Según Niels Souverijns, experto en clima de la empresa VITO en Bélgica, el problema no es solo la intensidad del calor, sino su persistencia. El aire en las urbes se mantiene cálido durante la noche, impidiendo que las personas se enfríen y aumentando el riesgo para la salud, sobre todo entre ancianos y personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares.
En ciudades como Milán, Madrid o Bruselas, la combinación de olas de calor y este fenómeno urbano está tensando los sistemas sanitarios. Un estudio portugués mostró que las hospitalizaciones aumentan casi un 19 % en los días más sofocantes.
El hormigón, un enemigo silencioso

El efecto isla de calor urbano no se produce por azar. Materiales como el asfalto y el cemento absorben el calor del sol durante el día y lo liberan lentamente por la noche. A ello se suman calles estrechas y edificios altos que bloquean la ventilación natural, atrapando el aire caliente.
La magnitud del fenómeno se intensifica en las ciudades más grandes, con mayor densidad de construcciones y tráfico. Los gases contaminantes procedentes de los vehículos funcionan como una “manta” que atrapa el calor, agravando la sensación térmica.
El impacto también tiene un marcado componente social. En los barrios más pobres, donde las viviendas suelen carecer de aislamiento y hay menos espacios verdes, el calor golpea con más fuerza. Mientras tanto, las zonas residenciales de rentas altas suelen disponer de parques y arbolado que ayudan a suavizar las temperaturas.
Soluciones verdes, resultados limitados

Los expertos coinciden en que es posible reducir el impacto con intervenciones urbanísticas: más vegetación, techos y fachadas verdes, corredores de viento, superficies menos impermeables y uso inteligente del agua. Ciudades como Bruselas están apostando por plantar árboles, crear sombras en plazas y calles, e instalar estructuras temporales para refugiarse del sol.
Sin embargo, el propio Souverijns advierte que estas medidas tienen un alcance limitado. “En una calle donde se plantan árboles, el impacto puede ser notable, pero en la siguiente calle el calor seguirá siendo intenso. El problema es el espacio disponible en las zonas densamente pobladas”, señala.
Por eso, además de adaptarse, es urgente actuar sobre la causa principal: el cambio climático. Sin una reducción drástica de las emisiones de CO₂, las olas de calor urbano seguirán intensificándose, hasta alcanzar niveles similares a los que hoy ya sufren algunas ciudades de India o del cinturón ecuatorial, donde la vida cotidiana se vuelve casi inviable.
La cuenta atrás climática
Bruselas, donde los edificios son responsables del 60 % de las emisiones de CO₂, se ha fijado como meta reducirlas un 55 % para 2030 y alcanzar la neutralidad climática en 2050. Los planes incluyen rehabilitación sostenible, mejoras en movilidad y energías limpias.
Aun así, el reto es enorme. Si el planeta sigue calentándose al ritmo actual, las olas de calor podrían convertirse en auténticos “tsunamis térmicos” que pondrían en jaque la habitabilidad de muchas ciudades europeas. El tiempo para actuar se agota, y lo que está en juego es mucho más que la comodidad en verano: es la viabilidad misma de la vida urbana.
[Fuente: EuroNews]