En los rincones más remotos de la actual Portugal, una serie de huellas fosilizadas ha reescrito parte del pasado humano. Estas marcas, grabadas en la arena hace unos 80.000 años, ofrecen una ventana directa a la vida cotidiana de los neandertales. Lo más llamativo es que no solo los adultos participaban activamente de la caza, sino que también lo hacían los más pequeños del grupo. ¿Qué nos dicen estas huellas sobre la estructura social y los métodos de supervivencia de nuestros antiguos parientes?
Un descubrimiento que desafía la imagen tradicional del neandertal

En Praia do Telheiro, una de las playas más salvajes del Algarve, investigadores hallaron una huella solitaria que data de hace unos 82.000 años. Se cree que perteneció a un adolescente o a una joven mujer. Pero no fue un hallazgo aislado: a poca distancia, en Monte Clérigo, encontraron un conjunto más amplio de marcas en la arena que pertenecen a tres individuos —entre ellos un hombre adulto, un niño de entre 7 y 9 años, y un bebé que no había cumplido los dos años.
Los análisis realizados por científicos de la Universidad de Lisboa, y publicados en la revista Scientific Reports, indican que estas huellas fueron impresas en dunas costeras de un terreno irregular. Los investigadores sugieren que la familia neandertal utilizó el entorno arenoso con un propósito muy concreto: acechar a sus presas.
Estas marcas son de especial valor, ya que datan de una época en la que no había presencia de otros homínidos en el suroeste de Europa. El hallazgo, por tanto, no solo revela comportamientos sociales complejos, sino también una organización comunitaria que incluía a individuos de todas las edades.

Dunas como escenarios de caza y aprendizaje temprano
El paisaje de dunas, con su vegetación dispersa y su geografía accidentada, era ideal para la caza por emboscada. Según los arqueólogos, la presencia de ciervos rojos en la zona —animales que tienden a saltar al mar al sentirse amenazados— ofrecía una ventaja estratégica para los neandertales. Las huellas de estos animales también fueron encontradas en el área, lo que refuerza la hipótesis de que las dunas eran puntos clave de cacería.
Pero lo más impactante es la presencia de huellas de un bebé, lo cual lleva a los expertos a pensar que los pequeños no solo acompañaban a los adultos, sino que desde una edad temprana comenzaban a aprender los rituales y técnicas de supervivencia del grupo. Este dato rompe con la imagen pasiva que muchas veces se tiene de la infancia en sociedades antiguas.
El hallazgo sugiere que los campamentos neandertales estaban muy cerca de estos puntos costeros. Así, las salidas para cazar no eran solo tareas de adultos, sino actividades familiares que también implicaban enseñanza y socialización.
Dieta variada y adaptación al entorno
La evidencia hallada en otros yacimientos ibéricos, como el de Matalascañas en Huelva, confirma que los neandertales contaban con una dieta rica en grandes herbívoros como ciervos, uros y caballos. Estos últimos eran especialmente relevantes: sus restos aparecen en la mayoría de los asentamientos estudiados hasta el momento. Sin embargo, también se han identificado restos de otros animales menos comunes como puercoespines o hipopótamos.

Además de la caza terrestre, los neandertales se alimentaban de recursos marinos como mariscos y peces. Esto muestra una capacidad notable para adaptarse al entorno y aprovechar todas las fuentes de alimento disponibles, lo que sugiere una estrategia de supervivencia más compleja y flexible de lo que se había asumido.
Los expertos también destacan que muchas de las evidencias costeras quedaron sumergidas con el aumento del nivel del mar tras la última glaciación. Por eso, encontrar huellas tan bien conservadas en zonas expuestas como Monte Clérigo o Telheiro es un acontecimiento poco común y de gran valor arqueológico.
Un testimonio silencioso de hace 80.000 años
Este conjunto de huellas no solo ofrece información sobre cómo cazaban los neandertales, sino también sobre cómo vivían, enseñaban y compartían el espacio familiar. Lejos de la imagen del cazador solitario, estos rastros nos hablan de una comunidad organizada que aprovechaba el conocimiento del terreno y donde incluso los más pequeños tenían un rol, al menos observador, en las actividades diarias.
Las arenas del Algarve han guardado durante milenios los pasos de una familia que, sin saberlo, dejó una historia grabada bajo sus pies. Una historia que hoy comienza a ser contada desde una duna.