La electrificación del transporte no se limita a las baterías o los puntos de carga. Cada componente cuenta. Ahora, investigadores en Corea han creado un motor eléctrico funcional que elimina por completo el cobre, reemplazándolo por nanotubos de carbono. El hallazgo plantea un futuro más ligero, eficiente y respetuoso con el medioambiente, aunque aún hay muchos desafíos por superar.
Nanotubos de carbono: el material que desafía al cobre

Los cables convencionales, hechos de cobre, ofrecen una excelente conductividad pero son pesados y costosos de reciclar. Frente a esto, los nanotubos de carbono (CNT) emergen como una alternativa audaz. Fabricados a partir de láminas de grafeno enrolladas, poseen una resistencia hasta cien veces superior al acero y una conductividad comparable a la del cobre en condiciones controladas.
El equipo del Instituto Coreano de Ciencia y Tecnología (KIST) ha conseguido sintetizar un polvo de nanotubos capaz de usarse en procesos de fabricación en seco. En forma de cables tipo núcleo-vaina, estos CNT pueden soportar densidades de corriente extraordinarias y ofrecen una ventaja notable: pesan mucho menos. Esto es clave en vehículos eléctricos, donde cada gramo cuenta.
Además, gracias a su estructura alineada mediante el método LAST, no solo se mejora su conductividad en un 130 %, sino que también se eliminan metales tóxicos durante la fabricación. A nivel experimental, ya se construyó un motor funcional —aunque modesto— que propulsa un coche de juguete sin utilizar cobre.
¿Una revolución real o una promesa temprana?

A pesar de su potencial, los cables de nanotubos enfrentan serias barreras. Su conductividad macroscópica sigue siendo inferior a la del cobre: 7,7 frente a 59 MS/m. En pruebas, un motor con CNT alcanzó solo 3.420 RPM frente a las más de 18.000 de uno tradicional. Y lo más crítico: su precio por kilo es hasta 50 veces más alto que el del cobre, lo que limita su viabilidad comercial inmediata.
También se cuestiona el impacto ambiental de su producción, ya que requiere reactivos agresivos como el ácido clorosulfónico. Si bien algunos avances, como los de IMDEA en España, apuntan a su reciclabilidad, el proceso sigue siendo complejo.
Sin embargo, gigantes como LG Chem ya invierten en incorporar CNT a sus baterías, y organismos como el KERI avanzan en patentes para escalar su fabricación. La promesa está sobre la mesa: si se resuelven los desafíos, estos cables podrían redefinir la arquitectura eléctrica de los coches del futuro.