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Tormentas secas: el riesgo oculto de incendio que se multiplica con el calor extremo

Lejos de ser raras, las tormentas secas son responsables de un gran número de incendios forestales en todo el mundo, y su impacto es mayor en regiones que ya sufren sequías prolongadas o vegetación extremadamente seca

Imagina un cielo oscuro, cargado de nubes, con relámpagos que iluminan el horizonte y truenos que retumban a lo lejos… pero sin una sola gota de lluvia que alivie el calor abrasador. Así son las tormentas secas, un fenómeno en el que la precipitación se evapora antes de tocar tierra, dejando tras de sí solo la electricidad y el viento.

Este curioso efecto, conocido como virga, se forma cuando la lluvia que cae desde lo alto de la nube atraviesa capas de aire muy cálido y seco en niveles bajos. En ese descenso, las gotas desaparecen antes de alcanzar la superficie, convirtiendo la tormenta en una amenaza silenciosa: relámpagos sin lluvia capaces de iniciar incendios en cuestión de segundos.

El combustible perfecto: olas de calor y terreno seco

Olas De Calor E IncendiOS
© NOAA

El vínculo entre olas de calor y tormentas secas no es casual. El calor intenso genera inestabilidad atmosférica y favorece la formación de nubes de tormenta, pero también crea la “trampa” que evapora la lluvia antes de que llegue al suelo.

Mientras tanto, días o semanas de temperaturas extremas deshidratan la vegetación, reducen la humedad del suelo y transforman bosques y campos en un polvorín. En estas condiciones, un solo rayo puede desencadenar un gran incendio sin que haya agua que lo apague.

En algunos casos, las tormentas secas provocan reventones cálidos, descensos de aire que se calientan por compresión y elevan la temperatura más de 10°C en pocos minutos, acompañados de vientos violentos que pueden superar los 100 km/h. Un escenario perfecto para que el fuego se propague de forma explosiva.

Peligros que van más allá del fuego

Las tormentas secas no solo generan rayos capaces de encender incendios. También provocan corrientes descendentes muy fuertes (reventones secos) que derriban árboles y estructuras, y levantan polvo y arena, reduciendo la visibilidad a niveles peligrosos.

Cuando se combinan con el humo de los incendios, estas partículas finas deterioran gravemente la calidad del aire. El resultado puede sentirse a cientos de kilómetros del foco original, afectando la salud respiratoria de millones de personas.

En España, uno de los ejemplos más recordados ocurrió en 1979, en la zona de Ayora-Enguera (Valencia), donde un rayo seco en plena ola de calor provocó un incendio que arrasó 44.000 hectáreas. Un precedente que hoy, con el cambio climático intensificando las olas de calor, se vuelve cada vez más probable.

[Fuente: EuroNews]

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