Un pequeño hueso hallado en Etiopía está reescribiendo los primeros capítulos de nuestra historia. Se trata del tobillo de Ardipithecus ramidus, un homínido que vivió hace 4,4 millones de años y que ahora revela un dato inesperado: caminaba erguido, pero mantenía la habilidad de trepar con la destreza de un simio.
Este hallazgo, publicado en Communications Biology, pone en entredicho una de las ideas más extendidas en la paleoantropología: que el paso del cuadrupedismo al bipedismo fue un cambio limpio y lineal. En realidad, la evolución humana parece haber avanzado a través de híbridos: criaturas que caminaban sobre dos piernas… mientras seguían durmiendo entre las ramas.
Un fósil que desafía el relato clásico

Hace tres décadas, el descubrimiento de los primeros restos de Ardipithecus ramidus ya había causado una revolución científica. A “Ardi”, como lo apodaron los investigadores, se lo reconocía por su dedo gordo prensil —capaz de agarrar ramas— y una pelvis intermedia entre la de un simio y la de un humano.
Ahora, el estudio de su tobillo (o talus), comparado con decenas de especies de primates de los últimos 40 millones de años, ofrece una imagen más completa: Ardi no era un animal que hubiera dejado los árboles atrás, sino una especie que vivía entre dos mundos.
Su tobillo sugiere una capacidad de apoyo total del pie sobre el suelo, algo fundamental para el caminar erguido, pero al mismo tiempo revela una movilidad lateral que le permitía trepar verticalmente, como los chimpancés actuales. Caminaba a distancias cortas, quizá para desplazarse entre parches de bosque o buscar alimento, antes de volver a la seguridad de las copas.
El dilema del bipedismo
Para los científicos, este hallazgo no solo amplía lo que sabemos sobre Ardi, sino que desafía la cronología del bipedismo. Hasta ahora se creía que el caminar erguido surgió cuando los bosques africanos comenzaron a desaparecer, obligando a nuestros ancestros a aventurarse por las llanuras. Pero el tobillo de Ardipithecus ramidus indica que el bipedismo ya existía en entornos boscosos, mucho antes de que apareciera el Australopithecus afarensis (la especie de “Lucy”), plenamente adaptado a caminar.
El autor principal de este estudio, Thomas (Cody) Prang, lo resume así: “Uno de los hallazgos más sorprendentes es que Ardi caminaba erguido, pero mantenía un pie prensil que todavía podía sujetar ramas”.
Esto implica que el bipedismo no fue una ruptura evolutiva, sino una transición lenta, irregular, incluso oportunista. Los humanos no descendieron de un simio que abandonó los árboles, sino de una criatura que supo moverse entre ellos sin renunciar al suelo.
Entre el suelo y las ramas
El entorno donde vivía Ardi —una mezcla de sabana y bosque húmedo en la región de Afar— explicaría su doble anatomía. Allí, la supervivencia dependía tanto de la capacidad de trepar para evitar depredadores como de la de caminar para explorar nuevos territorios y alimentos.
El tobillo, junto con otros fósiles asociados como puntas de flecha y herramientas de sílex, muestra que el cuerpo de Ardi estaba diseñado para la versatilidad, no para la especialización. Tenía la fuerza y flexibilidad de un trepador, pero la estabilidad y el equilibrio necesarios para andar.
En cierto modo, su especie inauguró el patrón que definió a los humanos: la adaptación al cambio.
Una evolución menos recta y más humana

Durante algunos años, los libros de texto mostraron la evolución humana como una secuencia ordenada: del cuadrúpedo al bípedo, del bosque a la sabana.
Pero los fósiles rara vez siguen el guion. El análisis del tobillo de Ardipithecus ramidus demuestra que la evolución no fue una línea, sino un laberinto, donde distintas formas de locomoción coexistieron durante milenios.
La transición hacia el caminar erguido no se produjo por una sola causa, sino por una combinación de presiones ecológicas, anatómicas y conductuales. Y ese pequeño hueso, conservado durante más de cuatro millones de años bajo las arenas etíopes, nos lo recuerda con una lección poderosa: la historia de la humanidad no comenzó con un paso firme, sino con un equilibrio precario.
El primer paso
Cada fósil de Ardipithecus que emerge del suelo africano ilumina un instante remoto, pero también nos confronta con algo más íntimo. Caminar sobre dos piernas no solo transformó nuestro cuerpo, sino nuestra forma de entender el mundo. Ardi, el homínido que aún trepaba mientras aprendía a andar, encarna el momento exacto en que la Tierra dejó de ser solo un lugar donde sobrevivir y se convirtió en uno que podíamos explorar.
Porque, al final, toda la historia humana comenzó con un tobillo que se atrevió a sostenernos.