La historia del origen de la Luna está escrita en fragmentos dispersos: rocas traídas por las misiones Apolo, simulaciones digitales y huellas químicas ocultas en el interior de nuestro planeta. Desde hace décadas, la hipótesis dominante sostiene que nuestro satélite nació tras un impacto colosal entre la Tierra primitiva y un cuerpo planetario llamado Theia. Sin embargo, algunas piezas clave del rompecabezas seguían faltando: ¿de dónde vino Theia? ¿Qué tamaño tenía? ¿Qué materiales la formaron y por qué su firma química se parece tanto a la terrestre?
El origen violento de un satélite excepcional
La Luna es inusualmente grande en comparación con su planeta anfitrión, una rareza que siempre ha exigido una explicación excepcional. Según la hipótesis del gran impacto, hace unos 4.500 millones de años la Tierra —todavía parcialmente fundida— colisionó con un protoplaneta del tamaño de Marte. La violencia del choque lanzó material rocoso al espacio, que fue acrecionando hasta formar la Luna.
Este escenario explica por qué las rocas del satélite y las del manto terrestre son tan similares. También aclara la inclinación del eje de la Tierra, su velocidad de rotación e incluso su estabilidad climática a lo largo de miles de millones de años.

Theia bajo la lupa: qué desvela el nuevo estudio
El nuevo trabajo científico analiza con detalle la proporción de isótopos de hierro en muestras lunares y terrestres. Estas firmas químicas actúan como huellas dactilares del pasado, ya que los isótopos no estaban distribuidos de forma uniforme en el disco protoplanetario del que nacieron todos los planetas.
El estudio confirma que la Tierra y la Luna son prácticamente indistinguibles en hierro, tal como ya ocurría con otros elementos como cromo, titanio o calcio. Pero esta coincidencia, por sí sola, no permitía reconstruir el origen de Theia. Para superar esa limitación, los investigadores modelaron decenas de escenarios posibles, combinando distintos tamaños, composiciones y trayectorias del protoplaneta.
El resultado es revelador: la única manera de obtener la combinación isotópica encontrada en ambos cuerpos es que la Tierra primitiva y Theia se hubieran formado muy cerca la una de la otra, en la región interior del sistema solar. Es decir, Theia no fue una intrusa llegada desde lejos: fue nuestra vecina, un cuerpo planetario que creció prácticamente junto a la Tierra.
Un vecino construido con material desconocido
El estudio añade un matiz aún más intrigante. Si la Tierra puede explicarse como una mezcla de tipos conocidos de meteoritos, lo mismo no ocurre con Theia. Su composición no coincide del todo con ninguna familia de meteoritos conservados, lo que sugiere que Theia pudo haberse formado incluso más cerca del Sol que la propia Tierra, en una región cuya “firma química” ya no está representada en los objetos que nos llegan hoy.
EL GRAN IMPACTO DE THEIA
Un hipotético protoplaneta que, según la hipótesis del Gran Impacto, colisionó con la proto-Tierra hace unos 4.500 millones de años.
Esta colisión habría dado origen a la Luna y contribuido a la evolución temprana de nuestro planeta.
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En otras palabras: Theia era local, pero no idéntica. Y aquella diferencia —aunque discreta— fue clave para que, tras el impacto, surgiera la Luna con las características que conocemos.
El impacto que nos hizo habitables
Esta nueva evidencia refuerza la idea de que el choque con Theia no solo creó la Luna, sino que dio forma a la Tierra tal y como la conocemos. Nuestro clima estable, la duración del día, las mareas e incluso la evolución de la vida están condicionados por aquel encuentro devastador entre dos mundos jóvenes.
A medida que nuevos modelos y análisis isotópicos mejoran, la historia de Theia deja de ser un mito fundacional para convertirse en un relato cada vez más preciso. Y, con cada nueva pieza, la Luna se revela no como un cuerpo extraño, sino como el legado compartido de dos planetas que alguna vez fueron vecinos.
Fuente: Meteored.