La Antártida no siempre fue el continente blanco que imaginamos hoy. Hubo un tiempo en que formaba parte de Gondwana, estaba conectada a otros bloques continentales y no estaba cubierta por la mayor masa de hielo del planeta. El enigma para los científicos era otro: cómo logró congelarse hace unos 34 millones de años, mucho antes que el Ártico, en una época en la que la Tierra era alrededor de 5 °C más cálida que hoy.
La respuesta, según un nuevo estudio publicado en Science, no está solo en la atmósfera ni en la caída del dióxido de carbono. También estaba bajo tierra. De acuerdo con la Universidad de Southampton, el trabajo propone que la formación de una gran escarpa, una meseta elevada y regiones montañosas en la Antártida Oriental creó el terreno alto necesario para que la nieve se acumulara y sobreviviera año tras año.
El estudio fue liderado por investigadores de la Universidad de Southampton, con participación de Durham University, el GFZ Helmholtz Centre for Geosciences, la Universidad de Potsdam, la Universidad de Utrecht y la Universidad de Florencia. Su idea central es potente: la Antártida se congeló antes porque el interior de la Tierra preparó el paisaje para que el hielo pudiera instalarse.
El hielo no apareció de golpe: primero subió la tierra
La gran protagonista de esta historia es la Antártida Oriental, donde hoy se encuentra la capa de hielo más grande de la Tierra. Según la Universidad de Southampton, esa masa helada almacena suficiente agua como para elevar el nivel global del mar unos 52 metros si se derritiera por completo.
Pero antes de convertirse en un congelador planetario, esa región tuvo que elevarse. El proceso habría empezado mucho antes de la glaciación, cuando África y la Antártida comenzaron a separarse durante el Jurásico, hace entre 201 y 143 millones de años. Esa ruptura continental activó procesos profundos capaces de levantar lentamente grandes zonas del continente durante unos 100 millones de años.
El resultado fue una transformación topográfica enorme: una meseta elevada, escarpes costeros y las montañas Gamburtsev, una cordillera enterrada hoy bajo kilómetros de hielo. Según Reuters, estas montañas alcanzan unos 3.390 metros de altura, aunque permanecen ocultas bajo la capa de hielo antártica.
Las ondas del manto que empujaron un continente
El mecanismo propuesto por los autores se conoce como “ondas del manto”. No son olas como las del océano, sino perturbaciones lentas en las profundidades de la Tierra que se propagan bajo los continentes cuando las placas tectónicas se rompen y se separan.
Según explica el GFZ Helmholtz Centre for Geosciences, estas ondas pueden estar asociadas a “goteos” o desprendimientos de material denso en la base de una placa continental. Al perder esa carga, el continente se vuelve relativamente más ligero y su superficie puede elevarse, algo parecido a lo que ocurre cuando un globo aerostático suelta peso.
En la Antártida Oriental, ese levantamiento habría sido decisivo. Los modelos computacionales usados por el equipo reconstruyeron la evolución del terreno durante 100 millones de años y mostraron que, hacia hace unos 45 millones de años, buena parte del paisaje ya había superado una altitud crítica cercana a los 2 kilómetros. Esa altura era suficiente para que los glaciares de montaña pudieran formarse, crecer y finalmente fusionarse en una gran capa de hielo.
Por qué la altura cambió el clima local

La altitud parece un detalle geográfico, pero en una glaciación puede serlo todo. Al subir por una montaña, la temperatura baja. En zonas suficientemente altas, la nieve que cae en invierno no se derrite por completo en verano. Si ese balance se mantiene año tras año, la nieve se compacta, se transforma en hielo y empieza a crecer un glaciar.
Según la Universidad de Southampton, antes de hace 50 millones de años la mayor parte de las montañas Gamburtsev estaba por debajo de 1,5 kilómetros de altura. Para hace 34 millones de años, casi la mitad de la cordillera ya se encontraba por encima de los 2 kilómetros, el umbral que permitía que nieve y hielo persistieran durante todo el año.
Reuters añade otro dato importante: las simulaciones sugieren que, hacia hace 34 millones de años, casi el 90% de esa región estaba por encima del umbral necesario para sostener hielo permanente, frente a solo un tercio unos 60 millones de años atrás.
El CO₂ importó, pero no actuó solo
La caída del CO₂ atmosférico sigue siendo una pieza fundamental para explicar la transición de la Tierra desde un clima de tipo “invernadero” hacia el mundo más frío actual. Pero el nuevo estudio matiza esa historia. Si la reducción del CO₂ hubiera sido la única causa, cabría esperar una respuesta más simétrica entre ambos polos.
Eso no ocurrió. La Antártida empezó a cubrirse de hielo hace unos 34 millones de años, mientras que las grandes capas de hielo del hemisferio norte no se estabilizaron hasta mucho después. Según la Universidad de Southampton, los grandes mantos de hielo del norte no se ensamblaron hasta aproximadamente los últimos cinco millones de años.
La diferencia estaba en el terreno, dice Reuters. La Antártida tenía un continente elevado en el polo sur. El Ártico, en cambio, está centrado sobre un océano. No tenía una gran plataforma continental alta capaz de cruzar antes el umbral necesario para conservar nieve durante todo el año.
El hielo empezó a enfriar aún más el planeta
Una vez que la Antártida comenzó a congelarse, el proceso se retroalimentó. La superficie blanca del hielo refleja más luz solar hacia el espacio que la roca o la vegetación. Ese efecto, conocido como albedo, enfría la región y favorece que se acumule más hielo.
Según la Universidad de Southampton, el equipo estima que esta retroalimentación hielo-albedo redujo las temperaturas globales en torno a 1 °C. No bastó para congelar el hemisferio norte, pero sí ayudó a expandir la capa de hielo antártica desde las montañas hacia el resto del continente.
También entró en juego otro mecanismo: el aire frío retiene menos vapor de agua, y el vapor de agua actúa como gas de efecto invernadero. Al secarse la atmósfera regional, se debilitó parte de ese efecto aislante, facilitando un enfriamiento adicional. Así, lo que comenzó como una ventaja topográfica terminó amplificándose hasta construir la gran capa de hielo de la Antártida Oriental.
Una lección incómoda sobre el clima terrestre
El hallazgo no significa que la tectónica sea más importante que el clima, ni que el CO₂ deje de ser relevante. La lectura es más interesante: las grandes transiciones climáticas dependen de la interacción entre atmósfera, océanos, hielo y geología profunda.
La Antártida no se congeló simplemente porque el planeta se enfrió. Se congeló porque, cuando el enfriamiento llegó, el terreno ya estaba preparado. La Tierra había levantado montañas y mesetas durante decenas de millones de años, creando un escenario donde la nieve podía resistir, acumularse y transformar un continente entero.
Ese es el punto más fascinante del estudio: a veces, los grandes cambios climáticos no empiezan en la superficie visible del planeta, sino mucho más abajo, en movimientos lentísimos que solo muestran sus consecuencias millones de años después. La Antártida se volvió blanca porque el clima bajó la temperatura, sí, pero también porque la Tierra profunda había elevado el suelo justo a tiempo.