A comienzos del siglo XX, un chimpancé llamado Sultán se convirtió en una pequeña celebridad científica. Wolfgang Köhler le colgaba plátanos fuera de su alcance en una estación de investigación de Tenerife, y Sultán, después de intentarlo sin éxito, apilaba cajas para llegar hasta la recompensa. Aquello ayudó a cambiar la psicología animal: algunos animales no resolvían problemas solo por ensayo y error, sino también reorganizando mentalmente la situación.
Más de un siglo después, el eco de aquel experimento acaba de aparecer en un lugar mucho menos esperado: el cerebro de un abejorro. Un estudio publicado en Science por investigadores de la Universidad de Oulu, en Finlandia, muestra que abejorros de la especie Bombus terrestris pueden resolver una tarea completamente nueva de manipulación de objetos. No porque alguien les haya enseñado el truco, sino porque parecen comprender, al menos de forma rudimentaria, qué objeto necesitan mover para alcanzar una recompensa.
Una versión diminuta del experimento de los chimpancés

La prueba era simple en apariencia, pero muy exigente para un insecto. Los investigadores colocaron una flor artificial azul con agua azucarada fuera del alcance directo de los abejorros. El techo era demasiado bajo para volar hasta ella y la probóscide del insecto no llegaba desde el suelo. Cerca había una pequeña bola de corcho o poliestireno. La solución consistía en mover esa bola bajo la flor, subirse encima y usarla como plataforma.
Eso, para un humano, parece casi obvio. Para un animal que no usa herramientas para recolectar néctar en la naturaleza, no lo es. La Universidad de Oulu subraya que los abejorros no tenían una historia ecológica o evolutiva de usar objetos separados para acceder a recompensas florales. Precisamente por eso el resultado llama tanto la atención.
El equipo, liderado por Olli Loukola y con Akshaye Bhambore como primer autor, dividió a los abejorros en grupos con distintos niveles de experiencia previa. Algunos habían aprendido asociaciones básicas: que la flor azul contenía recompensa y que la bola era un objeto móvil. Pero no fueron entrenados en la solución específica. No se les enseñó “empuja la bola hasta aquí y súbete”. Aun así, una parte importante de ellos lo hizo.
No era fútbol de abejas: era resolución de problemas
Hay un antecedente famoso. En 2017, el propio Loukola, junto con Clint Perry, Louie Coscos y Lars Chittka, publicó en Science un estudio donde los abejorros aprendían a mover una bola hasta una zona concreta para obtener una recompensa. Aquella investigación ya había mostrado flexibilidad cognitiva, aprendizaje social e incluso capacidad para mejorar una conducta observada.
La diferencia ahora es decisiva. En el nuevo experimento, los abejorros no tenían que repetir una conducta demostrada ni trasladar una bola a un punto arbitrario aprendido. Tenían que usar un objeto como medio para alcanzar algo físicamente inaccesible. Eso se parece mucho más a una herramienta en sentido funcional: un elemento externo que permite conseguir un objetivo que el cuerpo, por sí solo, no puede lograr.
The Guardian recoge una de las conclusiones más llamativas del trabajo: los abejorros fueron capaces de resolver el problema incluso cuando la recompensa no estaba a la vista al inicio de la maniobra, lo que sugiere memoria del objetivo y una forma básica de planificación.
El cerebro pequeño no era una excusa tan sólida como parecía
Durante mucho tiempo, la inteligencia animal se pensó casi siempre desde el tamaño del cerebro. Grandes simios, cetáceos, elefantes, córvidos, loros. Animales con cerebros grandes, vidas sociales complejas o comportamientos visibles que a los humanos nos resultan fáciles de interpretar.
Los insectos quedaban en otra categoría. Demasiado pequeños, demasiado automáticos, demasiado “instintivos”. Pero los abejorros llevan años desmontando esa comodidad. Aprenden rutas, recuerdan flores, ajustan su conducta según la recompensa, observan a otros y pueden explotar recursos nuevos. Su mundo exige decisiones rápidas: dónde hay alimento, qué flores convienen, cómo volver al nido, qué rutas evitar.
Lars Chittka, experto en comportamiento de abejas de Queen Mary University of London y una de las voces más reconocidas en el campo, dijo a El País que el resultado es incluso más impresionante que algunos experimentos clásicos con simios, porque en ciertas pruebas los abejorros empezaban a mover la herramienta sin ver directamente el objetivo.
No piensan como humanos, pero quizá esa no era la pregunta correcta

El hallazgo no significa que los abejorros tengan una mente humana en miniatura. Tampoco que “razonen” como un chimpancé o que imaginen soluciones como lo haría una persona. Esa comparación sería tentadora, pero injusta. Lo interesante es otra cosa: un sistema nervioso diminuto puede producir conductas flexibles y orientadas a objetivos sin necesitar una arquitectura cerebral enorme.
Scientific American destaca que los abejorros parecen capaces de crear soluciones nuevas ante problemas nuevos, incluso usando estrategias alternativas. Algunos, por ejemplo, intentaron aprovechar bordes o configuraciones del entorno de maneras que los investigadores no habían previsto del todo. Esa pequeña “trampa” experimental, lejos de restar valor al estudio, refuerza la idea de que no estaban actuando como máquinas rígidas.
La palabra clave aquí es flexibilidad. No se trata de que el abejorro entienda una herramienta como la entiende un humano. Se trata de que puede reorganizar su conducta cuando el camino habitual (volar hasta una flor) ya no funciona.
La inteligencia podría tener muchas más formas de las que imaginábamos
El estudio obliga a mirar con más cuidado a los animales pequeños. Si un abejorro puede manipular un objeto para alcanzar una recompensa, recordar la ubicación de un objetivo y adaptar su conducta a una situación inédita, entonces quizá hemos confundido durante demasiado tiempo inteligencia con parecido a nosotros.
La ciencia no está diciendo que un insecto sea “igual” a un gran simio. Está diciendo algo más incómodo y más interesante: la cognición sofisticada puede aparecer en cerebros muy distintos, con menos neuronas y probablemente con mecanismos diferentes. Olli Loukola lo resume desde esa idea: entender los límites cognitivos de los abejorros puede revelar principios fundamentales sobre cómo se resuelven problemas en la naturaleza.
Sultán apiló cajas para alcanzar plátanos. Un siglo después, un abejorro movió una bola para alcanzar agua azucarada. Entre ambos hay una distancia inmensa de tamaño, evolución y complejidad cerebral. Pero también hay una misma escena elemental: un animal frente a un problema, un objeto en medio y una solución que no estaba escrita de antemano. Ahí, en ese gesto mínimo, la inteligencia vuelve a hacerse más grande de lo que pensábamos.