A principios de agosto, los marineros en el suroeste del Océano Pacífico comenzaron a ver su entorno transfigurado. Hasta donde alcanzaba la vista, el océano pasó de ser un bonito azul a una colosal reunión de rocas flotantes que tintineaban. Y luego vinieron los malos olores sulfurosos. Estas rocas, algunas tan grandes como una cabeza…