El cataclismo de la erupción del monte Vesubio en el año 79 d.C. sepultó a la antigua ciudad de Pompeya bajo casi 6 metros de cenizas y piedras volcánicas. Así, la floreciente metrópoli del imperio romano quedó preservada en un estado de animación suspendida. Los arqueólogos han pasado más de un siglo excavando en Pompeya, y han creado un diorama de la vida en la antigüedad. Ahora, confirman una práctica de la que solo se sabía por antiguos textos romanos.
En Alemania y Suiza unos investigadores descifraron la estructura y química de residuos de cenizas de dos quemadores de incienso que se desenterraron en Pompeya, documentando ofrendas a los dioses de las que antes solo se sabía por descripciones en obras de historiadores y artistas romanos.
“Se ha sabido desde hace mucho tiempo, por antiguos escritores, que los romanos quemaban incienso en sus sacrificios”, dijo el autor principal del nuevo trabajo, el arqueólogo Johannes Eber de la Universidad de Zurich. “Las cenizas preservadas y los rastros de resinas fragantes de un altar doméstico cercano a Pompeya son prueba tangible de ello”, añadió Eber, “y además nos recuerdan que el mundo antiguo estaba globalizado”.
Posible funeral desenterrado en Pompeya
El nuevo trabajo de investigación se publicó el lunes en Antiquity. Se analizó el contenido de dos quemadores de incienso, uno de ellos ubicado dentro del altar doméstico de una villa rustica de Boscoreale, región agrícola al norte de Pompeya al pie del monte Vesubio.
El cuenco de terracota para quemar incienso era resistente al fuego y tenía un aplique esculpido de una mujer reclinada, algo común en Pompeya, donde los investigadores explican que “las figuras reclinadas probablemente representaran a personas fallecidas a quienes se veneraba después de su muerte”.
El equipo analizó la química y las propiedades microscópicas de los residuos orgánicos de las ofrendas quemadas y el resto de los biominerales duros que se formaron en plantas leñosas, junto a partículas microscópicas de sílice formadas dentro de las plantas, los fitolitos, que también estaban en las cenizas.

Su análisis brindó la primera evidencia concreta de que en rituales romanos domésticos se quemaba vino e incienso (francoincienso u olíbano, incienso de calidad superior) en una práctica que supuestamente tenía un rol clave en los ritos funerales de inicios del imperio, y también en otras ceremonias religiosas. Según Eber, las resinas romanas antiguas en quemadores como estos “se habían estudiado poco en detalle”, antes de este nuevo estudio. La práctica ritual nunca se había verificado en el registro arqueológico.
También el incienso era singular. Eber y sus colegas rastrearon los orígenes de esta resina aromática en particular a un lugar muy lejano en el sur de Arabia, los puntos más distantes de la red comercial del imperio romano, tal vez India o el África subsahariana.
Eber y sus colegas señalaron que los textos antiguos destacan el uso de francoincienso importado y otros inciensos para rituales domésticos como este. Quemar vino y francoincienso juntos era “uno de los actos sacrificiales preliminares más comunes en la Roma imperial”. Era el prefatio, ofrenda inicial para invitar a los dioses romanos como Jano, Júpiter y a veces otros, a que bendijeran el rito. En estos rituales “quemar vino” implicaba verter vino sobre una llama o quemador de incienso, donde se vaporizaba, se mezclaba con el humo, y liberaba un aroma particular.
Podría ser vino, o no
Los investigadores advierten algo sobre sus hallazgos, sin embargo, debido a que “hay historias post-excavación con poca documentación” respecto a estos artefactos. Aunque confían en su análisis de estos residuos ceremoniales, señalan que “algunos de los compuestos identificados podrían relacionarse con los procesos naturales de descomposición”.
En el caso del vino, Eber y sus coautores se refieren a evidencia de grasa y ácido que indica la presencia de uvas, incluyendo una sugestiva combinación de ácidos: succínico, fumárico, málico y tartárico. “La tasa de ácido málico a tartárico de 0.7 podría corresponder a la firma química de un producto hecho con uvas maduras como el vino o el vinagre”, señalan en su trabajo.

Sin embargo, también señalan a la larga cadena de custodia: uno de los quemadores de incienso se desenterró en 1954, en una residencia de Pompeya que quedó sepultada bajo la piedra y las cenizas y que estaba por ser convertida en posada cuando entró en erupción el monte Vesubio. Y el quemador de incienso de Boscoreale se descubrió en 1986, hace unos 40 años. En los 2.000 años desde que Pompeya quedó sepultada han sucedido muchas cosas (¿sabías que fue parcialmente bombardeada por los aliados en la Segunda Guerra Mundial?). Por lo tanto, vale la pena tomar estas conclusiones con cautela, ¿o con un sorbo de vino?
“No podemos excluir la contaminación post-deposición”, dijeron los del equipo de Eber. “No se preservaron muestras de sedimento como control, y esto impide la confirmación final de que los biomarcadores están relacionados con el contenido original del quemador de incienso”.
Este artículo ha sido traducido de Gizmodo US por Lucas Handley. Aquí podrás encontrar la versión original.