En abril de 2026, una masa grisácea de casi tres metros apareció entre las algas de una zona remota del condado de Sligo, en la costa occidental de Irlanda. Al principio podía parecer otro gran animal arrastrado por el Atlántico, pero los especialistas pronto comprendieron que estaban ante algo nunca documentado en el país: el primer varamiento conocido de un tiburón de Groenlandia.
El terreno y las mareas amenazaban con devolver el cadáver al mar, por lo que fue necesaria una operación coordinada para cubrirlo, izarlo con una grúa y trasladarlo a un laboratorio. El Museo Nacional de Irlanda conserva ahora sus restos y espera convertir parte del animal en una pieza que permita explicar al público cómo se estudia una de las criaturas más misteriosas del océano.
Su tamaño sugiere que no era uno de los ejemplares más antiguos de la especie. Aun así, podría haber vivido más de un siglo. La edad exacta no puede deducirse simplemente midiendo su cuerpo: los investigadores deberán analizar los cristalinos de sus ojos mediante radiocarbono, la técnica que en 2016 situó la longevidad mínima de estos tiburones en 272 años y estimó que el mayor de los estudiados rondaba los 392, con un margen de incertidumbre considerable.
Sus ojos no se apagaron con la edad: se convirtieron en cámaras para la oscuridad

Durante mucho tiempo se repitió que los tiburones de Groenlandia eran casi ciegos. La idea parecía razonable: habitan aguas profundas con muy poca luz y muchos llevan pequeños crustáceos parásitos adheridos a la córnea.
Un estudio publicado en Nature Communications desmontó buena parte de esa imagen. Los investigadores encontraron retinas estructuralmente conservadas, circuitos celulares funcionales y una clara especialización en bastones, las células que permiten detectar pequeñas cantidades de luz. Su rodopsina, el pigmento visual, está ajustada además hacia las longitudes de onda azuladas que penetran mejor en las profundidades del Ártico.
Incluso las córneas parasitadas dejaban pasar suficiente luz. En lugar de unos ojos inútiles, el tiburón posee un sistema parecido a una cámara preparada para trabajar con una iluminación mínima.
La parte más sugerente apareció al estudiar el mantenimiento de ese tejido. Las retinas no mostraron señales evidentes de degeneración celular y conservaban una actividad elevada en genes vinculados con la reparación del ADN, incluido el complejo ERCC1-XPF, relacionado con la protección frente al deterioro ocular en otros vertebrados. Eso no demuestra que esos genes expliquen por sí solos su longevidad, pero ofrece una pista sobre cómo un órgano tan delicado puede seguir funcionando después de más de cien años.
Su corazón envejece, se llena de cicatrices y aun así continúa latiendo

La sorpresa más importante quizá sea que estos tiburones no parecen haber detenido el envejecimiento. Un análisis histológico de sus corazones encontró fibrosis, acumulación de lipofuscina, estrés oxidativo y alteraciones mitocondriales. En humanos y otros animales, varias de esas señales se asocian con el deterioro cardiovascular. Sin embargo, los tiburones estudiados parecían sanos y fisiológicamente funcionales cuando fueron capturados.
La diferencia obliga a separar dos conceptos. La resistencia al envejecimiento significaría evitar que el daño aparezca. La resiliencia consiste en acumularlo sin que provoque inmediatamente el colapso del órgano.
El tiburón de Groenlandia parece acercarse más al segundo modelo. Su corazón no permanece joven durante siglos; continúa trabajando a pesar de mostrar las marcas del tiempo. Los autores creen que comprender cómo amortigua esas consecuencias podría aportar nuevas pistas sobre el envejecimiento cardiovascular de otros vertebrados, aunque cualquier posible aplicación médica para humanos continúa siendo lejana y especulativa.
Vivir cuatro siglos también puede convertirse en una trampa evolutiva
Los nuevos análisis genómicos apuntan en la misma dirección. El genoma del tiburón de Groenlandia contiene adaptaciones relacionadas con la estabilidad de la cromatina, la reparación del ADN, la respuesta inmunitaria y el control del hierro y el estrés oxidativo. No parece existir un único “gen de la longevidad”, sino una red de mecanismos capaces de preservar distintas funciones durante periodos extraordinariamente largos.
Esa vida lenta tiene un coste. Las hembras podrían necesitar alrededor de 150 años para alcanzar la madurez sexual. Perder un ejemplar adulto, por tanto, no equivale a perder un animal que la población pueda reemplazar rápidamente: pueden transcurrir generaciones humanas antes de que otro llegue al mismo punto reproductivo. Las estimaciones de edad siguen siendo debatidas y los detalles de su reproducción son todavía muy poco conocidos, una combinación que dificulta evaluar su abundancia y proteger sus áreas esenciales.
El tiburón encontrado en Irlanda no ofrecerá una fórmula para que las personas vivan cuatro siglos. Puede revelar algo más realista: envejecer bien quizá no dependa de conservar un cuerpo eternamente joven, sino de reparar el daño, mantener los órganos operativos y evitar que las cicatrices acumuladas terminen dominando el sistema.
Su vida acabó en una playa de Sligo. Sin embargo, los ojos, el corazón y el ADN que dejó atrás podrían explicar cómo un vertebrado consigue seguir adelante mientras el mundo que conoció al nacer cambia durante siglos.