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Por qué hay cientos de flechas de cemento escondidas por toda la geografía de Estados Unidos

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Imagen: Google Maps (vía Half as Interesting)

Como si todo el país fuera un mapa del tesoro, Estados Unidos está marcado de este a oeste por una serie de flechas de hormigón que apuntan siempre a California. Pero no hay ningún cofre al final del camino. Estas enormes flechas fueron construidas en los albores de la aviación como parte de un sistema de faros que indicaba la ruta aérea entre Nueva York y San Francisco.

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Para entenderlo, hay que ponerlo en perspectiva. Eran los años 20 y el Servicio Postal de Estados Unidos acababa de abrir sus primeras rutas de correo aéreo. La gente no lo entendía. Los aviones eran más rápidos que los trenes, pero los trenes podían circular de noche y no ponían en serio peligro la vida del maquinista cuando viajaba de noche. Con el correo aéreo, los aterrizajes de emergencia se volvieron inquietantemente comunes y uno de cada diez pilotos acabó falleciendo.

Para solucionarlo, se impuso un sistema híbrido. En 1922, una carta enviada de una punta a otra del país viajaba en avión durante el día y en tren durante la noche. De esta forma, el envío más rápido entre Nueva York y San Francisco tardaba 79 horas en llegar a destino, un tiempo poco competitivo frente al tren, que lo hacía en 108 y sin imprevistos.

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“El correo aéreo es una moda impráctica que no tiene cabida en el trabajo serio del transporte postal”, llegó a decir el coronel Paul Henderson, subdirector adjunto del Servicio Postal de Estados Unidos. Fue entonces cuando el presidente Warren G. Harding amenazó con cortar los fondos del programa y condenar al correo a viajar por tierra.

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Pero no ocurrió. Llegó el año 1923 y el Congreso aprobó la construcción de una gigantesca “autopista de luces”: una serie flechas y balizas de gas que se alinearían sobre el terreno para guiar a los pilotos que viajaran de noche. Las flechas se pintarían de amarillo brillante y las balizas se instalarían en una torre de 15 metros elevada sobre la cola de cada flecha. En un cobertizo cercano, se almacenaría el gas que alimentaría la luz de las balizas.

Para el verano de 1924, ya había faros de este tipo entre Cleveland, Ohio, y Rock Springs, Wyoming. En 1926, el alcalde de Los Ángeles envió al alcalde de Nueva York una carta ridículamente grande para demostrar que esta podía cruzar el país en solo 30 horas gracias al nuevo sistema de aerovía iluminada. En 1929, 1550 torres y flechas guiaban el camino entre Nueva York y San Francisco, completando una ruta de 4231 kilómetros. El sistema fue tan exitoso que el gobierno llegó a pensar en una versión a escala planetaria que cruzaría el Atlántico y el Pacífico en plataformas flotantes.

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Tenía sentido porque la telefonía de larga distancia era costosa y mandar una carta seguía siendo la forma más económica de transmitir un mensaje. Pero dejó de tenerlo cuando los aviones se hicieron más grandes y seguros, y se desarrollaron nuevos sistemas de navegación. Para colmo, la red de faros no era precisamente barata: ya en 1928, la revista Popular Aviation expuso que el mantenimiento de todas las torres costaba al contribuyente un total de 170.500 dólares al mes ($2.500.000, si ajustamos a la inflación).

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Finalmente, las torres fueron eliminadas durante la Segunda Guerra Mundial para evitar que los bombarderos enemigos las usaran como guía. Hoy los aviones de transporte navegan mediante GPS y el servicio aéreo apenas se usa para enviar cartas, pero todavía quedan las enormes flechas de cemento en Nebraska, Utah o Nevada como un vestigio de ese pasado torpe de la aviación.

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[Half as Interesting, Paleofuture]

Matías tiene dos grandes pasiones: Internet y el dulce de leche

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