consulta, se abordan los conflictos subyacentes, la inseguridad y el patrón aprendido que lleva a recurrir constantemente al engaño como estrategia relacional.
Como concluye Crivelli, la mentira es un acto cooperativo: necesita del otro para funcionar. En este delicado equilibrio entre lo que decimos y lo que callamos, se construyen los vínculos humanos, las relaciones sociales y hasta nuestras ideas sobre la verdad.
Fuente: Infobae.