Durante mucho tiempo se pensó que los incas carecían de escritura, pero las investigaciones más recientes han puesto en duda esa afirmación. Hoy, los quipus —esas cuerdas con nudos que usaban como sistema de registro— se revelan como posibles cronistas del clima precolombino. El hallazgo no solo despierta el interés de los historiadores, sino también de los climatólogos que buscan rastros del pasado en busca de pistas para el futuro.
Los quipus como mapas del clima ancestral

La antropóloga Sabine Hyland halló en la aldea andina de Jucul un conjunto de quipus conservados durante siglos. A diferencia de otros, estos no contienen solo nudos: sus borlas están hechas con colas de llama y parecen aludir a fenómenos meteorológicos. Las ofrendas rituales registradas en las cuerdas, dirigidas al lago sagrado Paccha-cocha, coinciden con épocas de sequía o exceso de lluvias.
Estos objetos, considerados por los pueblos andinos como registros vivos, podrían haber servido para anticipar patrones climáticos, un conocimiento transmitido de generación en generación, incluso tras la caída del imperio incaico.
Ciencia moderna y saber indígena: una alianza inesperada

Investigadores como Clara Rodríguez Morata y el peruano Iván Ghezzi están aplicando técnicas como el análisis de isótopos y la datación por radiocarbono para obtener datos precisos de los materiales usados en los quipus. Algunos han sido correlacionados con documentos coloniales que confirman eventos históricos y climáticos registrados en ellos.
Este enfoque abre una puerta hacia una posible reconstrucción del clima andino preinstrumental, especialmente útil para comprender ciclos de El Niño. Como señala Valerie Trouet, de la Universidad de Arizona, en zonas donde no hay tradición escrita, los quipus podrían desempeñar el mismo papel que los archivos europeos.
Un legado amenazado por el olvido
Aunque los quipus de Jucul podrían contener información valiosísima, su conservación está en riesgo. Moho, insectos y el paso del tiempo amenazan con borrar su contenido. Gracias a una ayuda del Museo Británico, Hyland trabaja para preservarlos y exponer el quipu más grande del mundo en el museo local.
Mientras tanto, los científicos avanzan en la construcción de un mapa que permita conectar estos registros con otros proxies climáticos, como anillos de árboles o litografías. Si el esfuerzo tiene éxito, los incas podrían acabar proporcionándonos algo que jamás imaginaron: una herramienta para predecir el clima del futuro.