La cueva de Qafzeh, en Israel, ya ocupaba un lugar especial en la historia de nuestra especie. Sus restos humanos están entre las pruebas más importantes de la presencia temprana de Homo sapiens fuera de África y han sido vinculados desde hace décadas con algunos de los enterramientos humanos más antiguos conocidos. Pero un nuevo estudio acaba de añadir una dimensión mucho más incómoda a ese lugar: la violencia.
Un equipo del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) y la Universidad de Tel Aviv reexaminó el fósil conocido como Qafzeh 25 y encontró una lesión lineal en la mandíbula izquierda y en un premolar inferior. Según el trabajo publicado en Scientific Reports, la marca es compatible con una herida causada por un objeto afilado y podría estar entre los ejemplos más antiguos documentados de trauma por fuerza cortante en el registro arqueológico.
La palabra “apuñalamiento” resulta tentadora, pero conviene usarla con cuidado. El estudio no identifica un arma concreta ni reconstruye una escena cerrada. Lo que sí plantea es que la morfología de la lesión, su localización y las señales de cicatrización encajan con una herida producida por un objeto cortante. Y eso, para un fósil de entre 92.000 y 145.000 años, es una pista extraordinaria.
El fósil que sobrevivió a una agresión

Qafzeh 25 pertenece a un humano moderno arcaico del Paleolítico medio. El espécimen ya era conocido, pero las nuevas técnicas de análisis permitieron mirar donde antes no se podía. Los investigadores combinaron observación macroscópica, microscopía y microtomografía computarizada para estudiar en detalle la mandíbula, los dientes y el estado tafonómico del esqueleto.
El hallazgo central es una muesca alargada que afecta tanto al hueso mandibular como a la raíz del tercer premolar inferior. De acuerdo con el artículo de Scientific Reports, la lesión tiene una forma lineal compatible con el impacto de un objeto afilado. Además, los bordes muestran porosidad localizada y engrosamiento marginal, señales interpretadas como remodelación ósea.
Ese detalle cambia todo. Si el hueso empezó a repararse, significa que la persona no murió inmediatamente después de la herida. Sobrevivió durante un tiempo suficiente para que el tejido iniciara un proceso de cicatrización. No sabemos cuánto. Tampoco sabemos si necesitó ayuda para comer, protegerse o recuperarse. Pero la posibilidad queda abierta, y es precisamente ahí donde el fósil se vuelve más humano.
Violencia, accidente o algo entre medias
Los autores son prudentes. Una lesión causada por un objeto afilado puede tener varios orígenes. Pudo haber sido el resultado de una agresión interpersonal, pero también de un accidente: una caída contra una roca cortante, una actividad cotidiana con herramientas líticas o un golpe involuntario en un entorno donde los objetos afilados formaban parte de la vida diaria.
Aun así, la hipótesis de una interacción violenta entre individuos gana peso por la forma y la ubicación del trauma. Según el resumen del estudio, este caso contribuye a la escasa evidencia disponible sobre posible violencia interpersonal durante el Paleolítico medio.
La cautela es importante porque el registro fósil rara vez permite reconstruir intenciones. En arqueología prehistórica, una marca no equivale automáticamente a una escena. Pero algunas marcas obligan a abrir preguntas. Qafzeh 25 no demuestra una pelea concreta ni un intento de asesinato, pero sí muestra que un individuo de una población temprana de Homo sapiens sufrió una herida facial por fuerza cortante y vivió lo bastante para que esa herida empezara a sanar.
La boca también contaba otra historia
El estudio no se limitó al trauma. La microtomografía reveló patologías dentales que no eran visibles a simple vista, entre ellas una nueva lesión cariosa y defectos del esmalte. Según Scientific Reports, estos hallazgos se suman a otras evidencias previas de caries y anomalías dentales en la muestra de Qafzeh, y apuntan a una combinación de vulnerabilidad biológica, posibles factores hereditarios o estrés ambiental.
Esto rompe con una idea demasiado simplificada sobre las poblaciones cazadoras-recolectoras preagrícolas. No eran necesariamente cuerpos perfectos en equilibrio con la naturaleza. También sufrían infecciones, dolor dental, anomalías del desarrollo y lesiones traumáticas.
En Qafzeh 25, la boca funciona casi como un archivo biográfico: una herida que cicatrizó, una caries oculta, defectos del esmalte y un cuerpo que finalmente recibió un tratamiento funerario. Son datos pequeños, pero juntos construyen una imagen más compleja de la vida en el Levante mediterráneo hace decenas de miles de años.
Un entierro que refuerza la importancia de Qafzeh
La otra gran conclusión del trabajo es tafonómica. Los investigadores revisaron el estado de conservación del esqueleto para determinar qué procesos afectaron al cuerpo después de la muerte. El análisis descartó señales claras de acción de carnívoros, roedores o exposición prolongada a la intemperie.
Por el contrario, la disposición anatómica de los restos y la ausencia de una desarticulación masiva apoyan la interpretación de que Qafzeh 25 fue enterrado deliberadamente. El propio artículo señala que el estudio refuerza la lectura de Qafzeh como un lugar de enterramientos formales en el Pleistoceno tardío temprano.
Esa combinación es lo que vuelve tan potente al fósil. No estamos ante una simple lesión aislada. Estamos ante un individuo que sufrió un trauma, vivió con problemas dentales y terminó depositado de forma intencional en una cueva que ya era clave para entender las primeras prácticas funerarias de Homo sapiens.
La violencia y el cuidado aparecen en el mismo fósil

La parte más fascinante del caso es que no permite una lectura sencilla. Qafzeh 25 habla de violencia posible, pero también de supervivencia. Habla de enfermedad, pero también de continuidad. Habla de muerte, pero en un contexto que sugiere cuidado funerario.
Según el CENIEH, el reexamen de Qafzeh 25 aporta nuevas pistas sobre salud, violencia y comportamiento funerario en humanos modernos tempranos. La investigación fue liderada por Ana Pantoja-Pérez y forma parte de una línea de trabajo que busca extraer más información de fósiles ya conocidos mediante técnicas no destructivas.
Ese punto metodológico importa. Muchos fósiles clásicos todavía pueden cambiar de significado cuando se observan con herramientas nuevas. Una mandíbula estudiada hace décadas puede revelar ahora una lesión que antes pasaba desapercibida. Una caries invisible puede aparecer dentro de un diente. Una fractura puede reinterpretarse como trauma en vida si hay señales de cicatrización.
Una ventana incómoda al origen de nosotros mismos
El hallazgo no convierte a Qafzeh 25 en “la primera víctima de asesinato” conocida ni permite reconstruir una escena dramática con arma, agresor y motivo. La ciencia rara vez ofrece ese tipo de guion cerrado, y menos cuando trabaja con restos de hace más de 90.000 años.
Lo que sí ofrece es algo quizá más valioso: una ventana a la complejidad social de grupos humanos muy antiguos. Allí aparecen conflictos, lesiones, enfermedades, supervivencia y prácticas funerarias. No como rasgos separados, sino reunidos en el cuerpo de una misma persona.
La cueva de Qafzeh ya era importante porque mostraba que los primeros Homo sapiens fuera de África no solo vivían y morían, sino que quizá también enterraban a sus muertos de manera intencional. Ahora, Qafzeh 25 añade otra capa: esos humanos también podían herirse, sobrevivir a una agresión o accidente grave y recibir un tratamiento mortuorio que sugiere algo más que abandono.
Una pequeña marca en una mandíbula basta para recordar que la prehistoria no fue una línea simple hacia la modernidad. Fue un mundo de cuerpos vulnerables, vínculos sociales, conflictos y cuidados. En ese sentido, Qafzeh 25 no solo conserva una herida antigua. Conserva una escena profundamente humana.