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Ciencia

Por qué caemos en la trampa: lo que tu cerebro no te cuenta sobre la desinformación

Aunque creamos tener pensamiento crítico, ciertos mensajes pueden activar en nosotros impulsos profundos y emocionales difíciles de controlar. Un nuevo estudio revela cómo la desinformación penetra en nuestra mente, qué papel juega nuestra ideología y por qué compartir noticias falsas va mucho más allá de la ignorancia.
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En un mundo hiperinformado, la desinformación sigue ganando terreno. No solo altera elecciones o pone en jaque la salud pública, sino que también activa mecanismos mentales que nos llevan a difundirla sin darnos cuenta. La neurociencia empieza a dar respuestas: nuestras creencias, emociones y vínculos sociales podrían estar más implicados de lo que imaginamos.


Cómo nuestro cerebro cae en la trampa

La desinformación no se propaga solo por falta de conocimiento. En realidad, muchas veces compartimos noticias falsas porque encajan con nuestra visión del mundo. Existen dos teorías principales para explicar este fenómeno. La primera defiende que simplemente no evaluamos bien la veracidad de lo que leemos: nos falta atención, motivación o herramientas críticas. La segunda va más allá y señala que solemos creernos (y compartir) aquello que reafirma nuestras ideas, especialmente si refuerza nuestra pertenencia a un grupo.

Por qué caemos en la trampa: lo que tu cerebro no te cuenta sobre la desinformación
© GingerMarie12 – Pexels

Para investigar cuál de estas teorías refleja mejor nuestro comportamiento, un grupo de investigadores analizó cómo responden distintos votantes ante mensajes falsos que tocan temas identitarios como la inmigración, la unidad nacional o los derechos de las mujeres. El objetivo: averiguar si estamos dispuestos a difundirlos y qué ocurre en nuestro cerebro cuando tomamos esa decisión.


Ideología, emociones y decisiones compartidas

En el estudio participaron votantes de extrema derecha y centro-derecha en España y Estados Unidos. Se les mostraron publicaciones falsas de líderes políticos en redes sociales. Los resultados fueron claros: cuando un mensaje apelaba a valores identitarios del grupo, aumentaba notablemente la probabilidad de que fuera compartido. Esta tendencia se observó incluso en personas con alta capacidad de análisis, lo que indica que, frente a ciertos temas sensibles, la racionalidad puede quedar en segundo plano.

Además, los votantes más identificados con figuras como Donald Trump o con discursos polarizados eran los más propensos a difundir estos mensajes. Pero ¿qué pasa dentro del cerebro en esos momentos?


La neurociencia detrás del clic

Un segundo experimento con imágenes por resonancia magnética reveló que al leer mensajes falsos sobre temas sensibles, los circuitos cerebrales relacionados con la vida social y la identificación grupal se activaban con intensidad. Especialmente, las áreas que nos ayudan a entender lo que otros piensan, sentir empatía o adaptarnos a normas sociales.

Por qué caemos en la trampa: lo que tu cerebro no te cuenta sobre la desinformación
© memyselfaneye – Pexels

Cuando la publicación apelaba a valores identitarios, esa actividad se intensificaba, lo que indica que no solo procesamos el contenido: también evaluamos cómo será percibido por los demás. Compartir una publicación se convierte entonces en un gesto de lealtad al grupo.


Lo que realmente nos impulsa a compartir

Este estudio sugiere que no basta con enseñar a pensar críticamente. Las campañas contra la desinformación deben tener en cuenta los vínculos emocionales y sociales que nos empujan a compartir ciertas ideas. Al fin y al cabo, al reenviar una publicación no solo informamos: también mostramos quiénes somos, de qué lado estamos y a qué grupo pertenecemos.

Las soluciones al problema de la desinformación requieren, por tanto, un enfoque más profundo que conecte con las motivaciones humanas más básicas. La lucha contra las noticias falsas no se libra solo con datos: también se gana comprendiendo nuestras emociones.

Fuente: TheConversation.

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