Saltar al contenido

Mientras casi todo el mundo mira satélites, inteligencia artificial y chips, Estados Unidos está jugando otra partida mucho más silenciosa. La de los cables submarinos que sostienen internet

El impulso definitivo al cable Humboldt convierte a Chile en una pieza estratégica dentro del tablero digital del Pacífico. La infraestructura, respaldada por Google y el Estado chileno, no solo mejora la conectividad con Oceanía: también refuerza la competencia tecnológica con China en una de las capas más invisibles y decisivas del poder global.

Cuando pensamos en la infraestructura que sostiene internet, solemos imaginar satélites, centros de datos gigantes o servidores repartidos por medio planeta. Pero la realidad es bastante menos vistosa y mucho más física: casi todo lo que hacemos online viaja por cables tendidos en el fondo del mar. No es una metáfora. Es la columna vertebral real de la red.

Y por eso, cada vez que se activa una nueva ruta submarina de datos, no solo se está inaugurando una obra tecnológica. También se está moviendo una ficha de poder global.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el cable Humboldt, el proyecto que conectará Chile con Oceanía a través del Pacífico Sur y que, aunque a simple vista parezca una mejora de conectividad, en realidad se ha convertido en una pieza mucho más grande dentro de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. El proyecto, impulsado por Chile y Google, contempla un tendido de 14.800 kilómetros entre Valparaíso y Sídney, con paso por Polinesia Francesa, y fue formalizado con un acuerdo clave en junio de 2025. Google y el Estado chileno lanzaron además la sociedad conjunta Humboldt Connect para desarrollarlo y operarlo.

Lo importante no es solo el cable, sino lo que evita

Mientras casi todo el mundo mira satélites, inteligencia artificial y chips, Estados Unidos está jugando otra partida mucho más silenciosa. La de los cables submarinos que sostienen internet
© Getty Images / Ullstein Bild.

Durante años, buena parte del tráfico digital entre Sudamérica y Asia-Pacífico ha tenido que hacer un recorrido bastante poco eficiente. En vez de cruzar directamente el Pacífico Sur, muchos datos terminan viajando por rutas más largas que pasan por el norte, lo que añade latencia, dependencia de terceros y más puntos de vulnerabilidad. Humboldt cambia esa lógica.

La idea es crear la primera conexión submarina directa entre Sudamérica y Oceanía/Asia-Pacífico por el Pacífico Sur, reduciendo tiempos, mejorando redundancia y abriendo una nueva ruta estratégica para empresas, gobiernos, universidades, centros de datos y sectores industriales que dependen de comunicaciones estables de alta capacidad. Reuters informó que el cable fue concebido precisamente para mejorar la conectividad de Chile con Asia y Oceanía y reforzar su posición como hub digital regional. Y eso importa muchísimo más de lo que parece.

Porque cuando una economía depende de la nube, del comercio digital, de la minería automatizada, de la investigación científica o de servicios globales en tiempo real, la ruta por donde viajan tus datos deja de ser un detalle técnico y pasa a ser un asunto de soberanía.

Chile no solo gana conectividad: gana centralidad geopolítica

Mientras casi todo el mundo mira satélites, inteligencia artificial y chips, Estados Unidos está jugando otra partida mucho más silenciosa. La de los cables submarinos que sostienen internet
© Getty Images / Serg Myshkovsky.

Aquí hay otro punto clave que explica por qué este proyecto importa tanto. Humboldt no convierte simplemente a Chile en un país “mejor conectado”. Lo coloca en una posición mucho más interesante: la de puerta de entrada y salida de datos entre Sudamérica y el mundo Asia-Pacífico.

Eso significa atraer inversión, infraestructura asociada, operadores, empresas tecnológicas y, sobre todo, una nueva capa de relevancia internacional. No por casualidad, tanto el Gobierno chileno como Google han insistido en que el proyecto busca consolidar al país como hub digital del hemisferio sur. Además, el acuerdo contempla una estructura conjunta entre el Estado chileno y Google, con una inversión total que distintas estimaciones sitúan entre 300 y 550 millones de dólares, mientras Chile comprometió alrededor de 25 millones. La entrada en operación comercial se sigue proyectando, según las fuentes más consistentes, para 2027.

Y ahí es donde la historia deja de ser puramente tecnológica. Porque si controlas nodos, rutas y puntos de aterrizaje de datos, también controlas una parte de la arquitectura sobre la que funciona el poder digital contemporáneo.

Debajo de este proyecto hay una historia bastante más tensa: la pelea con China

Lo que convierte a Humboldt en una historia realmente potente no es solo lo que es, sino lo que desplaza.

Durante años, China también ha mostrado interés en impulsar una ruta transpacifica desde Chile, especialmente a través de propuestas vinculadas a empresas como China Mobile y otros actores del ecosistema digital chino. Una de las opciones que más ruido generó fue el llamado Chile-China Express, pensado para conectar Sudamérica con Hong Kong y reforzar la presencia china en una infraestructura crítica de comunicaciones. Pero el contexto político cambió.

Washington lleva tiempo observando con enorme sensibilidad cualquier infraestructura estratégica en América Latina que pueda quedar bajo influencia tecnológica china. Y los cables submarinos están entre las más delicadas, porque no son solo tubos de fibra óptica: son arterias de datos, comercio, comunicaciones empresariales, tráfico gubernamental y potencialmente información sensible.

En ese contexto, Humboldt se ha ido consolidando como la alternativa políticamente más alineada con el eje estadounidense. El País reportó en marzo de 2026 que el proyecto chino seguía sin aprobación formal, mientras el cable impulsado con Google ya estaba en curso y respaldado por la institucionalidad chilena. Dicho de forma menos diplomática: Chile terminó inclinando el tablero.

La guerra tecnológica no solo se libra en chips, IA o satélites. También se libra en silencio, en el fondo del mar

Mientras casi todo el mundo mira satélites, inteligencia artificial y chips, Estados Unidos está jugando otra partida mucho más silenciosa. La de los cables submarinos que sostienen internet
© Meta.

Hay una razón por la que este tema importa tanto a nivel global. Durante años, la conversación pública sobre tecnología se ha centrado en los elementos más visibles del poder digital: los semiconductores, la inteligencia artificial, la nube, los satélites, los smartphones o los centros de datos. Pero debajo de todo eso existe una capa mucho más silenciosa, mucho más física y probablemente mucho más decisiva: la infraestructura por donde viaja casi todo. Y esa infraestructura está siendo cada vez más geopolítica.

Cada cable nuevo no solo mejora velocidad o capacidad. También redistribuye influencia, dependencia y margen de maniobra. Define quién queda conectado con quién, por qué ruta, bajo qué operadores y con qué nivel de autonomía. Por eso el cable Humboldt no es simplemente una noticia de telecomunicaciones. Es una señal de hacia dónde se está desplazando la competencia global.

Lo que está en juego no es solo internet, sino quién controla sus venas

Quizá la mejor forma de entender este proyecto sea dejar de pensar en él como un “cable” y empezar a verlo como lo que realmente es: una nueva arteria del sistema digital mundial.

Una que conectará continentes, sí. Pero también intereses económicos, ambiciones estratégicas y una región (Sudamérica) que durante mucho tiempo estuvo más en la periferia del mapa digital que en su centro. Ahora eso empieza a cambiar.

Y el hecho de que esta nueva ruta llegue de la mano de Google, con respaldo político y en medio de una disputa soterrada con China, deja bastante claro que el futuro del poder tecnológico no solo se decidirá en laboratorios, centros de datos o despachos de Silicon Valley. También se va a decidir bajo miles de kilómetros de agua salada, en cables que casi nadie ve pero de los que depende casi todo.

También te puede interesar