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Ilustración: Benjamin Currie (Gizmodo)
Ilustración: Benjamin Currie (Gizmodo)

Durante años has volado sin ningún problema: sin ejercicios de respiración, sin pastillas, pero de repente no puedes subir a un avión sin imaginar una catástrofe. Nadie que conoces ha muerto hace poco en un accidente, y sin embargo, de repente, te has convertido en el tipo de persona al que le da miedo volar.

O tal vez no tenga que ver con los aviones. Quizás sean los pit bulls, un payaso o un montón de agujeros muy pequeños. Sea lo que sea, parece algo inexplicable: no hay ninguna razón aparente, pero algo que antes de daba igual ahora hace que entres en pánico. Por eso hemos hablado con varios psicólogos para llegar al fondo de este fenómeno: cómo y por qué desarrollamos miedos durante nuestra edad adulta.

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Tom Bunn

Terapeuta, piloto de una compañía aérea y autor de SOAR, un programa para ayudar a las personas a vencer su miedo a volar

La fobia es algo comprensible después de que una persona haya tenido un encuentro traumático con algo. Sin embargo, resulta desconcertante cuando comienza una sin ninguna razón aparente. Pero ese inexplicable comienzo es algo sorprendentemente común. Por lo menos, la mitad de mis clientes volaban en su día con poca o ninguna dificultad. Entonces, sin razón aparente, cuando estaban a punto de embarcar a un vuelo, no fueron capaces de hacerlo. La edad promedio de este tipo de comportamiento es de veintisiete años.

Este tipo de fobia se desarrolla cuando maduramos y nos damos cuenta de que algo podría acabar con nuestra vida. Las fobias también pueden comenzar cuando uno se convierte en padre y comienza a preocuparse por lo que le ocurriría a su hijo si algo le sucediera a él o ella. Una mayor conciencia de lo vulnerables que somos supone un problema. ¿Con qué debemos tener cuidado? La lista es interminable, por lo que no podemos estar seguros de lo que tenemos que evitar.

Algunos de nosotros tratamos de evitarlo todo. En lo que llamamos agorafobia, la persona se esconde en algún lugar, tal vez en una sola habitación, para sentirse segura. Pero la mayoría de nosotros recurrimos al control. Para evitar que algo nos atrape, tratamos de controlarlo todo. Pero como no podemos controlarlo todo, necesitamos un seguro. Nuestro plan B es escapar. Dado que nuestra capacidad de controlar las cosas no es absoluta, necesitamos la capacidad de escapar para que pueda ser exactamente eso: absoluta.

Una vez que hemos determinado que nuestra vida puede depender de si escapamos o no, podemos entrar en pánico cuando esa vía de escape no está disponible. Esto puede tener que ver con ascensores, puentes, túneles, vagones de metro, lugares altos, un asiento en el medio del cine, la silla del dentista o, por supuesto, un avión.

La mayoría de nosotros tenemos una forma más sana de controlar los sentimientos: una especie de programa mental que activa nuestro sistema nervioso parasimpático, encargado de calmarnos. Cuando ocurre algo impactante, aunque sentimos una sensación de alarma, dura solo una fracción de segundo antes de que se regule automáticamente y sintamos curiosidad sobre lo que está sucediendo. Esta forma de automática de calmarnos es necesaria para determinar si debemos hacer algo y el qué (es lo que se llama función ejecutiva del cerebro).

Una persona que no ha desarrollado este sistema de alerta automático permanecerá en estado de alarma hasta que las hormonas del estrés que causan esa sensación se disipen. Dado que la función ejecutiva no puede funcionar cuando estamos en estado de alarma, la persona afectada no puede averiguar qué está sucediendo o qué puede hacer al respecto. Este colapso de la función ejecutiva lleva a la persona a su peor pesadilla. Se congelan. No pueden actuar. Eso significa que no hay control ni escapatoria, y el resultado es el pánico.


Debra Hope

Profesora y psicóloga, cuyo trabajo se centra en la evaluación y el tratamiento de los trastornos de ansiedad, entre otras cosas.

Es relativamente raro que los miedos se desarrollen de la nada cuando nuestra vida está más avanzada. A menudo, las personas siempre han tenido un miedo a volar que podían manejar y que de repente empeora mucho, por varias razones. Cuando realmente te pones a preguntar, descubres que no es algo tan inesperado.

Una de estas razones es el estrés y la ansiedad en general: pueden estar preocupados por el trabajo, su relación o por un familiar enfermo. O podría ser un factor de estrés positivo, como casarse o una mudanza. Cuando tienes un nivel elevado de estrés y entras en una situación en la que quizás no te veas demasiado a menudo, tendrás una mentalidad ligeramente diferente. Estarás en busca de miedos, de peligro.

A veces, estas cosas también suceden cuando la vida de una persona cambia de manera que sienten que tienen algo que perder, sobre todo cuando alguien se convierte en padre. Piensa: oh Dios mío, ¿qué pasará con mis hijos si el avión se estrella?

Los miedos a volar, a las alturas o a conducir pueden surgir más adelante en la vida, al igual que la ansiedad social. A lo largo de los años, he visto a varias personas en tratamiento que han estado siempre bien socialmente, luego su pareja murió o se divorció, y ahora de repente tienen que pasar más tiempo solos en el mundo. Así que, a veces un cambio en las circunstancias vitales puede provocar algo así.

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Seth J. Gillihan

Profesor, psicólogo y autor de The CBT Deck.

He tratado a muchas personas cuyo miedo se desarrolló más adelante en la vida, incluido el miedo a volar. No es raro que ocurra con padres primerizos (sobre todo con las madres), que de repente sienten todo el peso de las implicaciones que tendría si su vuelo acabase en tragedia. Si viajan solos, les aterra dejar a su bebé sin un padre; si están con su hijo, temen por su seguridad. El miedo está íntimamente ligado a nuestra conexión con los demás. Cuando esas conexiones se ven amenazadas, a menudo experimentamos reacciones de miedo intensas.

Los cambios hormonales que tienen lugar más adelante en la vida también pueden precipitar nuevos temores de varios tipos, incluido un trastorno obsesivo compulsivo. El estrógeno, en concreto, está relacionado con cómo nos calmamos cuando tenemos miedo; a medida que los niveles de estrógeno disminuyen, nuestro nivel de miedo puede aumentar. He tratado a personas que desarrollaron claustrofobia, acrofobia (miedo a las alturas) y diversos TOC durante la mitad de su vida, sin ningún desencadenante aparente que no sea el haber cumplido años.

Por último, algunos miedos pueden desarrollarse más tarde cuando comenzamos a ser más conscientes de nuestra propia mortalidad. Lo que parecía un potencial infinito cuando alguien era más joven comienza a parecer algo bastante limitado gradualmente, ya que se empiezan a reconocer los límites de lo que vamos a experimentar y lograr en esta vida. Esa especie de amenaza existencial puede provocar temores más concretos, que podrían ser una forma de proteger a una persona de la verdadera fuente de terror (su propia mortalidad).

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Graham C.L. Davey

Profesor emérito y psicólogo.

El miedo a volar no es el miedo obvio que podrías imaginarte. Rara vez se asocia con un miedo a las alturas, pero tiene vínculos significativos con un problema de ansiedad conocido como trastorno de pánico. El trastorno de pánico ocurre cuando las personas comienzan a experimentar ataques de pánico regulares e incontrolables, y a menudo es el miedo a sufrir un ataque de pánico lo que lleva al miedo a volar.

La razón de esto es que cuando alguien experimenta un ataque de pánico, le gusta poder escapar de inmediato a un “lugar seguro” (como su casa) para no sentirse avergonzado de sufrir un ataque de pánico en público o así poder salvarse a sí mismo de las consecuencias físicas del ataque (muchas personas que experimentan un ataque de pánico piensan que van a tener un ataque cardíaco o que pueden desmayarse o vomitar, aunque esto en realidad casi nunca llega a suceder). El problema de estar en un avión que está a miles de metros en el aire es que no hay escapatoria para la persona que teme sufrir un ataque de pánico, y es más el miedo a los espacios cerrados que el miedo a las alturas lo que genera ansiedad.

Los periodos de estrés durante la vida de una persona a menudo dan lugar a ataques de pánico y, en algunos casos, a un trastorno de pánico prolongado, por lo que es muy probable que si vuelas mientras sufres estrés puedes desencadenar una fobia a volar por miedo a las sensaciones corporales que acompañan al ataque de pánico. No es necesario tener un ataque de pánico en un avión para contraer una fobia a volar, pero la sola idea de tener uno puede ser suficiente para que quieras evitar volar en un futuro”.

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