La natalidad cae en picado en buena parte del mundo, especialmente en países desarrollados. A la vez, el número de hogares con perros aumenta sin parar. ¿Existe una conexión entre ambas tendencias? ¿Están los perros ocupando el lugar que antes tenían los hijos? Un estudio reciente se propuso investigar esta cuestión y lo que halló revela una transformación profunda en la forma en que damos y recibimos afecto.
El fenómeno de la baja natalidad en el mundo

Los datos no mienten: cada vez nacen menos niños. Mientras la media mundial se sitúa en unos 2,2 hijos por mujer fértil, en España apenas se alcanza el 1,2. Italia, Polonia o Corea del Sur muestran cifras similares. ¿Qué hay detrás de este declive? El informe destaca dos causas principales: las dificultades económicas y laborales, y el pesimismo ante el futuro del planeta. Sueldos precarios, largas jornadas de trabajo y un entorno global marcado por el cambio climático y los conflictos llevan a muchas personas a cuestionarse si realmente es buena idea tener hijos.
Los perros ganan terreno en los hogares
En paralelo, las mascotas —en especial los perros— se integran cada vez más en la vida familiar. Aunque criar a un perro también conlleva un coste económico, es considerablemente menor: unos 18.000 euros a lo largo de su vida, frente a los más de 300.000 que cuesta un hijo. Además, el compromiso emocional y vital es diferente. Los perros no exigen la misma entrega ni implican las mismas preocupaciones sobre el futuro.

¿Sustituyen los perros a los hijos?
El estudio realizado por dos etólogas de la Universidad Eötvös Loránd (Hungría) aclara que la mayoría de las personas no ve a sus perros como sustitutos de hijos, aunque sí como receptores de un afecto muy profundo. El término «perrhijo» puede resultar útil para describir un vínculo afectivo fuerte, pero no implica necesariamente que quienes lo usan deseen haber tenido hijos en su lugar.
Una nueva forma de relacionarnos
El papel de los perros ha cambiado con los años: de guardianes o ayudantes a compañeros emocionales. Y aunque muchas familias conviven con niños y perros, para quienes eligen no tener hijos, compartir la vida con un perro no es un reemplazo, sino una decisión basada en otro tipo de vínculo. El amor hacia un perro no compite con el que se tiene a un hijo; simplemente se sitúa en otra esfera de la vida emocional.
Fuente: Hipertextual.