La historia del lenguaje escrito suele empezar en Mesopotamia, con las primeras tablillas protocuneiformes. Pero un nuevo análisis estadístico de objetos del Paleolítico europeo sugiere que el impulso de codificar información en secuencias de signos apareció decenas de miles de años antes. No se trata de escritura en sentido estricto, pero sí de algo que se le parece más de lo que pensábamos.
Un equipo encabezado por la Universidad del Sarre analizó más de 3.000 marcas geométricas en 260 objetos asociados a la cultura auriñaciense, fechados entre 43.000 y 34.000 años. Las marcas aparecen en herramientas, placas de marfil, figurillas y huesos: muescas repetidas, puntos, cruces, secuencias ordenadas cuyo significado se nos escapa. El objetivo no era descifrar “qué decían”, sino entender cómo funcionaban como sistema.
No era escritura, pero tampoco simple decoración

La clave del estudio, publicado en PNAS, no está en atribuir significados simbólicos concretos, sino en medir propiedades estadísticas: frecuencia de signos, repetición, previsibilidad del siguiente símbolo y entropía (una medida de densidad de información). En términos simples, los investigadores querían saber si esas secuencias se comportan como un sistema organizado o como marcas aleatorias sin estructura.
Este resultado es incómodo para nuestras cronologías clásicas: las secuencias paleolíticas muestran patrones de repetición y previsibilidad que, en términos de densidad informativa, son comparables a los primeros sistemas protocuneiformes que aparecerían unos 40.000 años después. No es que los humanos del Paleolítico “escribieran”, sino que ya habían desarrollado un lenguaje gráfico rudimentario con reglas implícitas.
La huella estadística de un pensamiento simbólico

El equipo digitalizó todas las secuencias en una base de datos para comparar su “huella estadística” con la de sistemas posteriores. La alta tasa de repetición y la estructura de las secuencias indican que no estamos ante simples marcas rituales hechas al azar. Hay intención, orden y probablemente uso práctico: registrar algo, transmitir información dentro del grupo o reforzar memoria colectiva.
Este enfoque cambia la conversación: no hace falta conocer el significado para reconocer un sistema. Del mismo modo que podemos analizar la estructura de un lenguaje desconocido, aquí podemos inferir que existía una gramática mínima de signos mucho antes de que aparecieran las primeras escrituras.
Lo que esto dice sobre la mente humana
El hallazgo sugiere que los humanos del Paleolítico tenían capacidades cognitivas muy cercanas a las nuestras en lo esencial: externalizar información, fijarla en objetos duraderos y compartirla dentro de comunidades. En un contexto de cazadores-recolectores, eso pudo ser crucial para coordinar grupos, transmitir conocimientos prácticos o marcar identidades.
La escritura no habría surgido de la nada en Mesopotamia, sino como una especialización tardía dentro de una larga historia de sistemas simbólicos previos. Lo que hoy llamamos “escritura” sería el último eslabón de una cadena mucho más antigua: la necesidad humana de dejar huella, ordenar el mundo en signos y convertir la experiencia en memoria material.