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Un experimento con pacientes en muerte clínica acaba de poner en aprietos una idea muy arraigada sobre la mente. Quizá la consciencia no encaje tan fácil dentro del cerebro

Un ensayo clínico con 142 personas que vivieron experiencias cercanas a la muerte encontró algo difícil de ignorar: algunos recuerdos registrados durante la parada cardiorrespiratoria no encajan del todo con la explicación clásica de que la consciencia es solo un producto local del cerebro.

Hay preguntas que la ciencia nunca termina de cerrar del todo. Una de ellas es incómoda, persistente y, en cierto modo, inevitable: qué ocurre con la consciencia cuando el cerebro deja de funcionar como debería. Durante años, la respuesta dominante ha sido clara. La consciencia sería un producto del cerebro, y cuando este falla, todo lo demás se apaga con él.

Este nuevo estudio no destruye esa idea. Pero sí la incomoda.

Un experimento clínico que intenta medir lo que casi nunca se puede medir

Un experimento con pacientes en muerte clínica acaba de poner en aprietos una idea muy arraigada sobre la mente. Quizá la consciencia no encaje tan fácilmente dentro del cerebro
© Shutterstock / agsandrew.

El trabajo, liderado por Álex Escolà-Gascón y publicado en The Innovation, se mueve en un terreno complicado: el de las experiencias cercanas a la muerte (NDE, por sus siglas en inglés). Durante décadas, estas vivencias se han explicado como efectos del cerebro bajo estrés extremo, mezclas de memoria, percepción alterada y reconstrucciones posteriores.

Aquí, sin embargo, el enfoque es distinto. No se trata solo de preguntar qué sintieron los pacientes. Se trata de comprobar qué pudieron percibir y recordar realmente en un momento en el que, en teoría, su cerebro no estaba en condiciones normales de procesar información.

Para ello, el estudio siguió a más de 15.000 pacientes de alto riesgo cardíaco en 13 hospitales. De todos ellos, solo 142 cumplieron condiciones muy estrictas: haber sufrido una parada cardiorrespiratoria prolongada, haber sobrevivido y poder relatar una experiencia consciente durante ese episodio. Y ahí es donde empieza lo interesante.

Sonidos, memoria y un detalle inesperado

Durante la parada, algunos pacientes recibieron estímulos sonoros muy breves: sonidos de la naturaleza como lluvia, viento o fuego. Otros no. La clave está en cómo se decidía cuándo sonaban esos estímulos.

En lugar de usar un sistema aleatorio convencional, el experimento utilizó circuitos cuánticos para determinar la secuencia. Dicho de forma simple: en algunos casos, los sonidos seguían un patrón completamente aleatorio. En otros, estaban organizados mediante principios cuánticos como el entrelazamiento, donde los eventos están correlacionados de una forma más compleja.

Después de la reanimación, los pacientes pasaban por una prueba sencilla pero reveladora: escuchar una serie de sonidos y señalar cuáles creían haber oído durante su parada. Si todo fuera producto del azar o de recuerdos reconstruidos, lo esperable sería acertar aproximadamente la mitad. Eso es exactamente lo que ocurrió en el grupo “clásico”.

El punto donde los datos dejan de ser cómodos

Un experimento con pacientes en muerte clínica acaba de poner en aprietos una idea muy arraigada sobre la mente. Quizá la consciencia no encaje tan fácilmente dentro del cerebro
© FreePik.

En los grupos donde los estímulos estaban organizados mediante principios cuánticos, los resultados cambiaron. Los pacientes no acertaban todo, pero sí lo suficiente como para alejarse claramente del azar. De media, recordaban más sonidos correctos de los que deberían si todo fuera pura reconstrucción o alucinación.

Esto no prueba que la consciencia exista fuera del cerebro. Pero sí introduce una incomodidad: hay algo en esos recuerdos que no encaja del todo con la explicación más simple.

El estudio también intentó descartar otras hipótesis habituales. Los síntomas psicóticos no explicaban los resultados. Tampoco lo hacía la fisiología registrada en UCI, aunque variables como el oxígeno cerebral o ciertos biomarcadores sí influían parcialmente. Aun así, quedó un margen considerable de variación sin explicar.

Lo importante no es lo que afirma el estudio, sino lo que no puede descartar

Aquí es donde conviene frenar. Porque este tipo de investigaciones son terreno fértil para conclusiones precipitadas. El estudio no demuestra que la consciencia sobreviva a la muerte. No prueba que exista fuera del cerebro. No confirma teorías cuánticas de la mente. Y tampoco invalida la neurología moderna.

Pero sí hace algo más sutil y, en cierto modo, más interesante: muestra que hay fenómenos en los límites de la vida que no encajan cómodamente en el modelo actual. Y eso obliga a ampliar la conversación.

La frontera incómoda entre cerebro, experiencia y realidad

Durante mucho tiempo, las experiencias cercanas a la muerte se han tratado como ruido: relatos subjetivos sin valor objetivo, explicables por procesos cerebrales alterados. Este estudio no elimina esa posibilidad, pero tampoco la deja intacta. Porque si parte de esos recuerdos contiene información que no debería estar ahí (o que al menos no debería aparecer con ese patrón), entonces la pregunta cambia.

Ya no es solo qué ocurre en el cerebro cuando estamos a punto de morir. Es también qué entendemos realmente por consciencia y hasta dónde llega. Y esa es una de esas preguntas que la ciencia no responde de golpe. Las rodea, las mide, las pone a prueba… y, de vez en cuando, encuentra algo que no termina de encajar.

Este experimento no cierra el debate. Pero sí hace algo más valioso: lo vuelve imposible de ignorar del todo.

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