Las anguilas del género Anguilla —17 especies casi idénticas a simple vista— protagonizan una de las migraciones más extraordinarias del planeta. Nacen en el mar, viajan a ríos y humedales durante años para crecer y, ya maduras, regresan miles de kilómetros hasta su lugar de origen para reproducirse y morir. Entre ellas, la anguila europea realiza un viaje monumental desde los ríos del continente hasta el misterioso mar de los Sargazos, un trayecto que aún guarda secretos científicos.
Pero detrás de esa hazaña natural se esconde un drama: la mayoría de las especies se encuentran en un estado crítico. La explotación comercial, sumada a la pérdida de hábitats, la contaminación, las especies invasoras y el cambio climático, ha generado un declive drástico en sus poblaciones. La anguila europea está catalogada como En Peligro Crítico, una categoría más grave que la de especies emblemáticas como el panda o el lince ibérico. La japonesa, la americana y la de aleta larga de Nueva Zelanda también figuran como En Peligro.
Protección bloqueada: la oportunidad que se dejó escapar
La Convención CITES —tratado global que regula el comercio de fauna y flora amenazada— solo incluye actualmente a la anguila europea en su Apéndice II, condición que limita pero no prohíbe el comercio. En noviembre, la Unión Europea y Honduras propusieron extender esta categoría a todas las especies del género Anguilla. Sin embargo, más del 75% de los países votó en contra.

La decisión supone un duro golpe para la conservación. Incluso una propuesta más ambiciosa estuvo sobre la mesa: incluir a la anguila europea en el Apéndice I, lo que habría implicado la prohibición casi total de su comercio. Pero la presión del sector económico pesó más que la evidencia científica. Organizaciones como Sustainable Eel Group, vinculadas comercialmente al negocio de la anguila, argumentaron que una protección total haría inviable la explotación.
Paradójicamente, eso es precisamente lo que muchos investigadores consideran necesario para evitar su extinción.
Un recurso en declive que seguimos consumiendo
La demanda global —alimentada en buena medida por la gastronomía de lujo— convierte a la anguila en producto costoso y codiciado. Su rareza se vuelve marca de estatus, y mientras más disminuye la población, mayor es su valor comercial. El resultado es un círculo perverso: cuanto peor están las anguilas, más se venden.
La protección es compleja. Estas especies migran entre mares y ríos, cruzan fronteras y dependen de ecosistemas sanos en cada etapa de su vida. Una sola barrera —una presa, una contaminación localizada, un puerto pesquero— puede truncar generaciones enteras. Y mientras algunos países avanzan hacia regulaciones parciales, otros siguen pescando sin restricciones.
¿La solución? Dejar de comerlas
Los científicos coinciden en que la evidencia disponible basta para detener la explotación comercial de anguilas. Una moratoria temporal permitiría dar respiro a las poblaciones, especialmente a las más amenazadas. Incluirlas en los Apéndices I y II de CITES, según su nivel de riesgo, también dificultaría el tráfico ilegal y la substitución fraudulenta entre especies.
Hace más de 35 años, el Instituto del Frío (@CSIC) fue pionero en el desarrollo del sucedáneo de la angula (gulas) a partir de surimi, protegido por dos patentes. Posteriormente, se siguió innovando con nuevas patentes para análogos de chanquetes y anchoas pic.twitter.com/RvsdKRyGUd
— ICTAN-CSIC (@ICTAN) December 4, 2025
Pero el avance político es lento, y mientras se discute en salas diplomáticas, las anguilas desaparecen de ríos, costas y del océano al que siempre vuelven para morir.
Un espejo incómodo para el futuro
La incapacidad global para actuar frente a un caso tan evidente deja una pregunta inquietante:
Si no somos capaces de proteger a las anguilas —un problema conocido, medible y con soluciones claras—, ¿qué ocurrirá frente a desafíos mucho mayores como la crisis climática?
La historia de la anguila es un recordatorio urgente de que conservar una especie no es solo cuestión de conocimiento científico, sino de voluntad política y responsabilidad social. Porque mientras el mundo debate, el tiempo del océano sigue corriendo.
Fuente: TheConversation.