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Ciencia

Siempre hemos dado por hecho que reproducirse es parte esencial de la vida. Pero un nuevo estudio global sugiere justo lo contrario: no hacerlo podría alargar la esperanza de vida en cientos de especies, incluidos los humanos

Reproducirse siempre fue sinónimo de continuidad, pero quizá no de longevidad. Un análisis masivo que abarca más de un centenar de especies revela que bloquear la reproducción puede alargar la vida de forma significativa. La conclusión es incómoda, provocadora y obliga a repensar cómo envejecemos.
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Sí, hay una gran verdad: siempre hemos asumido que nacer, crecer y reproducirse es el recorrido natural de cualquier forma de vida. Sin embargo, una investigación publicada en Nature acaba de poner esa idea patas arriba.

Según el análisis liderado por científicos de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, machos y hembras de 117 especies de vertebrados vivieron entre un 10% y un 20% más cuando se bloqueó su capacidad reproductiva mediante esterilización quirúrgica o terapia hormonal. Y sí, los humanos también entran en esa estadística.

Este estudio combina dos fuentes de datos poco habituales por su escala. Por un lado, registros de animales alojados en zoológicos y acuarios de todo el mundo. Por otro, un metaanálisis de 71 estudios previos que cubren 22 especies distintas. El patrón aparece una y otra vez, con una consistencia difícil de ignorar: cuando la reproducción se detiene, la vida se alarga.

Dar vida acorta la vida. Un estudio global revela que no reproducirse alarga la esperanza de vida en cientos de especies, incluidos los humanos
© Unsplash / Joshua Earle.

La explicación, no obstante, no es la misma para todos los casos. En las hembras, los beneficios parecen estar ligados a la reducción del enorme coste energético que suponen el embarazo, la lactancia y el cuidado de las crías. Menos inversión biológica en reproducirse significa más recursos disponibles para mantener el cuerpo. En los machos, el efecto solo aparece con la castración, no con la vasectomía, lo que apunta directamente a las hormonas sexuales como factor clave.

La testosterona, por ejemplo, no solo regula funciones reproductivas. También está asociada a conductas de riesgo, agresividad y competencia. En humanos esto se traduce en más accidentes, violencia y suicidios; en otras especies, en peleas constantes y estrés fisiológico. Eliminar ese componente hormonal parece reducir el desgaste acumulado a lo largo de la vida.

“La relación inversa entre reproducción y longevidad ya se conocía, pero nunca se había demostrado de forma tan amplia”, explica Salvador Macip, investigador en envejecimiento. Y añade un matiz importante: alargar la vida no siempre significa envejecer mejor. En humanos, la reducción hormonal está asociada a fragilidad, problemas metabólicos y pérdida de calidad de vida, lo que complica cualquier extrapolación clínica directa.

Dar vida acorta la vida. Un estudio global revela que no reproducirse alarga la esperanza de vida en cientos de especies, incluidos los humanos
© Unsplash / Ian McGrory.

Asimismo, existe un factor importante y exclusivamente humano que lo cambia todo: el entorno. Como señala el primatólogo Fernando Colchero, la medicina, la nutrición y los sistemas de protección social amortiguan muchos de los costes biológicos de reproducirse. En otras palabras, no vivimos en las mismas condiciones que el resto del reino animal.

Aun así, el estudio deja una idea poderosa sobre la mesa. La energía que el cuerpo dedica a reproducirse no es gratuita. Evolutivamente, cada hijo tiene un precio, y ese precio se paga con años de vida. Comprender mejor ese equilibrio no implica renunciar a la reproducción, pero sí nos acerca a entender algo más profundo: por qué envejecemos… y qué estamos intercambiando cuando damos vida.

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